Nadie saldrá de aquí 5. Un periodo de prueba
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5. Un periodo de prueba

Un periodo de prueba

La Florida, no sé si lo conocéis, es un barrio que se construyó a finales de los noventa para satisfacer a la demanda de nuevos ricos que estaba surgiendo en la ciudad.

El barrio es para verlo: grandes mansiones a lo largo y ancho de enormes avenidas plagadas de majestuosos árboles y presuntuosas estatuas griegas.

En una de esas casas vivía Lorenzo. Era impresionantemente grande e igual de hortera.

La fachada, de color blanco, tenía una gran puerta de madera de roble que daba paso a un recibidor donde siempre eras bien recibido por una atractiva mujer, cada mes distinta, vestida con un uniforme dos tallas menos que la que le correspondía.

Lorenzo me había llamado esa misma mañana para que fuera a su casa a tomar algo y hablar de negocios.

No era habitual, pero tampoco raro. Siempre que lo hacía era para comentarme alguna novedad o algún marrón nuevo, nunca nada en especial grave.

Cuando entré en la estancia, Lorenzo, de pie, hablaba con alguien que estaba sentado en el sofá.

Tan solo se veía una cabeza con pelo repeinado.

—¡Barrena! ¿Cómo está el hijueputa más temido del país?

—Podría estar mejor. Hoy me he levantado con un lumbago de la hostia.

Lorenzo rio y me señaló con su puro.

—¿Ves? —preguntó dirigiéndose al hombre del sofá—. Te dije que era tan cachondo como peligroso. ¿Verdad que te lo dije?

Me acerqué a ellos fingiendo la mejor de las sonrisas, a pesar de que no me apetecía una mierda estar allí.

Mi hija Lucía me había ofrecido una noche de pizza y película, y cuando le dije que al final no podía ser me respondió con un escueto «No pasa nada».

Lo peor de cancelar planes con nuestros seres queridos es cuando estos dejan de mostrar sorpresa y enfado por ello.

—¿Quién es este? —pregunté mientras me sentaba en el sillón de pelo blanco que había frente al tipo.

No pude ocultar mi sorpresa al ver que aquel hombre no era tal, sino que se trataba de un niño imberbe que no podía tener más de quince años.

—Te presento a Alejo Fonseca. Alejo, este es Salvador Barrena.

—¿Cuántos años tienes? —No hice ademán alguno de estrecharle la mano a pesar de que él había extendido la suya por encima de una mesa de cristal que hacía de frontera generacional entre él y yo.

—Tengo veintiuno.

No os voy a engañar. Aquel cabronazo tenía todo para llevarse a cualquier tía al catre.

Lucía una media melena negra repeinada hacia atrás, unos ojos verdes con unas pestañas largas y unas cejas pobladas.

Tenía una nariz recta y perfecta, propia de alguien a quien no se la han partido —aún—.

Su dentadura era molestamente blanca, con los dientes alineados, y el joven parecía estar en una forma envidiable.

Vestía un polo de color azul marino y unos chinos beige con un cinturón azul y rojo.

Unos mocasines de piel completaban un vestuario propio del típico niño rico de aquellos lares.

—Alejo es un joven prometedor —dijo Lorenzo—, un auténtico fenómeno de las ventas, ya sabes a qué me refiero. —Lorenzo me guiñó el ojo izquierdo como si yo fuera subnormal y no entendiera a la primera los eufemismos—. A partir de ahora tenemos un nuevo colaborador en nuestra empresa.

—Me han hablado mucho de usted, señor —dijo de forma pomposa.

Hasta ese momento no entendí de dónde provenía el malestar que me embargaba casi desde que entré en la estancia. Bajé la mirada y vi que Alejo jugueteaba sin parar con un mechero de plata, cuya tapa metálica abría y cerraba sin cesar.

—Hostia puta, nos ha salido todo un señorito —dije con sorna—. Alejo Fonseca… ¿De qué me suena ese apellido? —Señalé su mano izquierda—. ¿Me das uno de esos?

Alejo me miró, confuso.

—Un cigarrillo.

—¡Ah, sí! Claro. —El joven sacó un Lucky Strike de la cajetilla que estaba apoyada sobre la mesa frente a nosotros—. Tome.

Cogí el cigarrillo sin dejar de mirar al joven fijamente a los ojos.

Apoyé el pitillo en mis labios y esperé a que Alejo me encendiera el cigarrillo con aquel ruidoso mechero.

Lorenzo sonreía mientras chasqueaba los dedos para decirle a una de sus «camareras» que sirviera una copa a cada uno de los presentes.

—Alejo Fonseca —susurré—. ¿De qué me suena ese apellido? —repetí.

Lorenzo se sentó junto al joven, que me miraba con curiosidad. No había un ápice de respeto ni temor, solo soberbia, en su mirada. Y eso me dio mala espina.

—Don Neto.

—¿Cómo? —Alejo y yo miramos a Lorenzo, confundidos.

—Ernesto Fonseca Carrillo, uno de los narcos más temidos de México y fundador del cártel de Guadalajara.

Él y sus socios Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero se dedicaban al tráfico de marihuana, opio y cocaína en México y en Estados Unidos.

Un día del año 1985 al huevón de Gallardo no se le ocurrió otra cosa que secuestrar, torturar y asesinar a Enrique Camarena, un agente de la DEA.

Esto provocó una crisis de la hostia, como dicen ustedes, entre Estados Unidos y México, y el primero presionó al segundo para perseguir y encarcelar a todos los miembros del cártel.

Dicho y hecho. Lo último que sé de Fonseca es que sigue cumpliendo condena en una cárcel mexicana.

—¡Qué guapo! —exclamó Alejo con la emoción propia de un joven de su edad—. Pero yo no tengo nada que ver con esa movida, macho.

—¿Y con qué tienes que ver? —pregunté.

—Nada del otro mundo, tío. Mi apellido Fonseca es el de mi vieja. No hay más.

—¿Por qué no llevas el de tu padre? ¿Y qué coño tienes ahí colgando? —pregunté señalando su cadera, de donde pendían dos monedas de plata.

—Buah, estas son dos monedas que me regaló un monje en Tailandia, tío. ¿A que molan? Y con respecto a tu pregunta sobre mi viejo…, bueno, porque es un puto adicto y es la última persona a la que quiero recordar.

—Un chico con traumas de papá. —Miré a Lorenzo con burla—. ¿A esto aspiramos?

—Yo no tengo ningún trauma, viejo.

Saqué mi pistola del cinto y le apunté a la cabeza.

—Vuelve a faltarme el respeto, niñato, y te meto tanto plomo en esa carapijo que tienes que el forense va a tener que acudir a tu ficha dental para identificarte.

—Vamos, vamos, Barrena. El chico solo está bromeando. Haz el favor de bajar el arma. Además, sabes lo que pienso sobre portarlas bajo mi techo.

No tenía intención de disparar a Alejo. Es más, llevaba la pistola descargada y, joder, no estoy tan chalado.

Pero aquel cabronazo ni se inmutó. No parpadeó.

Se quedó mirándome a los ojos, con una sonrisa de oreja a oreja, y me fue imposible percibir signo de nerviosismo alguno en su lenguaje corporal.

Alejo Fonseca era un hijo de puta de mucho cuidado y supe de inmediato que nos iba a dar muchos problemas.

—¿Puedo hablar con usted a solas?

Lorenzo chasqueó los dedos otra vez.

—Martina, haz el favor de acompañar a la salida al señor Fonseca, pero antes dale uno de tus regalos especiales.

Martina sonrió a Lorenzo mientras extendía la mano a un Alejo que babeaba como un bobalicón virgen.

Él salió sin rechistar, siguiendo a aquella joven de piel de caramelo y trasero prominente como si fuera un perro faldero.

Lorenzo y yo permanecimos en silencio hasta que el eco de los tacones de Martina y el estridente sonido del mechero se apagaron detrás de una puerta que se cerró con suavidad.

—¿Qué pasa, Barrena? Cuando me tratas de usted sé que algo serio sucede.

—No me gusta ese chico.

—¿Le tienes miedo a un niño?

—No es miedo, Lorenzo. Tiene algo…

—Lo que tiene es dinero y acceso a mercados interesantes.

—¿Acaso no abarcamos ya todo tipo de mercados? ¿Qué te puede dar ese mocoso que no tengas ya?

—Tú mismo lo has dicho: mocosos con plata, Barrena.

¿Y qué quieren los niños ricos? Todo lo que vendemos.

Son los mejores consumidores del planeta.

Y no hablamos de gente que pide un poco de marihuana o cocaína, no.

Estoy hablando de drogas exóticas que puedo vender a precio de oro.

Ese cabronazo al que Martina le está sacando hasta el alma ahora mismo, es el nieto de Adolfo Cabrera, el dueño de IberCasa, que, entre otras cosas, fue la agencia que me alquiló esta mansión.

—¿Vives de alquiler? —pregunté honestamente sorprendido.

—Comprar es de pobres, Barrena. —Rio mientras cogía un cigarrillo de la cajetilla que se había dejado olvidada Alejo—.

A lo que voy: Alejo es un hijueputa sin escrúpulos que no solo se mete de todo, sino que se mueve en los mejores círculos del país, donde hay niñatos como él.

Fiestas en yates, viajes por todo el mundo en vuelos privados.

En definitiva, dinero, mucho dinero. Y ya sabes lo que me gusta a mí la plata, Barrena.

—No sé, Lorenzo. Ese tío me da mala espina.

—Y yo respeto tu intuición, Salva. De verdad que sí. Mira, vamos a hacer una cosa: dale tres meses de prueba. Le enseñas las normas básicas, le controlas un poco y si vemos que no da el callo o ha creado algún problema le mando a tomar por culo.

—Joder, Lorenzo, hablas como si esto fuera una puñetera empresa de publicidad. Además, eso de que quieras que sea su niñera no me hace mucha gracia.

—Si consigues que ese chico no la líe te daré un cinco por ciento extra de lo que genere con sus ventas.

Me quedé callado valorando la oferta. Era más dinero para el futuro de mi familia, y el trabajo, aunque fuera porculero, no suponía un gran esfuerzo.

—Veo tu cinco por ciento y subo quince días de vacaciones para poder irme con mi hija.

—Trato hecho.