Nadie saldrá de aquí 4. Paso del tiempo
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4. Paso del tiempo

Paso del tiempo

Puto psicópata, joder.

Controla esa boca o te hago tragar las luces de estas maquinitas que tanto te gustan.

Salva, estoy hasta la polla de tus amenazas.

No estoy amenazando a nadie, estoy informando.

Rafa, ¿sabías que solo entraba en este tugurio los días que había realizado un «recado»?

Sí, así es como me gustaba llamar a los asuntos…

, digamos, poco ortodoxos. Dándole un nombre tan mundano, tan del día a día.

Así conseguía engañarme de lo que realmente hacía.

Pues eso, que entraba aquí, me sentaba en esta misma barra y siempre te pedía lo mismo.

Whisky con agua.

Exacto, eso mismo. Alcohol para purificar mis pecados y agua para regar los del día siguiente.

Joder, Salva, ¿a cuántos tíos te has cargado?

A los que fue necesario, Alfonso.

¿Y estás aquí para darnos pasaporte también a nosotros? ¿A eso has venido? ¿Somos tu «recado» de hoy?

Vosotros no sois mi recado, Fermín, sois mi cabo suelto, mi distracción. Un error de cálculo que he tenido por primera vez en años y que me ha salido demasiado caro.

¿De quién es la sangre, Salva?

¿Qué sangre?

La que llevas impregnada en esa camisa y en tu cara, Barrena.

Ah, sí. A eso vamos a llegar.

Diez años pueden parecer una vida, pero pasan en un parpadeo.

Lorenzo Salcedo consiguió hacerse con las calles de esta ciudad y lo hizo a base de satisfacer todo tipo de vicios.

Nadie consiguió meter mano en sus negocios y cualquiera que se pasaba de listo no tardaba en tener una cita con el más allá.

Además, la llegada del euro a nuestras vidas colmó el negocio —y a mí, no os voy a engañar— de riquezas inimaginables.

En casa las cosas iban bien: los hermanos Barrena criando a sus respectivos vástagos, quienes llegaron a una adolescencia bastante tranquila, sobre todo si lo comparamos con los de hoy en día, que son unos auténticos gilipollas.

Marta ejerció de madre y tía de Lucía. A veces, esa dualidad complicaba un poco las cosas, sobre todo a la hora de poner límites a una cabeza que empezaba a lidiar con sus hormonas.

Mi hija cumplió los dieciséis años sin que yo apenas me diera cuenta de que su niñez había llegado a su fin.

Un día estaba sobre mis hombros viendo el tiovivo de la plaza, y al siguiente me pedía la paga y hablaba de chicos.

Lucía se había convertido en toda una mujer: largas y esbeltas piernas, un cuerpo atlético forjado en las muchas horas que invertía compitiendo en el equipo de vóley del instituto.

El pelo, largo y rojo como el de su madre, caía sobre sus hombros; una nariz respingona separaba dos hermosos ojos verdes que parecían iluminarse con cada gesto.

Siempre que se reía, se le achinaban los ojos y dos pequeños hoyuelos se dibujaban en lo alto de sus mejillas como una huella permanente de la niña que fue.

Martín, mi sobrino, ya era todo un hombre de veintiún años y aunque la diferencia de edad fue siempre un mundo, ambos se llevaban relativamente bien y crecieron más como hermanos que como primos.

Dos almas rebosantes de vida que se habían quedado huérfanos de uno de sus progenitores siendo muy pequeños.

Vivíamos bien. No puedo dar lecciones de moral a nadie, pero, coño, la verdad es que vivíamos de puta madre.

Gano en un mes lo que cualquiera de vosotros en un año.

Aquel 2010 mi hermana Marta decidió que quería ser emprendedora y abrir un negocio.

Barrena Barberos, todos la conocéis. Hace un par de años abrimos la cuarta barbería en la ciudad.

Cortes clásicos para caballeros tradicionales; claro que con el tiempo he tenido que adaptarme a los nuevos tiempos y ahora también hacemos degradados horteras, esos que tanto gustan a la chavalada de hoy en día.

Gracias a este negocio conseguimos lavar un poco el dinero que yo ganaba y asegurarnos un futuro para cuando vinieran vacas flacas.

La experiencia que me dio la vida me enseñó que a todo rey le llega su guillotina y Lorenzo Salcedo no iba a ser una excepción.

Lo que no sabía era que yo iba a caer antes que él y que todo sería por mi puta culpa, por haber sido tan gilipollas como para cometer el mayor error de mi vida: no ser lo suficientemente firme y no escuchar a mi instinto.

Veréis, a un hombre se le puede hacer de todo menos una cosa. A un hombre le puedes apalizar hasta matarlo o despojarlo de toda su dignidad. A un hombre le puedes humillar, desterrar, arrebatarle toda esperanza… Pero a un hombre no le puedes tocar a su hija.

No, nunca.

Y a mí me tocaron la mía y lo que me retuerce por dentro más que nada en este mundo es que fue por mi culpa.