Nadie saldrá de aquí 3. Terapia
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3. Terapia

Terapia

Un alcohólico es alcohólico siempre, para el resto de su vida.

Por mucha terapia a la que vaya, si un día decide tomarse una copa, su cerebro activa la dopamina que tanto le había costado olvidar y esa copa se convierte en dos, tres y en las suficientes para hacerle perder el sentido.

No me jodas, es desesperanzador: por mucha terapia a la que vayas, por mucha pasta que te gastes en buscar ayuda profesional y muchas pantomimas que les cuentes a otros miserables en tu misma situación en anodinas terapias de grupo, solo basta la gota de una puta cerveza para tirar años de trabajo y lucha por el sumidero.

Cuando vi a Klaus Vogel atado a una columna de hormigón, todos los fantasmas que había conseguido ocultar en lo más profundo de mi psique durante el último año y medio salieron de golpe, como en estampida.

El rencor que yo creía curado con incontables horas encerrado en la consulta de la doctora Helena Quirós volvió a mí en menos tiempo de lo que dura un parpadeo.

—Feliz Navidad, señor Barrena. Ahí tiene a ese hijueputa. Solo para usted, como le prometí —dijo Lorenzo, envuelto en una espesa capa de humo, fruto del puro que se estaba fumando.

No pude contenerme.

Aquí no hay rodeos, no puedo adornar la realidad de ninguna manera. Joder…, tan solo puedo deciros las cosas como pasaron.

O bien podría omitir cierta información, pero da igual, porque el resultado es el mismo.

Lo primero que le pedí a Lorenzo es que desatara a aquel cabronazo; lo segundo, que me dejara solo, y lo tercero, que no volviera a entrar hasta que yo se lo dijera.

Cuando Lorenzo cerró la puerta, estaba serio, sin un ápice de aquella molesta y pomposa sonrisa que siempre tenía estampada en la cara. No, Lorenzo Salcedo siempre sabía cuándo un hombre se encontraba cara a cara ante su destino, y guardaba un respeto casi ceremonial en esas situaciones.

En el mismo momento en que Lorenzo cerraba la puerta tras de sí, Klaus intentó decir algo.

Este es el verbo: «intentar». Porque, antes de que pudiese siquiera articular una sola palabra, le di un puñetazo directo a la tráquea que lo lanzó al suelo y le dejó sin habla.

Vogel se retorcía y se sujetaba la garganta con ambas manos.

Con la mano derecha le agarré del pelo, alcé su cabeza y la estampé contra el duro suelo de hormigón.

Un reguero de sangre comenzaba a envolver la cabeza del alemán.

Vogel se movía entre la consciencia y la inconsciencia, y pataleaba sin sentido, como si así pudiera evitar que volviera a atacarle.

Me agaché de nuevo y le agarré del pelo.

Primero fue un puñetazo directo al ojo derecho; luego, un gancho a la mandíbula, para continuar con un golpe a la nariz.

Acerqué su cara a la mía, una cara que era solo sangre y saliva, en la que apenas se distinguía un centímetro libre de magulladuras.

Su respiración era lenta, pero sus ojos miraban los míos.

—Nunca habrá castigo suficiente para hijos de puta como nosotros —susurré.

Levanté su cuerpo con una fuerza que no había exhibido desde hacía mucho tiempo.

Lo alcé sobre mis hombros, giré sobre mis talones y apliqué toda mi fuerza para lanzarlo de vuelta al suelo.

Klaus Vogel, el antes cabronazo más poderoso del barrio y de la ciudad, el tipo que tenía cogidas por los huevos a las personalidades más influyentes del país, se arrastraba bajo mis pies como la más infecta de las lombrices.

Mis pasos resonaron en aquel diáfano garaje de la mansión de Lorenzo, su eco se fundió con el de los esputos sanguinolentos de aquel desgraciado.

Apoyé el pie sobre su nuca y le presioné la cabeza.

Lo hice despacio, como hacía con las cucarachas que me encontraba en la cocina cuando era niño, regodeándome en cada pequeño crujido de sus entrañas, solo que esta vez eran sus dientes los que crujían al chocar contra el duro suelo y quebrarse.

Liberé la presión, coloqué mi pie sobre su espalda y empujé para darle la vuelta.

Klaus Vogel —o lo que quedaba de él— movía la cabeza de un lado a otro buscando una escapatoria. Levanté de nuevo el pie, se lo estampé en el esternón y le rompí varias costillas. Su cabeza se elevó en busca de aire y comenzó a toser y a escupir espesos coágulos de sangre.

—¿Qué sientes al saber que mi cara será lo último que verás, hijo de la gran puta?

Volví a levantar el pie y lo mantuve a dos palmos de su cabeza.

—Nos vemos en el infierno.

Cuando Lorenzo abrió la puerta y vio el cuerpo sin vida de Klaus Vogel no emitió sonido alguno. Me miró a los ojos, serio e impertérrito. Yo extendí mi apergaminada mano y dije:

—Cuente conmigo, parcero.