Nadie saldrá de aquí 2. Cicatrices #2
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2. Cicatrices #2

—Lo que ves es una superficie. Lo que te dolió, aquello a lo que sobreviviste, sigue ahí debajo.

Y también la parte que nadie ve, la que hace que sigas viniendo aquí.

Eso también eres tú. —Helena dejó el cuaderno en la mesa y adoptó un tono menos profesional y más cercano—.

Mira, Salva, todos miramos constantemente a los que nos rodean.

En unos casos por su ropa, en algunos por su peinado y en otros por la forma en la que hablan.

A ti te mirarán por tus cicatrices y habrá días que te afecte más que otros.

Esos días no definen quién eres. Pero están ahí, y lo importante no es evitarlos, sino entenderlos.

Porque si las comprendes, las miradas ya no te atraviesan, solo rebotan.

Cuando entré en el restaurante y una vieja con cara de malfollada se me quedó mirando mientras me dirigía a la mesa que ocupaba Lorenzo, su mirada me rebotó, pero no como a la doctora Helena le hubiera gustado.

—¿Te gusta lo que ves, vieja descarada?

La señora, que debía rondar los ochenta tacos, estaba acompañada de un hombre mayor que ella y probablemente sordo, ya que no reaccionó a lo que le dije a su esposa. La mujer se llevó las manos a la boca y los comensales de las mesas vecinas me miraron horrorizados.

—Estás tú para mirar a nadie con esa cara que llevas —continué diciendo—, pareces un pulpo al que han dejado al sol durante horas. Esa asquerosidad que estás zampándote tiene mejor aspecto que tú.

La anciana emitió un gemido de indignación, mientras que el chino —o japo, la verdad es que siempre los confundo— se dirigía a mí preguntándome con su acento si todo estaba bien.

Cuando tienes el aspecto que tengo yo los demás tienden a tratarte como a un discapacitado o un deficiente, por lo que casi siempre te sales con la tuya y nadie se atreve a culpabilizarte por tu mala hostia.

Sonreí al camarero, le dije que estaba todo bien y él me guio a la mesa.

Con el rabillo del ojo pude percibir cómo la señora hacía aspavientos a un confuso camarero, que, casi con toda seguridad, no entendía ni papa de lo que le estaba contando.

Lorenzo me recibió con su habitual sonrisa y una copa de vino tinto en la mano.

Con un gesto artificialmente pomposo me invitó a tomar asiento frente a él.

La mesa tenía un mantel de color gris claro, sobre el que había un plato, un pequeño cuenco y, en lugar de cubiertos, una especie de caja de cartón con dos palillos de color negro y motivos dorados en su interior.

—¿Alguna vez ha comido en un asiático, señor Barrena?

Lorenzo se había decidido por un traje gris y una camisa rosa con los dos botones superiores abiertos, que dejaban ver una cruz de plata y un colgante de oro con la medalla, parecía, de la Virgen María.

—La verdad es que no me va, soy más de comidas tradicionales. Ya sabe: croquetas, huevos revueltos…

—Ay, los españolitos, siempre comiendo cosas fritas y con sabor a ajo. Debería probar el pez mantequilla de este lugar, es el mejor de la ciudad.

—¿Por qué me has citado aquí, Lorenzo? La verdad es que no me apetece andarme con rodeos y con juegos. Si te puedo ser sincero —aseveré cogiendo la carta y fingiendo que la leía—, no me ha gustado mucho tu amenaza por teléfono.

—Ya veo que no tiene usted paciencia… Y yo que pretendía esperar a los postres. En fin —dijo frotándose las manos—, como quiera.

—Gracias —dije en un intento de calmar unos ánimos que se habían tensado en un abrir y cerrar de ojos.

—Le voy a ser sincero, señor Barrena, no tiene elección entre trabajar o no trabajar conmigo. Usted va a hacerlo, parcero.

—Cualquiera diría que estoy en deuda contigo.

—¡Oh, sí que lo está! Pero no, no me gusta que la gente trabaje conmigo obligada. Yo necesito trabajadores felices.

—Verás, Lorenzo, yo… estoy cansado de encontrarme siempre en el lado malo de la historia. No me malinterpretes, no digo que no lo merezca ni que yo no me lo haya buscado, pero ahora lo único que quiero es tomar otro camino.

—¿Un camino adónde?

—No lo sé, pero no a patrullar las calles vigilando que todos tus socios y yonquis paguen lo que te deben.

—¿Quién dijo nada de estar en la calle?

—Había entendido…

—Parce, lo único que yo le dije es que lo necesito como mi mano derecha, y mi mano derecha no se mancha los zapatos a menos que sea estrictamente necesario. Tendrá el equipo que usted considere conveniente para hacerle el trabajo sucio.

—¿Un equipo?

—Claro, pues. Solo ponga nombres encima de la mesa y mañana trabajarán para usted.

—¿Por qué yo?

—Porque tiene huevos, señor Barrena. No hay más que verle para saber qué clase de tipo es usted.

Sé lo que siente cuando tiene a alguien a su merced, esa sensación de poder le pone cachondo; usted es el hijueputa más sádico que he conocido y lo peor de todo es que no es consciente de ello. Por eso todos le respetan.

—¿No soy consciente, dices?

—¿Sabe lo que hace a un hijoputa un hijoputa?

—Ilústrame.

—Que el hijo de puta piensa que no lo es, para él sus razones y sus actos son el bien.

—Creo que te equivocas conmigo, Lorenzo.

Lorenzo chocó las palmas y el sonido atrajo la atención de varios comensales a nuestro alrededor.

—¡Ahí está! —gritó señalándome—. Don Salvador Barrena, el sanguinario rey de los modestos.

—Baja la voz, coño.

Lorenzo se carcajeaba y yo sentía todas mis cicatrices palpitar. ¿Qué cojones estaba diciendo aquel cabronazo? ¿A qué se refería con eso de sádico?

—Ahora me va a decir que su querido amigo Marcos apareció con siete huesos rotos, un pulmón perforado, cuatro dientes hechos pedazos y un corte de quince centímetros en la cabeza porque se cayó solo al río, ¿verdad?

—¿Qué cojones estás diciendo, hijo de puta?

Acerqué mi cara a la de él e hice amago de agarrarle el cuello, pero me contuve en el último momento.

—Ese es el Barrena que me gusta. —Lorenzo dio un largo trago a su copa hasta apurar la última gota de un vino que costaba el equivalente a diez sueldos medios mensuales de este país—.

Hagamos una cosa, vamos a cenar tranquilamente, nos tomamos otra botella de vino y luego se viene conmigo para que le enseñe una cosa.

Si después de esta noche usted sigue convencido de que no quiere hacerlo, aquí paz y después gloria.

—¿Ah, sí? —Reí—. ¿Y qué hay de eso que me dijiste por teléfono de que lo que me habías dicho no era una oferta y esas cosas?

Lorenzo hizo una seña a un camarero que no tardó ni dos segundos en presentarse. El colombiano me sirvió una copa y luego hizo lo propio con la suya.

—Siento si eso lo molestó, parce. A veces me pongo un poco melodramático. —Lorenzo miró al camarero y luego a mí—. ¿Cenamos?