Nadie saldrá de aquí 2. Cicatrices
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2. Cicatrices

Cicatrices

La casa me recibió tal como la había dejado.

Marta no había cambiado ni una sola cosa de lugar y se respiraba el mismo aroma a lavanda, fruto de las velas que tanto le gustaban a Carmen.

El taxi me dejó en la puerta de casa y, por suerte, Javi no se encontraba haciendo uno de sus tradicionales rituales.

«Probablemente esté fregando la escalera», pensé con alivio.

Lo último que me apetecía en ese momento era departir con aquel tipo tan intenso.

Marta sujetaba la gran puerta de madera con el pie mientras me ayudaba a meter mi pequeña maleta con los cuatro enseres que me había traído del hospital. Mi hermana había insistido en ir a por mí en el Range, pero una imprevista fiebre de mi sobrino Jorge la había obligado a modificar los planes.

Nada más salir del taxi noté el característico viento templado de marzo, ese que anuncia que la primavera está cerca de llegar…

Manda cojones, cómo cambia todo en un par de meses.

El mundo había seguido girando a mis espaldas y ahí estaba yo otra vez, pisando el mismo asfalto, pero sintiéndome como un jodido miserable.

Los primeros dos meses en casa fueron un auténtico suplicio.

La vuelta a la normalidad había propiciado que viejas rencillas surgieran de vez en cuando entre Marta y yo, y siempre acababan de la misma manera: ella amenazando con pirarse y yo suplicándole que no lo hiciera, que de verdad la necesitaba.

Echando ahora la vista atrás, considero que nunca he agradecido a mi hermana todo lo que hizo por nosotros desde aquel día.

Me ayudó de forma altruista a cuidar de su sobrina, me enseñó a ser un padre viudo —ella tenía experiencia— y me motivó a seguir adelante a pesar de que por dentro solo quería irme con Carmen.

—Salva, te vendría bien ir a un psicólogo.

—Ni de coña voy a un loquero. Eso es para gente desquiciada.

—Tú lo estás —me dijo con su característico tacto—, y cuanto antes lo asimiles, mejor.

Esa fue nuestra rutina a la hora del desayuno durante las primeras semanas, y no se rindió hasta que accedí.

Por mucho que dañe mi orgullo, he de admitir que me ayudó.

En honor a la verdad, creo que le hice la vida imposible a esa sacacuartos —se llamaba Helena, con hache, Helena Quirós—en las primeras sesiones.

Luego nos fuimos acostumbrando el uno a la otra, hasta conseguir una cordial relación paciente-médico que derivó en una sesión semanal durante varios años.

En septiembre de 1999 había aprendido a sobrellevar el luto de una forma distinta a la autocomplacencia y había recuperado gran parte de mi estado físico anterior al «incidente», como lo había bautizado la doctora Quirós.

Antes de marcharse aquella noche del hospital, Lorenzo Salcedo me dijo que me llamaría al cabo de seis meses, y el día en que conseguí hacer más de ochenta dominadas para regocijo de mi entrenador personal era, precisamente, la fecha en que se cumplía el plazo.

Pero no llamó nadie. Los días se convirtieron en semanas y estas en meses.

La verdad es que yo había entrado en una rutina a la que no tardé en acostumbrarme, vivía en paz y tranquilidad, de modo que no haber recibido esa llamada supuso un alivio para mí.

Mi relación con Marta era mejor que nunca, el ambiente en casa con los dos enanos me reconfortaba, había aceptado mi nuevo aspecto físico y dejado de ocultarme detrás de una bufanda e, incluso, comenzaba a replantearme abrir mi propia empresa. ¿Me imagináis como un emprendedor? ¿No?

Pues la vida tampoco.

Marta y yo habíamos decidido que en las Navidades que darían paso al nuevo milenio haríamos una escapada a la montaña con los niños.

Ella había visto por internet una casa rural que tenía una especie de granja con distintos animales y una pequeña zona de recreo, adonde varias familias solían ir con sus hijos a jugar en un entorno natural, lejos de la gran ciudad.

Además, con un poco de suerte, podríamos ver la nieve, aunque aquel invierno seco no apuntaba a ello.

Era la noche antes de partir y yo salía de darme una ducha cuando mi teléfono móvil comenzó a sonar.

—¿Diga?

—¡Parcero! ¡Qué alegría saber de usted! Siento mucho la demora de mi llamada. Tuve que ocuparme de unos asuntos, ya sabe.

—No, en realidad no sé.

Lorenzo rio.

—Siempre con su sentido del humor.

Me senté al borde de la cama con la toalla húmeda atada a la cintura, intentando hacer acopio de fuerzas para soltarle a ese cabronazo de Don Limpio que había decidido rechazar su oferta y seguir viviendo mi vida.

Al otro lado de la puerta se oía a Marta cantar villancicos, y a Lucía y Jorge haciendo los coros.

—Ya me han dicho que se ha recuperado.

—¿Quién te lo ha dicho?

—No vamos a jugar ahora a hacer preguntas cuyas respuestas ya las sabemos, parcerito.

Me invadió un impulso de querer partirle la crisma y por unos segundos me sentí tentado de mandar su culo de vuelta a Colombia.

—Mira, Lorenzo, de verdad que agradezco mucho tu oferta, no voy a negar que ese dinero iba a solucionarme muchas cosas, pero ahora estoy muy bien con mi hija, quiero darle una vida feliz y necesito un trabajo «normal», no sé si me entiendes.

—¿Cómo así, pues?

—Verás, es…

—No, parce, es que debió de haber algún error. Usted se debió pensar que mi visita aquel día era para hacerle una oferta y que usted tenía la opción de elegir.

—¿Me estás amenazando?

Bajé la vista y me di cuenta de que en algún momento había comenzado a apretar las sábanas y los nudillos de la mano derecha comenzaban a clarear.

—Nunca se me ocurriría amenazar a don Salvador Barrena —dijo, sarcástico—.

Vamos a hacer una cosa: usted y yo nos reuniremos mañana a esta hora para cenar, tranquilos, con unas botellas del mejor vino y le comentaré las últimas novedades para que comience a trabajar lo antes posible.

No se preocupe, parcero, yo pago la cuenta.

Mañana le mando la dirección por SMS. Descanse, Barrena. Hasta mañana.

Colgó antes de que yo pudiera replicar.

Marta se puso hecha una furia y con razón.

Le dije que no podía ir con ellos de viaje cuando todos estaban montados en el tren que nos iba a llevar al pueblo.

Las sucesivas llamadas que recibí durante la siguiente hora —y que ignoré a propósito— me indicaban que el cabreo era aún más grande, porque salí del tren justo cuando se cerraban las puertas, dejando a Marta con cara de póquer y hecha un miura.

No estoy especialmente orgulloso de eso, pero he de admitir que lo recuerdo y me descojono.

Conduje por las calles de una ciudad que rebosaba vida.

El barrio —y la ciudad— había cambiado mucho en los últimos años, pero aquellas Navidades parecían más vivas que nunca.

Los comercios comenzaron a abrir hasta más tarde y en el barrio se celebraron varias gincanas para los más pequeños.

Por primera vez, el ayuntamiento se acordó de nosotros y colocó luces navideñas en los árboles y estrellas de Belén que adornaban las farolas.

Si no llega a ser por la llamada de Lorenzo, aquellas habrían sido unas Navidades muy felices para mí y, en aquel momento, estaría montado en un tren con mi hija, que me preguntaría por qué el tren va por vías y el coche no.

Odié a aquel cabronazo.

Esa misma mañana había recibido un mensaje de texto con el lugar de la reunión.

El restaurante se encontraba a media hora en coche de mi casa, en un barrio pijo, fruto de la expansión de la ciudad.

Los edificios eran enormes; las calles, grandes avenidas con tres carriles en cada sentido, separados por filas de árboles.

Casi todos los edificios tenían bajos comerciales donde se habían instalado las más elegantes boutiques y los más exclusivos restaurantes.

Uno de ellos era Shiro, el lugar en el que me había citado Lorenzo.

Nada más llegar, vi a un fulano con un chaleco fluorescente.

—No me jodas, tienen aparcacoches y todo —dije para mí mismo al tiempo que paraba justo a su altura. Bajé la música y la ventanilla, y me dirigí a aquel tipo —: ¿Trabajas en el Shiro?

—Sí, señor.

—¿Y cuánto cobras por aparcarme el coche?

—Nada, señor. La voluntad.

—Cojonudo.

—Pero ¿es usted cliente del restaurante?

—¿Por qué crees que te lo he preguntado?

—No, señor, es que…

—Ah, es por mis pintas, ¿eh? Me has visto con esta cara y crees que no soy digno de un sitio como este.

El joven, que no aparentaba más de veinte años, se quedó pasmado y comenzó a mirar a un lado y a otro para cerciorarse de que nadie estaba oyendo una reprimenda que, probablemente, terminaría de forma fulminante con su sueldo.

—Yo le aparco el coche sin problema, señor.

—Buen chico.

Me bajé del vehículo y me acerqué a él. En ese momento percibí aquella mirada a la que ya me había acostumbrado, una mirada que oscilaba entre el miedo y el asco.

—Como le hagas un solo rayón al coche te reviento los huevos.

Uno de los aspectos que más me costó trabajar con la doctora Quirós fue la aceptación de mi nuevo físico. Muchas veces tratamos de ese tema en su consulta y en pocas de ellas salí satisfecho.

—Esta mañana, cuando iba a por el periódico, una cría se me ha quedado mirando como si fuera un puto monstruo de circo.

—¿Y cómo te hizo sentir? —preguntó Helena, libreta en mano.

—¿De verdad vamos a jugar a eso, doctora? ¿Cómo crees tú que me hizo sentir?

—No lo sé, por eso te lo pregunto.

Lo que más me gustaba de ella era que me tuteaba y se dejaba de falsos formalismos impostados.

—Pues mal, joder. No por la niña en sí, sino porque en ella veía a mi hija.

—Nadie nace sabiendo cómo reaccionar a lo que no entiende, y mucho menos una niña pequeña, Salva. Las cicatrices son visibles, sí, pero eso no te define.

—Por supuesto que me define, lo visible lo es todo.

—Cuando te miras al espejo, ¿te ves a ti? ¿A Salva?

—Cuando me miro al espejo, veo una masa de carne chamuscada. En un lado soy Salva, el de siempre; en el otro una deformidad que me produce náuseas.