Nadie saldrá de aquí 1. Pezqueñín #2
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1. Pezqueñín #2

Mis quemaduras volvieron a arder al mismo tiempo que una sensación de frío glacial me recorría la espalda.

—¿Vienes de su parte?

—Ya le he dicho que se relaje, Salva. Ni vengo a matarle ni a cobrarle ninguna cuenta. Salta a la vista que a usted la vida ya se las cobró.

—Entonces agradecería que te fueras por donde has venido.

Lorenzo no se inmutaba, no cambiaba el rictus de hombre sereno. La experiencia ganada con hijos de puta me había enseñado que esa gente era a la que menos había que retar. Aun así, mi orgullo —ese que tan caro me ha costado siempre— me impedía mostrarme vulnerable.

El colombiano giró sobre sus talones y después de completar el semigiro chocó la punta de sus pies produciendo un sonido que me resultó cómico.

—Tengo pensado expandir mi negocio… Ya sabe, nuevas fronteras, nuevos proyectos. El mercado de perico está bien, no me malentienda, pero uno tiene ambiciones, ¿sabe? Tengo dos ideas, una de ellas relacionada con un ámbito en el que usted posee gran experiencia.

—Mujeres.

—El sexo en general, Barrena. Eso de acotarlo solo a mujeres es…, ¿cómo lo definiríamos?, ser corto de miras.

—¿Quiere hacer negocio con los maricones y los pervertidos sexuales?

Lorenzo se rio.

—¿Sabe? Nunca llegaré a acostumbrarme al acento de aquí. «Mariconez». —Lorenzo, como todo sudamericano que se precie, pensaba que la «s» se pronunciaba ceceando—. No hay que ser tan estrecho de miras, Barrena. El sexo mueve mucho dinero y cuanto más extraño, mejor.

El hombre comenzaba a parecerme un maestro de ceremonias de circo, pero de un circo raro.

¿Sabéis qué es lo que en inglés se lo conoce como freak show ?

¿No? Yo tampoco tenía ni puta idea. En uno de aquellos momentos enciclopédicos que le poseían de vez en cuando, Carmen me lo explicó.

Resulta que, allá por el año 1600, en Inglaterra, se popularizaron los espectáculos en los que se exhibía a seres humanos con deformidades y habilidades extrañas, desde la mujer barbuda hasta el tragasables pasando por enanos o personas sin extremidades.

En fin, algo retorcidamente nauseabundo.

—Uno no es consciente —continuaba diciendo Lorenzo— de la cantidad de personas que están dispuestas a cogerse a lo más…

—Tío, tío, no sigas —interrumpí mientras apoyaba mis brazos sobre el borde de la cama y me levantaba con dificultad—.

Mira, lo que quieres montar, sea lo que sea, la verdad, no me importa.

Se me está revolviendo el estómago y mi cabeza está creando imágenes que no me apetece ver.

Si quieres hacer negocio de tíos que se quieren dar por el culo entre ellos o dios sabe qué más, me parece fenomenal. Pero ¿por qué estás aquí, Lorenzo?

—Sé de buenas fuentes que es usted un gran negociador, señor Barrena. Algo que en los últimos tiempos escasea. También sé que conoce bien las calles de la ciudad y se ha ganado el respeto de según qué personas.

En ese momento fui yo quien se echó a reír.

—Por favor, déjate de cursiladas. ¡Mírame!

—le grité a dos centímetros de su cara mientras pequeñas gotas de saliva salían disparadas hacia su rostro—.

¡Si lo que pretendes es reírte de mí, ya te puedes ir olvidando!

Llevo casi medio año aquí metido, pero te aseguro que puedo mandarte al dentista en dos golpes.

Lorenzo entornó los ojos, ya no se reía.

—Salva, entiendo perfectamente su situación. Mi intención aquí es solo amistosa. Es usted el mejor candidato para ayudarme a, digamos, mantener el orden.

Mi pulso estaba desbocado y me costaba respirar.

—Por favor, siéntese —me rogó.

Lorenzo se acercó a la mesilla con ruedas que estaba a los pies de la cama, cogió la jarra de agua y me acercó el vaso para que me hidratara. Me dolía todo el cuerpo, pero lo que más me jodía era sentirme tan vulnerable y parecer un niño de teta frente a aquel cabronazo.

Permanecimos en silencio un buen rato, en espera de que yo recuperase el ritmo cardiaco normal y mis pulmones dejaran de pincharme.

—Nunca he sido nadie y no soy nada. Ya no sirvo para nada.

—Parce, no me venga ahora con culebrones, que procedo de un país en el que somos los mejores en eso.

Obvio que no le necesito por su físico, lo que en realidad me interesa es su cabeza.

La cabeza lo maneja todo, Salva. Sé lo que se siente al someter a las víctimas cuando uno se ve con poder, esa sensación de tenerlo todo en tus manos, de ser el dueño del universo.

—¿Y pretendes que yo me meta en tu club de parafilia?

—No, por supuesto que no. Eso es un negocio mío, y a mí como si no quiere pisarlo en su vida. No, para lo que le necesito es para asegurarme de que mi empresa matriz funciona como un reloj. Cada vez hay más gente informal que necesita un empujoncito para saldar sus deudas.

—¿Pretendes que me convierta en traficante?

—¡No! ¡Jamás le faltaría así el respeto, pues! Quiero que sea mi mano derecha y gestione como si fuera yo todo el negocio que tengo funcionando.

—No me gustan las drogas.

—Por eso le quiero a usted. —Lorenzo se acercó y se acuclilló para ponerse a mi altura—.

Usted y yo somos iguales, señor Barrena.

Odiamos las drogas y a los drogadictos. La diferencia es que yo les saco provecho y usted intenta permanecer indiferente.

Viene de trabajar en el Minerva, un antro de trata de blancas y drogadicción.

Hasta ahora ha sido un mero soldado, un…

¿cómo le dicen acá? Sí, un cobrador del frac, pero sin frac.

Un maldito extorsionador, sí, eso es lo que era.

Lo que yo le ofrezco, señor Barrena, es ser mi mano derecha y, pues, obviamente si acepta, tendrá una suculenta recompensa económica.

—¿De cuánto estamos hablando?

—Del cinco por ciento de las ventas mensuales.

—Soy más de letras que de números, Lorenzo, habla en cristiano.

Lorenzo extendió un papel en el que estaba escrita la cifra más mareante que jamás había visto.

—Si lo hace bien, podríamos estar hablando de casi un millón de pesetas, señor Barrena.

Lorenzo volvió a sentarse y dejó que yo procesara esa información.

No me apetecía nada ejercer de mano derecha de aquel tipo, habría sido demasiado ingenuo y gilipollas confiar en él, pero más lo era aún rechazar tal suma de dinero.

Un dinero que aseguraría la vida de mi hija para siempre y con el que pagaría con creces la ayuda que me había brindado Marta durante todo el tiempo en el que había estado convaleciente.

—Venga a trabajar conmigo, señor Barrena, y cuando quiera, lo deja, tiene mi palabra, y no le pondré condición alguna en el momento en que desee marcharse.

—Antes has dicho que tenías dos proyectos. ¿Cuál es el otro?

—Hacerme con el Minerva entero.

—Has debido enloquecer. Klaus Vogel es el cabrón más poderoso de la ciudad. Nunca te dejará acaparar su «mercado», ¿y pretendes arrebatarle su bien más preciado?

—No se preocupe por él, tengo medios para sacarlo de la ecuación.

—Creo que subestimas a ese hijo de puta —dije con furia en los ojos.

—Incluso el pez más grande del mar luce pequeño en el océano, señor Barrena.

A pesar de su empalagoso acento y sus aires de Pablo Escobar pero en calvo, aquel cabronazo me comenzaba a caer bien.

—Acepto con una condición —dije.

—¿Y cuál es esa, pues?

—Que de Klaus Vogel me encargo yo.

Lorenzo volvió a caminar hacia mí mientras se desabrochaba la cremallera de la chupa de cuero y metía la mano derecha en el bolsillo interior.

—Primero debe recuperarse. No se preocupe, esto lleva tiempo y no tengo prisa.

Además, su familia es importante. Vaya a casa, cuide de su hija y tómese las cosas con calma.

Le doy seis meses; transcurrido ese tiempo, Klaus Vogel será todo suyo, señor Barrena.

Tengo entendido que esto le pertenece —dijo mostrándome mi Heckler & Koch.