1. Pezqueñín
Pezqueñín
No, señores, no quiero convertir esto en un funeral. ¡Arriba esos ánimos! Venga, Fermín, invítame a otro cigarrillo. Te prometo que te lo pagaré, sé lo importante que es tu adicción para ti.
Barrena, yo… lo siento.
No, joder, ¿qué sientes? Mira, os «conozco» desde hace unos cuantos años.
La primera vez que me visteis entrar por esa puerta habían pasado la friolera de siete años desde que asesinaran a mi mujer y yo me quemara más del cuarenta por ciento del cuerpo.
Nunca me preguntasteis qué mierda me había pasado.
No queríamos ser impertinentes, Salva.
No, la discreción siempre al servicio del pueblo, Alfonso. Pero luego bien que andabais como marujas cuchicheando e inventando historias en vuestra cabeza.
Tampoco es eso.
La noche se está acabando y no tengo tiempo para andar dando vueltas a algo del todo intrascendente.
Toda esta historia, como os he dicho hace ya…
¿tres horas? El tiempo pasa deprisa. Lo que decía: todo esto tiene su punto final aquí, entre nosotros.
La vida, esta miserable y asquerosa vida, me ha deparado un clímax entre humo, fanfarria de máquina tragaperras y junto a unos tipos a los que odio visceralmente.
A ti no, Rafa, nadie puede odiar a su proveedor de priva.
Dos meses y medio estuve en la Unidad de Cuidados Intensivos. Las primeras dos semanas en coma inducido y, después, otros dos meses ingresado. Marta fue la primera persona que vi al abrir los ojos un 8 de septiembre de aquel maldito año 98.
—Salva… tranquilo, no te muevas.
Marta tenía los ojos húmedos, no sé si de emoción, tristeza o ambas cosas a la vez.
—Lucía…
—No te preocupes, cariño. Todo está bien. Lucía ha ido a un campamento de verano con mi hijo. Yo me he encargado de todo, tú debes descansar.
Estaba confuso y desorientado. ¿Qué día era? ¿Por qué casi todo mi cuerpo estaba vendado? ¿Por qué me dolía todo? ¿Qué hacía Marta ahí? ¿Y dónde estaba Carmen?
Las semanas fueron pasando y mi mente fue recuperando poco a poco la lucidez.
El proceso de recuperación fue un auténtico infierno: curas diarias, tratamientos distintos para el dolor —mucho dolor— y para la prevención de infecciones.
Para que os hagáis una idea: sufrí quemaduras de tercer grado en todo el brazo izquierdo, la pierna izquierda y el vientre; de segundo, en la cara, sobre todo en el lado izquierdo, y, además, como habéis visto la frente y la nariz también salieron afectados, pero lo peor de todo fueron los genitales.
Me cago en la puta, no querríais ver el aspecto de mi escroto ni por todo el oro del mundo.
Empalmarme era un infierno y desde entonces no tenido ni una sola relación sexual.
A todo este proceso de recuperación físico y psicológico a consecuencia de las quemaduras se le añadía un dolor más profundo por la pérdida del amor de mi vida y, además, un constante estado de alerta por las represalias que pudieran sobrevenir.
Sí, la deuda estaba saldada, pero eso era antes de que Klaus Vogel supiera lo que había sucedido en aquella bodega.
Tal como dijo Aníbal, Klaus había decidido salvar mi vida y planeó todo para que yo me enterara del incendio de la clínica.
Que yo acabara quemado o no le era totalmente indiferente, lo único que le interesaba era que fuera testigo directo de la muerte de mi mujer, tal como quería que yo fuera el ejecutor de mi mejor y único amigo.
Para asegurarse de ello hizo que me llamara la supuesta compañera Martina, pero días después de despertarme en el hospital recibí su visita y me dijo que no había tocado nunca el teléfono de mi mujer.
Me dijo que Carmen le había dado el día libre porque tenía a su hijo en casa con fiebre y que gracias a eso se había salvado.
Así que, sí, en el momento de la famosa nota —que nunca supe quién me puso entre los dedos—, Klaus ignoraba por completo que su matón había sido eliminado con dos disparos en la cabeza y que Aníbal se había ido de este mundo con un hacha en la espalda.
Respecto a esto último, me preocupaba más la pirada de su hermana que el propio Vogel.
La policía, por supuesto, no investigó nada acerca del incendio.
«Un cortocircuito en el aparato de rayos X», me explicaron.
Caso cerrado, kaputt , nothing . Los tentáculos de Klaus Vogel conseguían atrapar a todos y cada uno de los estamentos del poder.
Porque solo hay una cosa que haga perder los estribos al hombre —aparte del poder—, el sexo, y la carne es débil y los hombres aún más.
Vogel siempre lo supo y se encargó de tratar estupendamente bien a todos los miembros con puestos influyentes, incluyendo, cómo no, a algunos miembros de la policía.
A medida que fue pasando el tiempo y la dosis de morfina y calmantes iba bajando, mi mente comenzó a sentirse más ansiosa, imaginaba que Alicia Montenegro entraba en la habitación y me ahogaba con la almohada.
Nunca llegó a pasar.
Lo que sí sucedió fue la inesperada visita de alguien que cambiaría mi suerte para siempre.
Me acuerdo perfectamente de la fecha porque fue el día que me comunicaron que por fin, después de seis meses hospitalizado, podía volver a casa a continuar desde allí la rehabilitación.
Recibí la noticia con gran emoción y con muchas ganas de disfrutar de una película con mi hija tirados ambos en el sofá, en lugar de verla en la cama del hospital y encima palmando pasta por cada media hora en la televisión de la habitación.
Marta me había ayudado a hacer mi pequeña maleta y se había despedido con un beso prometiéndome que estaría en la puerta de la recepción al día siguiente para recogerme y llevarme de vuelta a casa.
Después de la infecta cena —a la que no me había terminado de acostumbrar—, me levanté de la cama y me quedé mirando la noche a través de la amplia ventana.
Mi habitación daba a un pequeño parque rodeado por la autopista.
Cuando veía los coches pasar a altas horas de la madrugada, me entretenía imaginando el destino de cada una de aquellas almas: unas iban a casa de sus suegros, otras con su amante e incluso algunas estaban haciendo el último viaje, porque sufrirían un accidente mortal de tráfico.
Sí, así es mi imaginación.
Así pues, a las diez de una de esas anodinas y aburridas noches en el hospital, la puerta de mi habitación se abrió.
Mientras lo hacía, mi mente volvió a ese estado de alerta que había conseguido abandonar por culpa de la anodina rutina del aburrimiento.
Era extraño que alguien entrase en la habitación a esas horas y menos que lo hiciera sin llamar.
La ventana estaba justo en línea recta con la puerta, de modo que si el que entraba en ese momento tenía la intención de pegarme un tiro conseguiría darme sin obstáculo alguno.
Yo estaba débil. Los seis meses de hospitalización habían hecho mella en mi estado físico y allá donde siempre había lucido unos prominentes músculos ahora había solo flácida carne y hueso.
Me había convertido en un hombre de cuarenta años que aparentaba setenta…
Y no tenía fuerzas para tener absolutamente ningún tipo de enfrentamiento.
—¿Señor Barrena?
Quien lo preguntaba era un hombre de metro ochenta, calvo, muy en forma, que vestía una chupa de cuero y unos pantalones vaqueros. En su muñeca exhibía un exclusivo reloj y dos anillos de plata adornaban sendos pulgares.
—¿Puedo pasar?
Lo preguntó con un acento curioso, de aquellos que habían comenzado a sonar por las calles algunos años atrás y que poco a poco estaban perdiendo su condición de «exóticos».
—¿Quién eres? —quise saber mientras intentaba buscar sin éxito algo a lo que aferrarme y usar como defensa si fuera necesario.
—Vengo en son de paz, Salvador —dijo como leyéndome la mente—, de verdad. Tan solo le quiero hablar de una vaina que tal vez le interese, amigo.
—¿Vaina? No me toques los cojones y lárgate por donde has venido.
El tipo cerró la puerta tras de sí y avanzó con las manos en alto y una expresión de falsa inocencia. Caminaba con paso decidido, pero sin hacer grandes aspavientos que pudieran provocar nerviosismo en mí. Cuando estaba a tan solo dos metros de distancia extendió la mano y se presentó.
—Me llamo Lorenzo Salcedo, es todo un honor conocerle, señor Barrena.
Lorenzo era colombiano, aunque sus apellidos, Salcedo Medina, indicaban que sus abuelos eran más de aquí que yo mismo.
Lorenzo había llegado hacía más de diez años al país y lo había hecho como miembro de una banda que se dedicaba a repartir por nuestras calles el mejor producto nacional colombiano después del café: la cocaína.
El hombre me contó cómo se había hecho poco a poco con las calles, «desde abajo, parcero», presumía con ese acento tan cansino que tienen los de Medellín.
En ese momento Lorenzo tenía treinta años, pero había llegado aquí como un imberbe pajero que se creía el dueño del mundo.
Junto a él se vino su hermano Silvio, muerto en una reyerta allá por 1994.
—Por muy interesante que pinte ser tu vida, la verdad es que me apetece muy poco escucharla —dije con tono cansino—. No es nada personal, solo que no entiendo por qué estás aquí, amigo.
Lorenzo siempre fue un hombre calmado y casi eternamente paciente. Me miró con esos ojos tan negros que tenía y sus párpados se arrugaron al sonreírme.
—Las historias eran ciertas.
—¿Qué historias?
—Que es usted un jueputa insolente.
En otra situación me habría abalanzado sobre aquel cabronazo, pero la realidad es que me sentía débil en extremo. Además, me llamaba mucho la atención su presencia en aquella habitación, era lo más interesante que me había sucedido desde hacía mucho tiempo.
—¿Qué haces aquí?
Lorenzo se levantó de la silla de piel color marrón en la que se había sentado y dirigió sus pasos hacia la ventana por la que había estado mirando yo hacía unos minutos.
—¿Qué sentimientos le incita Klaus Vogel, señor Barrena?