12. La purificación de los justos
La purificación de los justos
Dejad que os cuente algo sobre Carmen.
Ella siempre fue una esposa ejemplar y una madre maravillosa. Le encantaba salir a pasear al parque un ratito después de trabajar, siempre con un libro consigo. Se sentaba en un banco —siempre el mismo— y esperaba a que diera la hora para recoger a Lucía en el colegio.
Por las mañanas se despertaba una hora y media antes de ir a trabajar porque le gustaba tomar el café en soledad, leyendo el capítulo del libro del turno en su sillón junto a una lámpara de diseño que se compró en exclusiva para este fin.
Después entraba al baño, se duchaba y estaba un buen rato acicalándose ese pelo rojo y rizado que tan loco me volvía.
Aparte de su gusto por las novelas negras, Carmen era un contenedor de curiosidades absurdas e intrascendentes, y no era rara la vez que soltaba alguna de ellas fortuitamente mientras comíamos: «¿Sabías que el autocine se creó porque la madre del que lo inventó era obesa mórbida y siempre tenía problemas para encontrar asiento en los cines convencionales?
», «Los submarinos alemanes de la Segunda Guerra Mundial llevaban condones en su periscopio para evitar filtraciones de agua», me dijo un día después de una sesión amatoria.
Pero lo que más me gustaba de ella era el amor que le ponía a todas las cosas que amaba: sus aficiones, nuestra hija e incluso yo, sin merecerlo.
Ha sido la única persona en toda mi vida adulta que se ha preocupado por mí.
Cada vez que llegaba a casa después de un duro día de trabajo —y cuando digo «duro» creo que ya sabéis de sobra a qué me refiero—, ella se levantaba y me preparaba un café, me calentaba una toalla con agua en el microondas y me la ponía en las cervicales.
Nunca me preguntaba por lo que hacía, obvio que lo sabía, pero también que no ganaba nada indagando sobre ello.
Y otra cosa a la que le puso un amor incondicional e infinito fue a su clínica veterinaria.
La abrió con su trabajo, la mantuvo con su profesionalidad y la cuidó como hacía con todos los animalitos que pasaban por sus manos.
Se ganó el respeto del barrio y de la periferia, y consiguió ser un referente en lo suyo tanto que la invitaron a varios congresos por todo el país.
Por eso en cuanto vi las llamas rojas como la lava devorarla hasta los cimientos, soltando su calor infernal a decenas de metros, no pude menos que quedar paralizado por el miedo.
Y después de unos segundos que nunca debí perder, las palabras de Martina resonaron en mi cabeza: «Su mujer está atrapada dentro».
—¡Carmen! —grité mientras me saltaba el cordón de seguridad que los bomberos habían puesto.
—¡Señor! ¡Quieto, no puede pasar!
Un policía de grandes dimensiones producto de una mala alimentación me placó con violencia.
—¡Mi mujer! ¡Está ahí dentro!
—¡No puede entrar, morirá si lo hace! Deje a los bomberos hacer su trabajo.
Yo luchaba con todas mis escasas fuerzas, pero no podía sobrepasar a aquel agente que, además, contaba con el auxilio de otro policía que acababa de llegar, más delgado, pero igual de fuerte.
—Maldita sea, ¡está bien! Ya me voy.
Me separé de ellos y vi que el más joven y delgado reparaba en la profunda herida de mi cara y mi destrozada mano, pero antes de que me dijera nada salí corriendo y me metí en la clínica por la puerta principal.
Mientras emprendía la carrera al interior oí que varias personas me gritaban, pero mis oídos dejaron de funcionar; de hecho, todo mi cerebro se había desconectado y solo pensaba en Carmen.
¿Alguna vez habéis abierto un horno mientras se hacía una pizza y habéis sentido esa bofetada de calor en la cara que hasta parece que se te queman hasta las pestañas?
Pues entrar en aquel lugar fue así, pero como si hubiera cien hornos trabajando al mismo tiempo.
Enseguida noté que me faltaba el aire, que todo se incendiaba por dentro.
Mis ojos comenzaron a lagrimear y el denso humo negro me impedía ver más allá de un par de metros.
Intenté gritar, pero mi voz se evaporaba frente a las llamas.
Avancé por la estancia. Sabía que me encontraba en la recepción y una puerta ubicada a la derecha del mostrador daba a un pasillo en el que había tres puertas que comunicaban con las respectivas salas para tratar a los animales.
Todas estaban en llamas menos una, la única que estaba cerrada.
Noté cómo mi raído pantalón se pegaba a la piel por el sudor y cómo esta comenzaba a quemarse.
Me quité la camiseta y me la enredé a la cabeza para taparme nariz, boca y oídos, y eché a correr hacia aquella puerta, implorando a Dios —sí, con mayúsculas— que Carmen estuviera a salvo.
En aquel momento no tenía ni puta idea de lo que le hace el oxígeno al fuego; ignoraba que jamás se deben abrir ventanas ni puertas una vez que el incendio se ha apoderado de un lugar.
Por supuesto, tampoco sospechaba que al abrir aquella puerta una gran lengua de fuego me lanzaría varios metros hacia atrás y lo arrasaría todo a mi alrededor.
La fuerza del impacto me proyectó a la sala donde, en efecto, estaba Carmen siendo devorada por las llamas.
No pude moverme, no servía de nada, porque ella había dejado este mundo hacía un rato.
Su pelo comenzó a fundirse con el fuego y pronto su cara quedó cubierta de llamas.
Lo último que vi antes de que las llamas lo devoraran todo fue un falo tatuado en su frente y un agujero en su boca.
Tras unos minutos de oscuridad y silencio me desperté. Había mucho trajín de personas a mi alrededor y… unas sirenas.
Eso, las sirenas.
Estaban metiéndome en una ambulancia y tenían mucha prisa por llevarme a algún lugar.
Alguien gritaba la palabra «morfina» mientras sentía que otra persona me buscaba la vena en el brazo.
También noté frescor; no era frío, sino algo húmedo que me aliviaba el ardor.
Y en mitad de esa vorágine de sensaciones, una mano me sujetó las mías.
¿Qué era lo que me habían dejado entre los dedos? Mi mente se movía entre la inconsciencia y la muerte.
Muerte, eso era lo que pensaba. Quería morir.
No, sin Carmen yo no podía seguir viviendo.
Me metieron en la ambulancia y arrancaron.
Las sirenas llegaban amortiguadas por la medicación y sonaban lejanas, como a cámara lenta.
Moví mis dedos y noté el papel. Me acerqué la mano a la cara, en aquel momento parecía que la manejara otra persona, como si unos hilos sujetos en el techo de la ambulancia tiraran de mi brazo y lo depositaran cerca de mis ojos.
Me dolían los ojos, era como si mis pupilas fueran de papel de lija y los párpados pesaran.
Quería dormir, dejarme ir de una vez por todas.
Estaba harto de pelear, harto de que, por mucho que lo intentara, no consiguiera que las cosas salieran bien.
¿Qué digo bien? Con vivir de forma normal y sin hostias me conformaba.
Estaba tremendamente cansado de ser yo, de esa constante necesidad de resucitar para luego volver a joder a todos los seres de mi alrededor.
Era una maldición. Eso es.
¿Por qué siempre se van los mejores? ¿Por qué siempre seguimos sobre esta miserable tierra los hijos de la gran puta?
Es como si la vida hiciera constantemente el esfuerzo de quitarse los despojos, las personas bondadosas, dejando aquí a los residuos, a los que solo sabemos destruir.
A veces pienso que la vida es una especie de inteligencia retorcida que purga todo lo bello para que no quede nada que la redima.
Y aquí estoy yo, otra vez, como una mala hierba que nadie arranca, creciendo entre ruinas, culpable de todo y responsable de nada.
¿Y sabéis qué es lo peor? Que, pese a todo, sigo respirando.
Como si eso fuese un castigo. Como si vivir no fuera otra cosa que una condena sin juicio.
Maldita tierra. Maldito Barrena.
Habría sido mejor morir…
Me dejaría ir, lo abandonaría todo para siempre.
Pero antes…
Antes necesitaba saber qué ponía en aquel papel. Lo leería y cerraría los ojos para siempre.
Deuda saldada, señor Barrena.
Atentamente, K. V.
Me fui.