11. Deuda saldada #3
Eché un vistazo a mi alrededor. La sala no era muy grande. Había un sofá a un lado, y, sobre una mesa de cristal, una tele más vieja que un bosque. En ese momento estaba encendida, emitía un partido de fútbol. Como comprenderéis, no me acuerdo de quiénes eran los contendientes.
Todo estaba hecho un asco, y olía a comida y a sobaco. El mueble que me separaba de la muerte vibró. Corrí al otro extremo de la habitación, donde se encontraba otra puerta. Intenté abrirla sin éxito, pero pronto descubrí lo que acabaría siendo mi salvación.
En una pequeña bandeja, sobre un mueble zapatero de madera, estaban las llaves de mi Range Rover y mi pistola, ambas junto a la medalla de una Virgen.
«No, si todavía voy a tener que darle la razón al cabrón de Javier, en eso de los milagros», pensé.
Abrí la puerta de la calle mientras notaba que la otra, con la que peleaba Yuri, comenzaba a ceder.
Mi pulso no temblaba, estaba decidido a salir de allí.
Giré el pomo y el frescor del exterior me acarició las lacerantes heridas.
Miré al cielo, que comenzaba a clarear para dar la bienvenida a un nuevo día.
Finalmente, la puerta que me separaba de Yuri se hizo añicos, pero antes de que pudiera verme me escondí a un lado de la entrada, fuera de su campo de visión.
El gigante salió al exterior como un miura, convencido de que yo había huido por allí.
Cuando Yuri Petrov se dio cuenta de mi posición real, mi Heckler & Koch estaba encañonando a aquel hijo de puta.
—¿Cómo era eso? —pregunté sin que tuviera la oportunidad de darse la vuelta—. Dos tiros.
El primer disparo le atravesó la espalda, le rompió varias vértebras y se alojó en el pulmón. El segundo, con aquel hijo de puta de rodillas en el suelo, impactó en la nuca, como el que había acabado con Marcos.
Cojeando y siendo consciente de que tenía tres dedos de la mano izquierda fracturados, me dirigí al coche. El corte de la cara comenzó a arder como si me lo hubieran bañado en sal y, antes de llegar al vehículo, percibí el sonido de unos pies arrastrándose y aquella grimosa y maldita risa.
Me di la vuelta y, como si se tratara de la peor película de bajo presupuesto, vi a Aníbal de pie, con el hacha aún clavada en la espalda.
—No te… —Esputó sangre y se tambaleó—. No te enteras, Barrena. La deuda está saldada.
Me acerqué con paso firme y decidido, y le propiné un culatazo en la cabeza que le hizo caer a plomo, pero no perdió el conocimiento. Aquel hijo de puta era el tipo más resistente que había visto en mi vida.
—Piensa, Barrena… ¿Por qué crees que Vogel te perdonaría así como así? —Más tos—. ¿Con solo unos dedos rotos?
La risa de Aníbal me electrocutó el cuerpo y una vaga idea comenzó a formarse en mi cabeza. Me agaché, sujeté a Aníbal de la pechera y le alcé de tal forma que mi cara quedó a menos de dos dedos de la suya.
—¡¿Qué cojones estás insinuando, hijo de la gran puta?!
Aníbal reía y reía, y antes de que pudiera decir nada más, se apagó.
Me quedé unos instantes sujetando el inerte cuerpo hasta que mi cabeza hizo una conexión que intenté —sin éxito— ignorar.
Alcé mi cabeza y dirigí la vista de vuelta al recibidor. Justo encima de la puerta que daba a la estancia de mi cautiverio había un reloj en la pared que marcaba las nueve y media de la mañana.
Entonces eché a correr.
Corrí como un galgo hacia el coche, me monté en el asiento del conductor y metí la mano en un hueco del salpicadero.
—Gracias, gracias… —dije para mí mismo al ver que no se habían molestado en quitarme el móvil.
Me quedaba menos de un dos por ciento de batería, suficiente para lo que la necesitaba.
Le di a la tecla de llamar y rápidamente encontré el contacto de Carmen.
Justo cuando el teléfono emitía el primer tono, el Range Rover salía quemando rueda de la vieja y abandonada bodega.
No tenía ni puta idea de dónde me encontraba, pero si seguía el camino no tardaría mucho en toparme con una señal que me ubicara.
Carmen no contestaba, lo que me puso aún más nervioso, y todos los sentidos de alarma que había conseguido apagar cuando le descerrajé el tiro de gracia a Yuri se reactivaron.
Al cabo de diez minutos conseguí llegar a la entrada a una autopista y descubrí, con cierto alivio, que me encontraba a unos veinte minutos del barrio.
En el preciso instante en que pretendía volver a llamar, sonó el móvil y en la pantalla vi sobreimpresionado el número de mi mujer. Os juro que ese fue uno de los momentos en que más satisfacción y felicidad he sentido en la vida.
Y, también, el más efímero.
En cuanto descolgué, una voz que conocía bramaba mi nombre. Pero no era la voz de Carmen.
—¡Señor Barrena! ¿Es usted?
—¿Martina?
—¡Señor Barrena! —gritó la empleada de Carmen—. ¡Venga, rápido!
—¿Qué pasa, Martina?
—Rápido —lloraba—. Por favor. Yo solo he salido a por unos recados.
—Me cago en la puta, Martina. ¿Me quieres decir qué cojones pasa y por qué me estás llamando desde el móvil de mi mujer?
—No sé qué ha pasado. Salí solo unos minutos y cuando volví…
—¡Qué!
—Un incendio, señor. Y su mujer está atrapada dentro.
Lancé el móvil sobre el asiento del copiloto y aceleré hasta poner el Range Rover a más de ciento ochenta kilómetros por hora.