11. Deuda saldada #2
Mi cuerpo era un temblor constante, el sudor me empapaba la sien y la ropa, el corazón luchaba por salir de mi interior para evitarse el sufrimiento de vivir lo que se estaba cociendo en aquel lugar.
Comencé a revolverme mientras mis manos luchaban por liberarse.
Aníbal se levantó, estiró su brazo derecho y me propinó un humillante y sonoro bofetón que me enrojeció la mejilla derecha.
Me mordí la mejilla por el golpe y me vi obligado a tragar el exagerado sangrado que se produjo.
—No te pongas nervioso, Barrena. Aún no he terminado la historia, y te prometo que se pone mucho mejor.
Porque después de hacer papilla cada uno de los dedos de nuestro pobre Misha, lo desnudaron y lo colgaron boca abajo con la ayuda de un gancho que atravesó su gemelo para después elevarlo con un primitivo sistema de poleas.
¿Has estado alguna vez colgado boca abajo durante un largo periodo de tiempo?
Misha sí. Imagínate: toda la sangre bajándote a la cabeza mientras dos psicópatas no paran de propinarte descargas eléctricas en el abdomen y en los testículos.
»Misha pasaba el rato entre la inconsciencia y el sufrimiento, sometido a un ritual macabro y retorcido que se hubiese evitado si tan solo hubiera tenido un poco de cerebro.
Durante más de doce horas estuvieron electrocutando y provocando laceraciones en el cuerpo de Misha con un cúter oxidado.
Pequeñas heridas que eran como puñaladas, una tras otra, tras otra…
Aníbal se acercó con parsimonia a la mesa camilla y cogió un cuchillo jamonero roído por el óxido.
Caminó los cuatro pasos que nos separaban con una sonrisa que lo único que me provocó fueron náuseas, al pensar que alguna boca —probablemente bajo coacción o por dinero— habría besado alguna vez aquel insalubre pozo de infecciones y putrefacción.
—¿Sabes qué fue lo último que le hicieron, Barrena?
Su aliento me transportó a una fosa séptica inmunda mientras la punta del cuchillo me laceraba la cara desde el ojo hasta la barbilla.
Rafa, Fermín…, estas feas arrugas y mi piel apergaminada me la ocultan, pero bajo todas estas capas de monstruosidad que tengo, hay una cicatriz que me recuerda todos los días lo que sucedió los siguientes cinco minutos.
—Lo que le hicieron —continuó diciendo Aníbal mientras me daban espasmos a causa del dolor y notaba espesas gotas de sangre resbalando por mi cuello— fue tatuarle un pene en la frente y, cuando terminaron su particular obra de arte, lo ejecutaron con un disparo en la boca, lo que en términos de mafia significa «Has hablado de más».
Al traidor de Mijaíl Luchanski lo colgaron de un gancho industrial en una grúa del puerto, a la vista de todos, sin ocultar el tatuaje, y junto al cadáver dejaron una nota que contenía tan solo tres palabras escritas en ruso.
—Закон. Кровь. Молчание —dijo Yuri sonriendo.
—Ley. Sangre. Silencio —apostilló Aníbal.
Yuri se acercó, levantó el martillo y me golpeó con la fuerza de cien elefantes la mano izquierda. Intenté gritar y vomitar, pero el trapo que me taponaba la boca me obligaba a tragarme todos los lamentos.
Aníbal me agarró de la cabeza, me puso el cuchillo en la garganta y pegó su boca a mi oreja derecha.
—Te has salvado, Barrena. El señor Vogel ha considerado la deuda saldada y deja que te vayas con tan solo esta advertencia, pero me ha pedido que te transmitiera que como se te ocurra desobedecerle una vez más, te tatuará él mismo una polla en la frente y te volará los sesos con tu hija como testigo.
La sola mención de mi hija hizo que sacara fuerzas de donde no las había, y enseguida sentí cómo la cuerda cedía unos milímetros.
Luego, gracias a otro alarde de fuerza y energía de reserva, di otro tirón y la cuerda se rompió.
Sujeté a Aníbal del cuello y, con la inercia de mi cuerpo, conseguí volcar la silla hacia delante.
Montenegro, en shock, no reaccionó a tiempo y, con un golpe seco, conseguí quitarle el cuchillo de las manos y lo hice volar al otro extremo de la habitación.
Con el rabillo del ojo percibí que Yuri cogía algo de la mesa, pero antes de que pudiera llegar hasta mí sujeté a Aníbal con fuerza y rodamos ambos por el suelo frío.
En ese mismo instante, el hacha que el ruso blandía descendió hacia su víctima —que iba a ser yo—, pero en ese momento Aníbal ya ocupaba la posición superior.
Primero fue la piel abriéndose en dos y luego una cascada de sangre y saliva brotando por la boca del mayor de los Montenegro. Su vida se apagaba de sus fríos ojos.
Sin tiempo para pensar, me deshice del cuerpo de Aníbal lanzándolo a un lado y me preparé para repeler la segunda embestida del mastodonte soviético.
Pero este estaba ocupado intentando sacar el hacha del cuerpo de su compañero.
Miré a mi alrededor y vi que el cuchillo que me había rajado la cara estaba a tan solo unos centímetros de mí.
Lo cogí y rasgué con él la cinta que sujetaba mis pies.
En cuanto me liberé, eché a correr hacia la puerta por la que habían entrado los dos matones minutos antes. Yuri me seguía, pero su obesidad casi mórbida lo condenaba a llevar a cabo una persecución ridícula.
Gracias a eso tuve tiempo de llegar a la puerta, cerrarla y atrancarla con el palo de una escoba.
Sabía que eso no resistiría más que una embestida, así que decidí mover un gran mueble de madera que había a mi derecha.
Justo en el momento en que acababa de colocarlo, noté la primera embestida de Yuri y un gruñido de frustración.