11. Deuda saldada
Deuda saldada
Cargué todo en el coche y dejé aquel precioso lugar como si nada hubiera pasado. Bueno, casi todo; no pude camuflar la sangre que teñía de rojo la zona donde minutos antes había sometido a Marcos.
Antes de montarme en mi Range Rover, di una vuelta de reconocimiento para comprobar que no dejaba una sola pista de nuestra presencia allí.
Al ver que todo estaba perfecto, arranqué el vehículo, encendí la radio y emprendí mi vuelta a casa a ritmo de «Satisfaction», de los Rolling Stones.
Antes de coger la salida que daba a la carretera un coche me cortó el paso y me obligó a poner a prueba los frenos de mi todoterreno.
—Me cago en tu puta madre —dije entre dientes.
Una espesa capa de polvo y tierra envolvía todo a mi alrededor y a medida que se iba disipando pude percibir una figura familiar frente a mí.
Aníbal se apeó del vehículo y Yuri, el matón personal de Klaus Vogel, también.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo y recuerdo que por unos instantes me sentí mareado.
Luché con todas mis fuerzas contra el deseo de presionar el acelerador, atropellarlos e irme a tomar por el culo, pero mi parte racional me lo impidió, aunque, incluso ahora, tantos años después, sigo dudando de que aquella fuera la decisión correcta, dadas las circunstancias…
Aníbal se situó en mi lado y Yuri lo hizo junto a la puerta del copiloto. Parecían dos agentes de la ley corruptos deseosos de ejercer el abuso de autoridad que a tantos los pone a cien.
Ambos lucían el particular uniforme que todos vestíamos cuando estábamos de servicio: traje completo negro, incluida la camisa y corbata. Ellos completaban su atuendo con sendas Heckler & Koch VP9 que hicieron que yo llevara la mano al arma que Aníbal Montenegro me había dado.
Tres monos con una pistola , podría haberse titulado la lamentable película.
—Sal del coche sin hacer tonterías —dijo Aníbal golpeando el cristal.
En lugar de obedecer bajé ligeramente las dos ventanillas y mostré la mejor y más sarcástica de mis sonrisas.
—Me encantaría deciros que es un auténtico placer veros por aquí —dije—, pero no me gusta ser un mentiroso. ¿Habéis venido a daros por culo entre las flores? ¿Eso es lo que os va?
Aníbal se rio sin dejar de escudriñar el coche. Yuri permaneció en un sepulcral silencio, mirándome con ojos rabiosos.
—¿Dónde está tu amiguito, Barrena? —preguntó Aníbal.
Bajé con rapidez lo que quedaba de ventana y antes de que pudiera reaccionar apoyé mi pistola entre ceja y ceja de Aníbal.
—Como hagas un solo movimiento le vuelo los putos sesos a tu amante, maldito hijo de puta —le dije a un Yuri sorprendido por mi rapidez —. De verdad que ahora mismo estoy en un punto en la que me la pela todo muchísimo, te lo aseguro.
—Te estás metiendo en un problema que no te conviene, Barrena. —Aníbal no mostraba un solo atisbo de duda, de temor ni de emoción humana reconocible que me demostrara que todo lo que estaba haciendo yo en ese momento fuera a amedrentarlo de ninguna de las maneras.
—¿De verdad tienes el valor de preguntarme dónde tengo a Marcos? —dije intentando mostrarme lo más ofendido posible.
—Sí, ¿dónde está?
—Eres un puto malnacido.
—¿Has tenido los huevos de cargártelo?
Algo me estaba dando muy mala espina, pero entendedme, tenía que sonar lo más creíble posible.
—Claro que me lo he cargado. Siempre cumplo las órdenes.
—¿Dónde está el cuerpo?
Aníbal no se movía un solo centímetro e incluso notaba que él mismo ejercía más presión contra el cañón de mi pistola, jugando.
—Le pegué dos tiros y lo enterré ahí arriba.
El sonido de la puerta de un coche al abrirse me distrajo.
Yuri había aprovechado mi conversación con Aníbal para escabullirse y estaba alargando su descomunal brazo en el asiento trasero de su coche.
Antes de poder ver yo lo que sacaba de ahí, Aníbal hizo un movimiento de manos y en menos de un segundo me arrebató la pistola y entonces pasó a ser él quien la apoyaba en mi nuca.
—Conque dos tiros, ¿eh? —Aníbal sonreía— Yuri… —Aquel mastodonte sostenía de los pelos a un Marcos empapado con la cara desfigurada, el brazo colgándole de una forma antinatural y la boca transformada en un amasijo de sangre y dientes rotos—. Aquí, nuestro amigo asegura que fueron dos disparos.
Sin más palabras, Yuri descerrajó un disparo a la cabeza de Marcos y su masa cerebral salpicó mi parabrisas. Luego, cuando el cuerpo inerte estaba en el suelo, otra bala le atravesó la nuca.
—¡Hijos de la gran puta! —grité, llorando.
Es lo último que recuerdo de aquel instante porque, acto seguido, la culata de la pistola —mi pistola— me apagó las luces con un golpe seco en la cabeza. Luego, solo oscuridad.
Despertar de la inconsciencia provocada por un traumatismo craneoencefálico es como hacerlo el día de Año Nuevo después de una noche desenfrenada.
Multiplicado por diez.
Estaba en un sótano húmedo y mugriento. La única luz que penetraba en él procedía de una farola y se colaba por unas pequeñas ventanas a ambos lados de la estancia.
Una gota caía en un charco a mi espalda.
No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado, pero, teniendo en cuenta que eran alrededor de las dos de la tarde cuando me había encontrado con aquellos dos cabrones y que, por lo que intuía, ya era de noche, solo esperaba que Carmen hubiera supuesto que seguía bajando la tasa de alcohol en sangre y, por eso, aún no había vuelto a casa.
El lugar daba la sensación de ser grande y el ambiente era algo húmedo y frío.
Me notaba los pantalones mojados por haber perdido el control de los esfínteres en algún momento de mi inconsciencia.
Las manos me ardían y estaban atadas con algún tipo de cuerda, al igual que mis pies.
La silla en la que estaba sentado era de metal y estaba anclada al suelo.
Esto último lo supe después de que tratar de elevar mis más de noventa y cinco kilos sin otro resultado que provocarme más laceraciones en las extremidades.
Pero, sobre todas las cosas, lo más agobiante sin duda era el trapo que habían introducido en mi boca y asegurado con cinta de carrocero envuelta alrededor de la cabeza.
Después de luchar infructuosamente contra los elementos durante lo que parecieron horas —aunque en realidad fue apenas treinta minutos—, oí que arrastraban algo que no supe identificar y, pocos instantes después, el inconfundible chirrido de una puerta metálica al abrirse.
A unos veinte metros de distancia, una luz cálida y agradable se coló en la oscuridad y la silueta de dos hombres se dibujó entre las sombras.
Acto seguido, una molesta luz blanca, procedente de seis focos esparcidos por la estancia, me obligó a cerrar los ojos, ya acostumbrados a la penumbra.
—Veo que se ha despertado la princesa.
«Aníbal», pensé.
Abrí los ojos para que se fueran acostumbrando poco a poco a la iluminación y no tardé en darme cuenta de que habían cambiado el uniforme de luto por una ropa de deporte básica.
Mala noticia.
Aníbal se acercó seguido por Yuri, que empujaba una mesa metálica como si de un celador se tratara.
El hermano mayor de los Montenegro —había nacido quince minutos antes que su hermana— cogió una silla que había a un par de metros de donde yo estaba, le dio la vuelta y se sentó en ella con el pecho apoyado en el respaldo.
—¿Conoces la historia de Mijaíl Luchanski?
Por supuesto que no —dijo, sabiendo que yo no podía hablar—.
A principios de los años noventa, Misha, que era como lo llamaban los amigos, era un colaborador de la mafia rusa en Odesa, Ucrania.
El tipo se encargaba de facilitar rutas desde Asia Central hacia Europa, que en jerga de la mafia es ayudar a establecer, proteger o mantener un canal logístico estable para el tráfico de bienes ilegales. Es decir: armas y heroína.
Aníbal se encendió un cigarrillo con la ayuda de una cerilla mientras el puto psicópata de Yuri trajinaba con algo de la mesa. Aníbal chasqueó dos veces los dedos para captar mi atención.
—En fin, un buen día nuestro amigo Misha decidió separarse de la Bratva y seguir de forma independiente su periplo. Abrió un canal independiente y se alió con los albaneses, lo cual, como ya te imaginarás, fue una muy mala idea.
»La Bratva era una de las mafias más jodidas de Europa, mucho menos elegantes que la ’Ndrangheta o la Camorra italianas y mucho más letal que la Yakuza en Japón.
No, Barrena, en la Bratva eran rusos, algunos fueron miembros de la KGB, y te prometo que lo que les hacían a traidores como Mijaíl no se lo desearías ni a tu peor enemigo.
Mientras Aníbal se tomaba un descanso dando una larga calada y cerrando los ojos para disfrutar de cada miligramo de nicotina que abrasaba su cerebro y del alquitrán que ennegrecía sus pulmones, yo intentaba deshacerme de la cuerda que me aprisionaba las muñecas.
Estaba atado con fuerza, pero enseguida noté que el nudo no lo había hecho un profesional.
—En 1994 —continuó contando Aníbal—, en una operación perfectamente coordinada, la Bratva secuestró en su propia casa a Luchanski, con su familia como espectadora de lujo, y lo trasladaron a una bodega vacía a las afueras de Moscú.
Y lo que pasó allí, Salva, revolvería el estómago al mismísimo diablo.
Primero, le rompieron todas las articulaciones de los dedos.
Sonó un ruido metálico a mi derecha y vi que Yuri sostenía entre sus dos grandes manos un martillo de considerables dimensiones.
—¡Eso! ¡Así, con un martillo! —exclamó Aníbal—. Le machacaron cada uno de los dedos mientras le recitaban uno a uno todos los puertos en los que había traficado sin el permiso de la Bratva.