Nadie saldrá de aquí 10. La fila de los mansos #3
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10. La fila de los mansos #3

—Marcos, de verdad que no quería llegar a esta situación —dije—, pero hay que ver lo difícil que lo pones a veces.

Intenté disuadirte con buenas palabras aquella vez en casa de los padres de Natalia, de verdad que pensaba que lo ibas a dejar pasar, que te cansarías.

Pero de pronto, hace dos días, vi tu cara impresa en la carpeta de mi jefe.

Y créeme que eso es una mala noticia, la peor.

Y yo, Marcos, no quiero hacerlo, de verdad que no.

Nunca lo he hecho y, a pesar de que siento cosas extrañas dentro de mí cuando golpeo a la gente, cuando siento su vulnerabilidad y su miedo, nunca he fantaseado siquiera con la idea de dar matarile a otra persona.

—Salva, ¿qué mierdas estás diciendo?

—Has molestado a mucha gente, Marcos. Joder, y esto no es como cuando éramos críos.

Has tocado los cojones a gente peligrosa; a gente que no dudó en cargarse a tu suegro.

¿Sabías que le iba el sado? ¿Que ese hijo de puta dejaba hechas un cristo a todas las mujeres que tenían la desgracia de caer en sus sucias y miserables garras?

Una vez dejó a una chica de tan solo dieciocho años en coma durante días porque se negó a chupársela después de que se la hubiera metido en el culo.

¿Sabías eso de tu querido suegro, el ministro Ortega? ¿Sigues sintiendo compasión por él?

Marcos comenzó a llorar y sus ojos iban de la pistola a mis ojos.

—Salva, por favor.

Me levanté como un resorte y le apoyé la pistola en la sien.

—Levántate de la silla y ponte de rodillas.

—Salva…

—¡Que te levantes, hostia! —grité.

¿Sabéis qué es lo que siempre me ha parecido lo más increíble del ser humano?

El nivel de sumisión ante su inminente ejecución.

Si no me creéis, mirad las imágenes de los fusilamientos: todos ahí, en fila, de rodillas, algunos de pie, otros implorando piedad, unos firmes u orgullosos, pero todos obedeciendo las órdenes de sus ejecutores.

¿Por qué, si sabían que su destino era la muerte, al menos no luchaban?

¿Por qué mostrar ese nivel de sumisión en lugar de abalanzarse sobre sus verdugos?

Aún hoy sigo dándole vueltas al hecho de que Marcos se arrodillara y no peleara.

«¿Tan poco valoras tu vida?», pensé. ¿O es que acaso el reo condenado a muerte siempre guarda la esperanza de ser exonerado de su destino final y cree que, por mostrarse colaborador, va a ablandar el corazón del ejecutor?

—No le diré nada a nadie, dejaré de meter las narices donde no me llaman, pero, por favor, Salva, no me mates —suplicó Marcos.

Se había orinado encima, y sus lágrimas y mocos estaban haciendo mella en mí. Yo no soy… Yo no era un asesino.

—¿Por qué te interesaste tanto por tu suegro, Marcos? ¿Por qué tuviste que complicarlo todo?

—Si llegaba a demostrar que no era un accidente —dijo entre sollozos—, podríamos optar a una demanda y a una mayor indemnización.

—¡No me jodas que todo ha sido por dinero! ¡Joder! —grité llevándome las manos a la cabeza.

—Yo no quería, fue Natalia la que insistió en saber la verdad. Algo no cuadraba, era todo demasiado vago, los informes policiales mostraban incoherencias.

—¡Por supuesto que las había, imbécil! ¡Era todo una pantomima que gente más poderosa que el puto rey se inventó para cubrir su asesinato!

Le estampé la culata en la sien y Marcos cayó a plomo sobre el frondoso césped.

Me abalancé sobre él y le puse la temblorosa pistola en la mejilla izquierda.

Presioné sobre ella hasta sentir sus muelas quebrarse a través del cañón y en ese preciso momento volví a sentir ese cosquilleo de satisfacción que me atraviesa de lado a lado cada vez que someto a una de mis víctimas.

Todos los nervios que había sentido, todas las dudas que me habían paralizado hasta el punto de quitarme el sueño se disiparon y ya no eran más que un vago recuerdo.

Presioné un poco más y la cabeza de Marcos se hundió en la tierra.

Los pájaros habían parado de gorjear, el viento había dejado de soplar y lo único que podía oír en ese instante era la saliva sanguinolenta burbujeando dentro de la boca de mi mejor amigo.

—Siempre es el dinero el que lo jode todo —espeté.

—Prfff hazzz.

—¿Qué dices? —Le liberé un poco la presión de la pistola.

—Por favor —escupió un gargajo de sangre—, Salva, hazlo por mi hijo.

Noté cómo todo mi estado de enajenación se evaporaba hasta desaparecer por completo.

Bajé mi mirada y observé la cara de Marcos, ensangrentada por la profunda brecha de su frente y me pregunté cómo cojones había acabado yo ahí.

Siempre me hago la misma pregunta y nunca he sabido realmente contestarla.

Miento.

Nunca excepto ahora, aquí, en el bar con vosotros. Por primera vez en mi vida siento que estoy haciendo lo correcto, que esta noche es la más lúcida de toda mi vida.

Liberé la presión que mi rodilla derecha ejercía en su pecho y Marcos comenzó a toser y a llorar con desconsuelo sobre la tierra.

Sin dejar de apuntarle me volví hacia la silla y de una pequeña caja saqué una bolsa de plástico y un sobre.

Entorné los ojos para intentar atisbar si el cabronazo de Aníbal Montenegro estaba en algún lado, pero seguía sin ver nada.

Pensé que tal vez no estuviera allí, que todo había sido un juego mental de aquel psicópata para que cumpliera con mi cometido.

Me volví a agachar y agarré a Marcos de la pechera de la sudadera.

—Escúchame y hazlo con atención—susurré—: no me discutas, no me rebatas y no digas nada en absoluto.

Solo escúchame. En este sobre hay dinero de sobra para sobrevivir tú y tu familia durante unas semanas y tres billetes de avión con destino a tomar por el culo de aquí.

Son para esta noche, así que no pierdas un solo minuto en dar explicaciones a nadie.

—Hice una pausa para meter el sobre dentro de la bolsa impermeable y sellarla contra humedades—.

Ahora bien, no puedes irte por donde has venido.

Río abajo, como a dos kilómetros, verás un pequeño embarcadero; sube por él y sigue el camino de tierra.

A diez minutos andando está el camping Las Encinas, justo al lado hay un autobús.

El siguiente pasa en cuarenta minutos así que si sales ahora te dará tiempo.

—Salva.

Un sonoro puñetazo que le rompió el tabique nasal retumbó por todo el lugar y le dejó mareado y confuso. Cargué con su peso y le llevé a la orilla mientras arrastraba sus pies dejando un rastro de tierra removida.

—El frío del agua —susurré a su oído— te despejará. Si haces una sola cosa distinta a lo que acabo de decirte estás muerto, y yo también. Si aprecias tu vida y la de tu familia coge ese vuelo esta noche. ¿Entendido?

—Ssssí…

—Buen chico.

La bolsa tenía un cordel negro que enrollé en el cuello de Marcos.

—Salv…

—No digas nada, solo obedece. Hasta siempre, viejo amigo.

Lancé a Marcos al agua y su grito por el golpe del frío se vio silenciado por dos disparos que impactaron a escasos centímetros de él.

La corriente era débil, pero unos metros más abajo resultaba lo suficientemente fuerte para transportar a Marcos hacia su destino.

Confié plenamente en que llegara a él y, si no…

, bueno, se lo habría cargado el río, no yo.