Nadie saldrá de aquí 10. La fila de los mansos #2
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10. La fila de los mansos #2

Caminé hacia la puerta del coche, la abrí y lo dejé todo en la guantera.

—Recuérdalo, Barrena. —Aníbal alzó su muñeca para mirar la hora en su Rolex de casi cuatrocientos mil pavos—. Veintisiete horas con cincuenta minutos.

Solo los auténticos y más deleznables sociópatas duermen sin pesadillas.

No pude comprobar si yo lo era o no porque aquella noche no pegué ojo.

Después de dar mil vueltas y temer que una de ellas despertara a Carmen —y que, entonces, me comenzara a hacer preguntas—, me fui al salón y encendí la tele.

Ya no nos acordamos, pero a finales de los noventa apenas teníamos oferta televisiva.

La tele por satélite ya hacía acto de presencia en las casas más pudientes —nosotros mismos podríamos haberla tenido, no voy a ir de falso modesto ahora—, pero Carmen siempre fue muy activista con eso de la televisión y los niños.

Cuando el reloj dio las siete de la mañana, me metí en la cama y simulé despertarme.

Le di un beso a mi mujer y le susurré al oído que prepararía el desayuno.

Lo único que obtuve como respuesta fue un gemido mientras Carmen se ponía la almohada sobre la cara para protegerse de la luz que comenzaba a filtrarse por la ventana.

—¿Tienes todo listo? —me preguntó Carmen limpiándose los restos de mermelada de melocotón de la tostada que le había preparado.

Mientras cenábamos la noche anterior le comenté los planes que habíamos hecho con Marcos, y Carmen me dijo que le parecía una buena idea.

—Creo que sí.

—¿Por qué a pescar? Si no has ido de pesca en toda tu vida —preguntó, divertida.

—Bueno, en realidad será la segunda vez. La primera perdí la virginidad.

Carmen, que en ese momento estaba bebiendo café, no pudo evitar escupirlo a causa de la sorpresa.

—¿Perdona?

—A ver, no es esa virginidad.

—¿A qué te refieres, entonces?

—Cuando tenía trece años, mi padre me llevó a pescar.

Sí, a pescar, tócate los huevos. Yo le dije que para qué, que nunca habíamos ido y que a mí me sonaba a coñazo absoluto.

Total, ahí fuimos, al culo del mundo, dos horas de viaje por un camino lleno de curvas.

Cuando llegamos, lo último que me apetecía era ponerme a la orilla del río a esperar que un pez picara.

Joder, lo único que quería era estar con los colegas del colegio jugando el torneo de fútbol 7 que se había organizado junto con el otro instituto del barrio.

»Bueno, después de darme una cariñosa colleja, sacamos un par de cañas y nos pusimos en una roca a orillas de un lago.

Pasamos tres putas horas esperando a que algo, lo que fuera, mordiera el anzuelo, pero no hubo manera.

Cuando llegó la hora de comer, mi padre sacó de una bolsa unos bocatas de chorizo con queso, un plato con jamón y dos cervezas.

«Ya eres un hombre para tomarte tu primera cerveza», dijo.

Y yo todo feliz, sintiéndome el niño más malo y mayor del universo, le di un trago y me pareció asquerosa.

«Hostia puta, está buenísima», exclamé. Mi padre me dio una colleja, sí, otra, era muy dado a expresar así todo tipo de sentimientos, incluso los bonitos, y me preguntó si ese lenguaje lo aprendía en catequesis.

Él reía, yo también, y ambos chocamos nuestras latas de cerveza.

»Lo que apuntaba que sería un monumental coñazo de día acabó convirtiéndose en una de las experiencias más felices y gratificantes que viví con mi viejo.

Papá me dio otra lata a media tarde y cuando el sol se ocultaba tras las grandes y picudas montañas, me costaba mantener el equilibrio y una fina capa de niebla inundaba mis ojos.

—Y este fue tu primer pedo.

—¡Efectivamente!

—¿Qué dijo tu madre al veros?

—¡Buah! No quieras saberlo.

—Entonces… —Carmen se llevó un trozo de melón a la boca—. ¿Vas a emborrachar a Marcos? ¿Ese es el plan?

—Bueno, cervezas llevo…

—Ni se te ocurra beber y coger el coche —dijo apuntándome con el cuchillo.

—No cogeré el coche hasta tres horas después de la última cerveza.

—Cuatro. Me da igual que llegues a las tantas de la madrugada, pero te quiero aquí vivo. ¿Está claro?

—Te lo prometo —dije.

La estridente y molesta alarma del reloj Casio de Carmen me anunciaba que eran las ocho de la mañana.

—Tengo que ir preparándome.

Me levanté y comencé a recoger los restos del desayuno.

Otro reloj, esta vez el viejo del salón, con su cansino tictac, me devolvió a la miserable realidad de la que había conseguido evadirme gracias a mi mujer. Aquel traqueteo del segundero y el penoso chirriar del minutero me recordaban que tan solo tenía siete horas para cargarme a mi mejor amigo.

—Joder… —susurré antes de abrir el grifo de la ducha.

Un lugar tan hermoso merecía ser testigo de algo a su altura, pero la vida nos había deparado otros derroteros.

El viaje en coche había transcurrido en un sepulcral silencio, roto tan solo por las canciones de rock que emitía una emisora llamada Fender FM. Un día leí que le habían puesto ese nombre en honor a la guitarra Fender Stratocaster que tocaba Jimi Hendrix.

Marcos vestía unos pantalones vaqueros, zapatillas marrones con rayas blancas y una sudadera de la Universidad de Oxford que había comprado en Inglaterra en uno de sus muchos viajes por el mundo.

Una gorra verde de los Yankees de Nueva York completaba un conjunto que le daba más aires de universitario virgen que de cuarentón.

Se le veía cansado, tenía grandes y oscuras ojeras y una descuidada barba de varios días.

Marcos no solía dejar más de dos días entre afeitados y verle así me provocó una profunda desazón.

—¿Por qué te andas con tantos rodeos y no me dices lo que sabes de una vez, Salva? —preguntó nada más meterse en el coche con la esperanza de que yo soltara prenda antes de emprender nuestro particular viaje.

—Tiempo al tiempo.

Arranqué y comencé el trayecto de una hora y media hasta aquel entorno plagado de frondosos árboles, con un pasto verde y mojado por el rocío y con el sonido tranquilo del agua del río al fluir impregnándolo todo como una relajante banda sonora.

El sonido era tranquilizador. Los pájaros trinaban y las hojas de los árboles nos abrazaban con aquel peculiar susurro, pero a ninguno de los dos nos apetecía sentirnos en paz; no, al menos, en aquel preciso instante.

Abrí el maletero y saqué todo lo necesario para pasar un día de pesca, sin olvidarme de la nevera con las cervezas, tal como había hecho mi padre tantos años atrás.

Marcos permaneció en el coche mientras yo hacía varios viajes desde el Rover hasta la orilla del río.

El lugar que había elegido para nuestra actividad era un claro resguardado por sauces, donde el agua corría mansa y el tiempo parecía detenerse.

—Venga, sal ya —dije golpeando el cristal del copiloto.

Marcos abrió la puerta no sin antes volver a mostrar su particular hartazgo rodando los ojos hacia arriba y resoplando como un búfalo.

—Toma —le ofrecí una cerveza—, te vendrá bien para sacarte esa mala hostia que llevas.

—Son las once de la mañana, Salva.

—¿Y?

Me quedé mirándolo con honesta curiosidad, tratando de entender qué problema intentaba transmitirme al decirme la hora, como si alguien nos impusiera una suerte de ley seca que nos prohibiera beber antes del mediodía.

—Da igual. —Marcos aceptó la lata, la abrió y le dio un largo trago—. ¿Ahora qué? ¿Pescamos y hacemos como si esto no fuera raro de cojones?

Le sonreí mientras me ponía cómodo en una de las dos pequeñas sillas plegables que había puesto en la orilla.

—Siéntate.

Marcos me miraba, incrédulo, pero no tardó mucho en obedecerme. Sabía qué guerras librar y conocía de sobra mi cabezonería. Como yo la suya, no nos engañemos.

Permanecimos sentados mirando al río un largo rato, esperando que algo, lo que fuera, picara y nos diera una excusa para romper aquel silencio incómodo.

A medida que pasaban los minutos, me era más difícil mantener aquella fachada de tipo duro que había tratado de mostrar desde hacía unas horas.

No os voy a engañar: joder, estaba acojonado.

Además, tenía el presentimiento de que el hijoputa de Aníbal nos observaba, que, como un pervertido sexual, permanecía al acecho escondido entre los grandes árboles, vigilando cada uno de mis movimientos.

Me abrí otra cerveza, la tercera en menos de una hora.

—¿Por qué te importa tanto?

—¿Por qué me importa tanto qué? —preguntó Marcos, confuso.

—Tu suegro, ¿por qué tomarte tantas molestias por él? Es decir, era tu suegro, no tu padre.

—¿Insinúas que debí dejarlo correr?

—¿Qué, exactamente?

—No me vengas con juegos de palabras ahora, Salva. No empieces a decirme que fue un accidente y que no hay más que eso. No te lo consiento porque sé…

—No sabes una puta mierda, Marcos —sentencié más tranquilo de lo que esperaba—. Respóndeme y hazlo de verdad. ¿Por qué cojones te has tomado tantas molestias por el cabronazo de tu suegro?

—No hay más que lo que…

Marcos se quedó paralizado de miedo, con sus manos aferradas a sendos reposabrazos de la silla de plástico, y vi cómo sus pupilas se dilataban al ver la pistola que sostenía en mi mano derecha.

¿Sabíais que esa pistola es la misma que tengo ahora aquí? De hecho, haciendo un poco de memoria, creo que la posición exacta era esta, así, un poco inclinada sobre mi muslo, apuntando directamente al corazón. ¿Lo sientes, Lázaro? ¿Puedes sentir la bala destrozando tus costillas?

Barrena…

Tranquilo, no pasa nada. Solo era para hacer la historia más real…, más interactiva.

No me gustaría que dejaras esto lleno de plomo, Barrena. Ya me has jodido la pared y te aseguro que te haré pagar cualquier desperfecto más que hagas aquí.

Totalmente justo, viejo gruñón.

Sostenía la pistola apoyada en mi muslo. Así evitaba que se notara el temblor que agitaba mi mano. Lo último que quería en ese instante era mostrar un mínimo atisbo de vulnerabilidad.