Nadie saldrá de aquí 10. La fila de los mansos
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10. La fila de los mansos

La fila de los mansos

El desayuno había renovado las fuerzas y los ánimos a toda la familia. Después de llenar el estómago, Lucía, Carmen y yo nos quedamos viendo dibujos en la tele hasta que fueron las diez y Carmen se marchó a trabajar, no sin antes darnos un beso húmedo y cálido que zanjaba todos nuestros problemas.

—He sido un imbécil —dije agarrándole de la cintura—, sois mi familia y haría cualquier cosa por vosotras.

—Lo has sido, pero también sé que eres un gran padre y un gran marido, cariño. No debí sacar el tema de tu trabajo en ese momento.

—Respecto a eso —la interrumpí—, he hablado con mi jefe. Solo tengo que hacer una cosa más y lo dejaré para siempre.

Los ojos de Carmen se iluminaron como no lo hacían en mucho tiempo, como cuando disfrutábamos de los primeros días de amorío y aún había mariposas en nuestros estómagos.

—¿De verdad?

—De la buena. —La subí a horcajadas y la estampé contra la puerta.

—Amor…, la niña… —Carmen gemía mientras me mordía el labio inferior y me tocaba por encima del pantalón—. Tengo que ir a trabajar, ya llego tarde.

—Está viendo esos horribles dibujos animados. Tenemos diez minutos para nosotros.

—¿Diez minutos? —preguntó mientras me desabrochaba el cinturón.

—Bueno… —Solté a Carmen, la agarré de la mano y la llevé hacia la habitación—. Trataré de que sean quince.

—Qué generoso —dijo riendo y cerrando la puerta tras ella.

Llevaba más de media hora sosteniendo el móvil con el nombre de Marcos impreso en la pantalla y seguía sin atreverme a pulsar el botón de llamar.

Algo frío y paralizante me lo impedía. Pensaba que ojalá no pasara el tiempo, que aquellas cuarenta y ocho horas que me habían dado para cumplir con la ejecución no se hubieran convertido en treinta y tres.

Me cago en la puta, ¿yo asesinando a alguien a sangre fría?

¿Cómo cojones había acabado en esa situación?

Ojalá siguiera en la cama, con Carmen y su cuerpo desnudo sobre el mío, con su pelo de fuego quemándome la piel.

Carmen había llevado a Lucía al colegio, y el silencio de la casa propiciaba que lo único que yo oyera fuera mi corazón retumbando en mis oídos emitiendo un sonido de culpa y de asco. ¿Matar a mi mejor amigo? ¿Matar?

Pero si no lo hacía, sabía lo que me esperaba.

Que se lo dijeran al ministro Ortega. Un accidente, ¡ja!

Frías gotas de sudor me recorrían la sien inutilizando los efectos de la ducha helada que me había dado minutos antes.

La taza que tenía a mi lado me decía que el café que me había servido ya estaba frío y el sol que entraba por las ventanas se había ocultado tras unas negras nubes que auguraban mi devenir más próximo.

Cerré los ojos, inspiré durante siete segundos y luego expulsé el aire por la boca durante diez.

Cuando abrí los ojos de nuevo noté que el pulso se me había relajado y el temblor de mi mano era apenas perceptible.

Y llamé.

—¿Sí? —oí a través del auricular.

—Marcos, ¿qué tal? —pregunté tratando de disimular mi nerviosismo.

—¿Qué tal, Salva? Dime.

Marcos sonaba seco, se notaba a la legua que mi llamada era lo último que le apetecía atender esa mañana.

—Había pensado en ir a pescar, ¿te apuntas?

—¿A pescar? ¿Desde cuándo pescas tú, Salva?

«Eso, Salva. ¿Qué cojones estás diciendo?».

—Vi un documental de Pesca y sedal y me dije: «Creo que es una gran idea para hacer algo diferente».

—¿Tienes la crisis de los cincuenta por adelantado?

—Venga —intentaba sonar lo más convincente posible—, anímate. Tú y yo, mañana. Vamos en mi coche, nos cogemos unas cuantas birras, unos bocatas de jamón y pasamos el día por ahí. Como en los viejos tiempos.

—Salva, no sé qué mosca te ha picado, pero no puedo. Tengo cosas que hacer y Natalia me había pedido…

—Tengo información sobre la muerte de tu suegro, Marcos.

Un sepulcral silencio volvió a envolver la estancia y descubrí, no sin cierta sorpresa, que mi pulso se había relajado por completo.

—¿Marcos?

—¿Qué sabes tú de eso?

—Mañana a las nueve te recojo. Ponte algo cómodo y yo me encargo del resto.

Noté cómo la respiración de Marcos se agitaba y por el rugido del aire que expulsaba parecía que hubiera un búfalo al otro lado de la línea.

—Salva, no me toques los huevos. Si sabes algo, dímelo ya, pero no voy a ir de puta pesca contigo.

—Marcos, escúchame. —Mi voz era fría, mi mente estaba lúcida.

Una sensación de poder dominaba mi cuerpo, y mi mente actuaba como la mejor y más efectiva de las drogas—.

Primero de todo, no me grites. No me gusta que me griten ni siquiera por teléfono; segundo, vas a hablar con Natalia y vas a decirle que eso que quería hacer mañana no va a poder ser, y tercero, pregúntale si nos puede preparar unos bocadillos de tortilla, que la hace buenísima.

—¿Me estás…?

—Te veo mañana a las nueve, Marcos —le interrumpí—. Tengo información y yo marco las condiciones. Que pases un buen día.

Colgué con determinación y una sonrisa en la boca que fue desapareciendo poco a poco, hasta convertirse en una mueca de disgusto a medida que la dopamina se diluía en mi cuerpo.

Decidí darme una ducha larga y relajante —sí, otra— antes de ir a por todo lo necesario para el día de pesca.

Salí del cuarto de baño empapado y completamente desnudo, dejé que el cuerpo se secara al aire y recuperé el móvil, que había caído debajo de la silla empujado por las vibraciones de las más de veintitrés llamadas perdidas y otros tantos mensajes de texto de Marcos.

Hastiado, abrí la aplicación de mensajería y escribí un escueto mensaje antes de ponerme la ropa para salir a la calle.

Mañana a las 9

Cuando salí de la tienda de artículos de pesca —en honor a la verdad no solo era de pesca, sino que había otros deportes como montañismo y esa horterada que se llama «running» y que obsesiona a todo el mundo hoy en día—, cargaba decenas de cosas cuyo modo de empleo ignoraba por completo, pero que me servirían para tener una buena coartada.

Obviamente, no podía ir a casa con todo aquello, y decidí llevarlo al Range Rover que me había comprado hacía un año a petición de Carmen.

Ella tenía un curioso fetiche con los coches grandes.

Ya desde el momento en que salí de casa noté una sensación extraña, un picor que me recorría toda la espina dorsal y trataba de comunicarme algo que no llegué a discernir hasta que oí una voz familiar a mi espalda, justo en el momento en que cerraba el maletero.

—Buenas, Barrena.

Me giré despacio, sin saber con qué me iba a encontrar. El quién lo tenía claro, pero ese hijo de puta nunca se sabía por dónde saldría.

—Aníbal Montenegro —dije con sarcástica solemnidad—. ¡Qué placer verte!

Aníbal tenía en los labios un cigarrillo encendido, y me dirigía una mirada fría y horrorosa.

—¿Eso de ahí es un orzuelo? Estás fabuloso.

—No te pases, Barrena, o te dejo sin ojos ahora mismo.

—Tranquilo, hombre, no te pongas nervioso. ¿A qué se debe este tremendo placer que me brindas? —Metí la llave en la cerradura y cerré el coche—. ¿Qué tal tu hermana?

—Solo me encargo de que lleves a cabo tu misión. Te quedan menos de veintiocho horas.

—Así que es eso.

Comencé a descojonarme en su cara.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Nunca habría pensado que un Montenegro, los hermanos más temibles de la ciudad, y parte del país…

¿qué digo del país? ¡Del puto continente!

—Abrí los brazos y miré al techo. Mi voz retumbaba en las paredes del angosto aparcamiento—.

¿Quién me iba a decir a mí que Aníbal Montenegro iba a ser el perrito faldero de su amo, además de mi jodida niñera?

—Me acerqué a él hasta quedar a medio palmo de distancia, hasta que su barbilla alcanzó la altura de mi pecho—.

En otra ocasión habría preferido que me supervisara una mujer, pero hay que joderse: tú te has llevado toda la belleza de la familia.

Lo siguiente que sentí fueron los churros subiendo por mi esófago hasta acabar esparcidos a los pies de mi agresor. Aquel cabronazo era un retaco de metro sesenta, pero sus puños tenían la fuerza de un jodido martillo pilón.

—Te lo advertí, Barrena. ¡Levántate! —Aníbal me agarró del pelo y tiró de mí hacia arriba.

—Joder, macho, no tienes ni una pizca de sentido del humor.

Aníbal abrió la cremallera de su chupa de cuero y sacó una pistola. Los huevos se me cayeron al suelo.

—Toma.

—¿Qué es esto, tío?

—Una pistola.

—Eso ya lo sé, no soy un retrasado mental. Quiero decir que por qué me la das.

—Órdenes del jefe. Dijo que así te motivarías.

—No necesito una puta pistola. Llévate este trasto a tomar por el culo.

Aníbal comenzó a reír aún más fuerte que yo minutos antes.

—No me digas que te dan miedo las pistolas.

Aunque no me avergonzaba admitir que aborrecía las armas, que se burlara de mí aquel hijoputa me tocó los cojones.

—Dame —dije arrancándosela de las manos y poniendo el cañón en su sien.

Aníbal no se movió ni un solo milímetro…, tampoco dejó de reírse.

—Barrena, cuando te pones así eres realmente cómico. Suelta eso no vaya a hacerte daño. Además —susurró—, no está cargada, imbécil. ¿Creías que sería tan gilipollas de darte una pistola lista para disparar?

—No hace falta que conteste a esa pregunta, ¿verdad? —susurré mientras bajaba el arma.

—Toma. —Aníbal sacó una pequeña caja—. Aquí tienes cinco balas. Deberían ser más que suficientes.

Aníbal se quedó con la mano extendida mientras daba una última calada a un cigarrillo lleno de babas.

Yo sabía a la perfección que de nada servía negarme y no perdía nada por aceptar.

Guardaría la pistola y las balas en la guantera del coche y al día siguiente la tiraría al río.

Si Vogel o el hermano guapo de los Montenegro me la reclamaran diría que se me había caído y se la había llevado la corriente.

—Gracias —dije.

—Buen chico.

Aníbal aplastó la colilla y sacó una cajetilla de Marlboro para encenderse otro cigarrillo.

—Joder, esa chupa parece el bolso de Mary Poppins.

—¿Quién? —preguntó con la más honesta ignorancia.

—Nada, déjalo.