Nadie saldrá de aquí 9. Un viaje de (hu)ida
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9. Un viaje de (hu)ida

Un viaje de (hu)ida

No regresé a casa hasta que me tomé cuatro whiskies con hielo y después de haber deambulado por el barrio como hacía muchísimos años que no lo hacía, como aquella vez que me sentí desorientado y unos jóvenes me insultaron, a los pocos días de abandonar la cárcel.

Me preguntaba si tal vez habría sido mejor permanecer encerrado todo ese tiempo, que nunca hubiera salido de allí.

Quizá, ¿quién sabe?, habría evitado mucho mal a mi alrededor.

Es como esa teoría sobre la que hicieron una película, El efecto mariposa .

Siempre me ha gustado mucho esa idea. Recuerdo que era en lo que se regodeaba —o de lo que se lamentaba— mucho Tomás Marquínez, el Filósofo, un preso que llegó al quinto año de estar yo allí porque se había cargado a su hermano por una movida de herencias.

El Filósofo siempre estaba con libros de filosofía y teología, y acabamos teniendo conversaciones profundas en los tiempos muertos de la celda, que, como os imaginaréis, eran muchos.

Tomás tenía una visión negativa de la vida y constantemente repetía: «Todas las personas son relevantes en su irrelevancia», que daba igual lo minúsculos que nos sintiéramos, lo mindundis que la sociedad nos considerara, que incluso la persona más invisible para el mundo tenía una gran importancia para el mismo.

Y en esas mismas palabras pensaba yo mientras me tropezaba con mis propios pies de vuelta a la casa donde habitaba una mujer cabreada y una hija de la que no era merecedor.

Cuando llegué al portal, el sol comenzaba a dar los buenos días y el diligente Javi Landaluce limpiaba los cubos de basura con más entusiasmo del que jamás habría creído posible desplegar al realizar esa tarea.

Javier era alto y espigado: con un cuerpo de metro noventa y cinco, no debía de pesar más de sesenta kilos.

Su pelo castaño y rizado siempre estaba desordenado, y unas gafas de un grosor considerable completaban las facciones de un buen tipo.

—¡Buenos días, señor Barrena! ¿Una dura noche? —Su voz era grave, pero tenía un timbre agradable. Si hubiese querido, podría haber sido un gran locutor de radio.

—Si solo fuera la noche…

Me dejé caer en el pequeño escalón y apoyé la espalda en la puerta.

—¿Se encuentra bien, señor?

—Chico, tutéame de una vez, que llevo aquí toda la vida.

De pequeño tu abuelo me daba esos infectos caramelos de anís cuando salía para ir al colegio.

Nunca me atreví a decirle que los odiaba —dije riendo—.

Aunque me venían bien para agasajar a una chavala que me gustaba y que nunca me acabó dando bola.

Javier sonrió y se sentó a mi lado.

—Señor Barrena, traté de usted a mi abuelo hasta el mismo día de su muerte, como comprenderá…

—Vale, vale —dije. No quería iniciar un absurdo debate.

—Mi abuelo —prosiguió— se sabía todos los cotilleos del edificio, conocía a todos y cada uno de los vecinos y siempre recuerdo lo bien que hablaba de su madre. «Una buena y tradicional cristiana».

—Sí que lo era, sí —susurré con nostalgia.

—¿Le importa? —preguntó mientras sacaba una cajetilla de tabaco.

—Adelante, por favor.

—¿Problemas con la parienta? —preguntó, expulsando el humo por la nariz.

—Entre otros.

—Es la segunda vez en cinco minutos que me responde enigmáticamente. —Javier miró su pitillo y se rascó la cabeza—. ¿Puedo contarle una historia?

—Sí, ¿por qué no? —Me costaba mantener los ojos abiertos.

Javier le dio una larga y profunda calada y expulsó el humo por la nariz mientras pronunciaba las primeras palabras.

—Mi abuelo me salvó la vida y me mantuvo vivo después de que los dos que me la dieron renegaran de mí. Disculpe el trabalenguas, a veces me siento demasiado creativo.

»Mi padre conoció a mi “madre” —Javier hizo el gesto de las comillas— en el instituto.

Fue, según me contó mi abuelo, amor a primera vista.

Eran dos jóvenes guapos: mi madre, morena de ojos negros como el mar de noche, y mi padre, alto y siempre musculado, fruto de su afición al deporte en aquellos tiempos de finales de los setenta.

Cuando ambos cumplieron los dieciocho, mi padre se fue a la mili y mi madre se quedó esperándolo como agua de mayo.

Así se lo prometió y así fue. La primera noche del día en que regresó mi padre, ambos se fueron a una fiesta que daba una amiga de mi madre.

Bebieron, bailaron y mi padre descubrió que su novia se había aficionado a algo que a la larga derivaría en nefastas decisiones: la heroína.

»Por aquel entonces no había tanta información sobre esa droga, y la gente se la pinchaba como quien come pipas viendo un partido de fútbol.

Mi padre acabó probándola también y lo que comenzó como un chute quincenal acabó derivando en algo casi diario.

Entre chute y chute mi madre se quedó en estado.

Mi padre renegó de mí y abandonó a mi madre, pero ella no se rindió con tanta facilidad y una noche se plantó en casa de mi padre, que también era la de mi abuelo, y montó, como diría el abuelo Tulio, “la marimorena”.

—Ahora que lo dices, recuerdo que un día se oyeron gritos que venían del patio y que luego se presentó la pasma. No sabía que era por esto…

La historia de Javier me había quitado el pedo y empecé a escucharlo con mucha atención.

Más o menos como lo estáis haciendo vosotros ahora.

—Estaba totalmente colocada —continuó contando Javier— y no paraba de gritar que el hijo que llevaba en sus entrañas era suyo, de mi padre.

Tú conocías a Tulio, uno de los hombres más discretos que en este barrio ha vivido nunca.

Eludía cualquier conflicto y aquello le abochornó para siempre.

Mi padre y mi madre comenzaron a gritar, y ella tiró platos al suelo y quiso destrozar la casa de mi abuelo; a mi abuela le entró tal ataque de ansiedad que por poco la manda al otro barrio.

Todo se habría prolongado muchísimo más si no llega a ser por la policía, que se presentó al cabo de unos minutos, alertada por algún buen vecino.

»Después de aquello mi abuelo puso firme a mi padre y le obligó a desintoxicarse y hacerse cargo de mi madre y de mí.

Y la verdad es que funcionó. Cuando don Tulio se ponía en plan capitán general, hasta las niñas del 3.

º B bajaban el volumen de su «música infernal».

Pasaron los meses, mi padre consiguió un buen trabajo y mi madre estuvo bajo los cuidados de mis abuelos hasta el último día del embarazo.

Nací sietemesino, con síndrome de abstinencia y durante mi crecimiento sufrí varios problemas de anemia y hasta se me diagnosticó TDAH, vamos, el pack completo.

«De ahí lo de los cubos de basura», pensé.

—En honor a la verdad —Javier miraba al frente y sus ojos comenzaban a estar iluminados por el color naranja del amanecer—, con todo lo que me pudo haber pasado, salí bastante bien parado.

»Cuando dieron el alta a mi madre y volvimos a casa, todo parecía perfecto.

Sí, los días fueron duros, pero todo se solventaba con diligencia y responsabilidad.

Sin embargo, en los drogadictos hay algo que funciona casi como una norma universal: siempre se es un adicto y basta con una pequeña chispa para encender la mecha de su adicción.

»Un día de febrero de 1981 mi madre salió a por caballo conmigo a cuestas, se escondió en un callejón, se chutó y murió porque habían rebajado la heroína con matarratas.

Se fue en silencio bajo una fina lluvia, mientras yo lloraba en su regazo.

¿Usted cree en Dios, señor Barrena? —acabó preguntándome.

—Tenemos nuestros más y nuestros menos.

—Otra respuesta enigmática. —Sonrió.

—No me siento muy católico.

— Touché.

Javier apagó el cigarrillo quitándole la punta sobre el escalón y guardó la colilla en un pequeño pañuelo.

—Yo sí creo. ¿De qué otra forma podría haber sobrevivido dos noches enteras en aquel callejón, con mi madre descomponiéndose hasta que unos trabajadores de la limpieza me descubrieron al borde de la muerte, si no fuera porque él me salvó?

»Mi padre no pudo soportar la noticia. No la de que yo hubiera sobrevivido de milagro, sino la de la muerte de mi madre.

Mi padre la amaba de verdad y por encima de todo, incluso de mí.

Intentó ejercer de padre, pero lo hizo con más cabeza que corazón y como siempre pasa en estos casos, cuando llega el momento de las dudas, no hace falta una excusa muy seria para abandonar.

Un día de noviembre de 1981 cogió el primer tren de la mañana con destino a alguna parte. Un billete solo de ida. Huyó.

»Cuando cumplí quince años, mi abuelo me regaló una caja que contenía cientos de cartas que mi padre había escrito para mí.

Me dijo que solo seguía las instrucciones que él le había dado: no debía entregármelas hasta que llegara a esa edad.

Cogí la caja, salí a la calle y la tiré en aquel contenedor de allí.

—¿Así, sin más? ¿No tenías curiosidad por saber lo que decían esas cartas? —pregunté, tocado por la historia.

—La curiosidad es la mejor base para el avance científico, pero no para entender a quien decidió desaparecer. —Apoyó las manos sobre el escalón y se levantó haciendo crujir todos los huesos de sus rodillas—. Uno no desaparece y luego pretende que se le escuche. Eso no funciona así.

Javi cogió una escoba que estaba apoyada junto a mí y comenzó a barrer la acera.

—¿Por qué me has contado todo esto?

Javier paró en seco y me miró con una profunda y sincera sonrisa.

—Siempre que le pregunto por su familia me habla de ella con inseguridad y ambigüedades.

Si yo tuviera una como la suya, lo daría todo por conservarla.

Sé lo que es perder, pero no qué es ganar.

—Javi volvió a barrer el suelo levantando una fina capa de polvo—.

Vaya a darle un beso a sus chicas, señor Barrena.

Me levanté sintiendo que mis huesos pesaban el doble de lo normal y antes de llegar al ascensor oí que me gritaban desde la calle.

—¡No pensará entrar en su casa a estas horas con las manos vacías!

—¿Cómo? —pregunté, confuso.

—Vaya a por unos churros, señor. Acaba de abrir la churrería de la esquina, se pide una docena, un chocolate caliente, y comienza el día como Dios manda.

Salí de nuevo a la calle, me puse a su altura y extendí la mano para estrechársela.

—Gracias, Javier. No sé si lo sabes, pero me has ayudado mucho. Te traeré unos churros a ti también.

—¡Soy más de porras! —gritó levantando la escoba.

Me eché a reír. El sol calentaba mi cuerpo, destemplado por la resaca, y por primera vez en mucho tiempo sentí que mi mente se despejaba.