Nadie saldrá de aquí 8. Tienes una deuda
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8. Tienes una deuda

Tienes una deuda

Tienes que venir inmediatamente

Eran las siete de la mañana y aún no había sonado el despertador.

Carmen dormía sobre mi pecho y la casa estaba en el más reconfortante de los silencios.

Al principio hice como si no hubiera visto el mensaje, no quería que aquella escapada se acabara, pero, sobre todo, temía contestar que estaba a más de cuatro horas de distancia y que eso de «inmediatamente» no podía ser.

Desperté a Carmen con suavidad y pronto nos pusimos en marcha de vuelta a casa. Era lunes y las carreteras no estaban muy congestionadas, el sol comenzaba a subir y no se divisaba ni una sola nube en el prístino cielo.

—Afloja un poco, Salva. —Carmen me miraba y señaló el velocímetro, que marcaba ciento cincuenta kilómetros por hora—. ¿Se puede saber a qué viene tanta prisa?

—Me han mandado un mensaje del curro diciendo que me necesitan cuanto antes —dije mientras levantaba el pie del acelerador hasta poner el coche a los legales ciento veinte kilómetros por hora.

—¿No les dijiste que te ibas de vacaciones?

—Sí, pero, claro, estamos a lunes…

—Hasta la noche no entras de nuevo, ¿o acaso has vuelto a cambiar el turno a jornada completa?

—Carmen, no empecemos…

—No empiezo nada, pero siempre estás agobiado por el trabajo. ¿Por qué no te buscas otro curro?

Las tías son expertas en generar debates de la nada en los momentos menos adecuados. Lucía estaba sentada en su silla del coche y jugaba con la Barbie, ajena a aquella conversación que tenía pinta de que derivaría en discusión.

—¿Otra vez con la misma cantinela?

—¿La misma? Te lo habré dicho dos veces como mucho.

—Pues eso, esta es la tercera.

—Salva, escúchame: eres un hombre que vale mucho más que para ser el matón de alguien. —Carmen se dio cuenta de que estaba hablando demasiado alto y comenzó a susurrar—: Mira, si quieres yo pregunto por ahí a ver si encontramos otra cosa…

—¿Más qué, Carmen? ¿Más digno? ¿Algo que puedas contar a tus amigas sin avergonzarte? No me mires así. Sé perfectamente que siempre evitas hablar de mi trabajo cuando ellas te preguntan qué hago. Porque, claro, tu marido es solo un matón del tres al cuarto.

—En la vida he pensado eso, Salva.

—Claro.

—Escúchame y hazlo bien, Salvador —espetó echando fuego por sus ojos de océano—.

Nunca jamás te he reclamado ni echado en cara nada en absoluto de tu trabajo.

He soportado que volvieras oliendo a todo tipo de fluidos, que llegaras a deshoras, soporto tus pesadillas y también dormir sola.

Al principio, bueno, era complicado y digamos que poco ortodoxo, pero te conocí así y siempre lo he respetado.

Sabía dónde me metía desde la primera cita porque siempre has…

—Hizo una pequeña pausa para coger aire— Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro.

Pero una cosa es aceptar que trabajas en un puticlub y otra que seas el matón personal del dueño del prostíbulo.

El velocímetro volvió a subir poco a poco y con cada ataque de Carmen mis nudillos adquirían un tono cada vez más blanquecino.

—Sabes perfectamente por qué lo hago —dije entre dientes.

—Por desgracia, sí, Salva, sé que tu hermana nos empujó a eso. Pero no solo ella.

—¿Insinúas que es mi culpa?

Ciento cuarenta kilómetros por hora.

—Mía no va a ser.

—¿Papá?

—No tuve elección.

Ciento cincuenta kilómetros por hora.

—¿Que no tuviste elección, Salva? ¡Solo tratas de convencerte a ti mismo!

—¿Mamá?

—¡Mi hermana necesitaba ayuda, Carmen! Como tú no tienes familia, no puedes comprender lo que es estar unido a alguien.

—Como repitas eso, me largo de tu lado para siempre, Salvador. Más que nada porque pensaba que tú eras nuestra familia.

—No he querido decir…

—¡Papá! —gritó Lucía.

Sin darme cuenta había invadido el carril contrario de la carretera e íbamos directos hacia un camión a casi ciento sesenta kilómetros por hora.

Di un volantazo, frené, el coche comenzó a derrapar y tardé varios segundos que parecieron horas en volver a gobernar el coche.

Cuando por fin se paró, un espeso humo salía de debajo del coche fruto de la fricción de los neumáticos sobre el asfalto.

Nos quedamos a un lado de la carretera, sudando.

—¿Estás bien, amor? —preguntó Carmen a Lucía, que lloraba con desconsuelo.

—Tengo miedo, mami.

Carmen salió del coche, abrió la puerta de Lucía, la sacó de su silla y la abrazó con fuerza susurrando mil perdones, mientras las lágrimas le caían por las mejillas y manchaban la camiseta de Mickey de nuestra hija.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que seguía aferrando con fuerza el volante e intentaba contener las lágrimas, mientras me lamentaba de la puta vida y de lo cabrona que es, en un momento te da todo lo que te hace feliz y luego es capaz de arrebatártelo en un suspiro.

—Vámonos de aquí de una vez.

Carmen dio un portazo y se sentó junto a Lucía.

—Carmen, yo…

—Arranca, Salva.

Lucía se durmió al poco rato y Carmen y yo hicimos las dos horas que nos quedaban en un sepulcral silencio que ni siquiera se rompió cuando las dejé en casa antes de irme a trabajar.

—¡Como vuelvas a llegar tarde un solo día más te corto los dedos de las manos, así cuando quieras hacerte una paja parecerá que estás intentando hacer fuego sobre la hierba seca!

Vogel me reprendía como un profesor a un alumno al que acaban de pillar fumando en los baños. Estaba en su despacho junto al hijo de puta de Yuri, que me miraba con unos ojos azules saltones que daban entre miedo y grima. En el ambiente flotaba un olor a amoniaco que no se despegó de mí en días.

—No te voy a dejar pasar un solo desplante más, Barrena —dijo Vogel mientras se volvía a sentar y sacaba uno de sus puros.

Vestía con su tradicional traje azul marino y camisa rosa con un pañuelo del mismo color.

—No lo habrá, señor —dije.

—No tengo dudas. En fin. —Chasqueó los dedos y Yuri le dejó delante una carpeta—. Ábrela.

Estiré los brazos para alcanzar la carpeta. No pesaba mucho y no parecía que hubiera mucho contenido en ella. Cuando la abrí se me heló la sangre.

—Sé que lo conoces y por eso quiero que seas tú quien se encargue de él. Anda metiendo las narices donde no le llaman y comienza a ser un auténtico problema.

—No es necesario hacer nada, señor Vogel. Yo le disuadiré —supliqué al ver la cara de Marcos impresa en el papel.

—Por supuesto que lo harás, es precisamente lo que te estoy ordenando.

—Quiero decir que hablaré con él, nos conocemos desde niños y sé que me hará caso.

Vogel me miraba en silencio mientras daba varias caladas al puro; no paró hasta crear una nube de espeso humo blanco en mi cara.

—Barrena, vas a encargarte de Marcos y lo harás con nuestras normas. Esto no es un debate, no te estoy preguntando la metodología y no hay más que decir. Quiero a Marcos muerto antes de cuarenta y ocho horas.

De pronto toda la habitación comenzó a dar vueltas a mi alrededor.

La cara de Marcos se deformó y el sabor agrio de la bilis me subía a la garganta.

¿Sabéis lo que se pasó por mi mente en ese momento, tíos?

Que no había comido nada desde el puto desayuno.

Ese maldito alemán de mierda me estaba ordenando que me cargara a mi mejor amigo y lo único con lo que mis putas neuronas pudieron conectar era la jodida tostada con mermelada que me había comido hacía nueve horas.

—Perdone, señor… ¿Ha dicho matar? Yo no… Yo nunca…

—No te las des de santo ahora, Barrena. Sé a la perfección de lo que eres capaz.

Yo no podía sostenerle la mirada, era como mirar a los ojos al puto diablo, que te arrastra con él para que te devoren las llamas. Me aferré a la silla con la misma fuerza con la que horas antes lo había hecho al volante. Vida o muerte sostenida entre mis dedos.

—Barrena, me estás dando lástima. Mira… —Klaus Vogel se levantó, rodeó la mesa y agarró una silla para sentarse a mi lado—.

Mírame. Este trabajo no es para todo el mundo, y está claro que tampoco el tuyo.

Soy consciente de las circunstancias que te trajeron a esta situación, créeme.

Te propongo un trato: te encargas de Marcos y considero nuestra deuda particular saldada.

Ya sabes, el asunto de tu hermana y tal.

Si cumples con lo que te pido, podrás decidir qué hacer con tu vida de ahora en adelante.

Si decides que has tenido suficiente, abriré las puertas para que te vayas, en paz.

A cambio, claro está, de que mantengas la boca cerrada, aunque sé perfectamente que eso lo harás. Un último trabajo. Eso es todo.

—¿Por qué quiere que me encargue yo? Tiene a otras personas más competentes.

Vogel rio. Su risa todavía me taladra el pecho, aquí, aquí dentro la tengo. Ahora la estoy oyendo.

—Barrena, quiero que lo hagas tú —dijo— porque tu cara será lo último que vea.

Y eso, créeme, no es un detalle menor. Quiero que, en ese segundo final, cuando te mire con los ojos muy abiertos y el cuerpo le tiemble, entienda que ha perdido.

Que no hay refugio, que no hay familia, pero, sobre todo, que no hay amigos que lo salven.

Que lo que viene es inevitable, y viene de ti.

—¿Y si me niego? —pregunté aun sabiendo la respuesta.

—Te considero mucho más listo de lo que estás demostrando ser. —Se levantó de la silla y regresó a su mesa—. Cuarenta y ocho horas y serás libre, tienes mi palabra. Ahora, largo. No vuelvas por aquí hasta que hayas cumplido tu cometido.