Nadie saldrá de aquí 7. Luces que vuelan
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7. Luces que vuelan

Luces que vuelan

Un día de sol de justicia, de esos en los que el calor vuelve loca a la gente, una horda enfurecida gritaba a los pies de la parroquia de los Desamparados.

Como cada día, yo había parado en el quiosco del barrio y portaba conmigo dos periódicos y un suplemento que a Carmen le encantaba leer los fines de semana después de comer.

De pronto vi a Tunde en mitad del tumulto, intentando calmar a la gente sin éxito.

Al acercarme pude observar que allí se congregaban viejos y nuevos vecinos del barrio, y otras tantas caras desconocidas de fieles que iban a la parroquia, provenientes de los barrios periféricos.

—¡Señor Barrena! —gritó Tunde.

—¿Qué cojones está pasando aquí, negro?

—Quieren pegar a Joako.

Tunde separó a un anciano que intentaba alcanzar a Joako con su bastón. La imagen resultaba más cómica que violenta.

—¿Y por qué quieren pegar al rumano?

—Dicen que robó a una señora, que metió la mano en su bolso y le robó la cartera.

Los gritos se hicieron más intensos y supe que la policía no tardaría en llegar. Lo último que yo quería era tener a la pasma merodeando a mi alrededor.

—¿Y lo hizo?

—¡Claro que no!

Con la ayuda de mis hombros, pude hacerme hueco entre la gente y ponerme a la altura de Tunde.

Desde aquel lugar percibí que lo que en un principio pensaba que era una masa enfurecida, no era más que un grupo de diez octogenarios y alguno de sus nietos que, más que para intimidar a dos mendigos, estaban ahí para su divertimento personal.

—¡Señores! ¡Calma! —Extendí los brazos—. A ver, ¿se puede saber por qué están ustedes tan enfadados?

Lo dije serio, erguido y tratando de mostrar la pose más imponente, pero la realidad es que por dentro me estaba partiendo el culo.

—Ese sinvergüenza me ha robado la cartera —gritó una señora de metro cuarenta con la chepa más descomunal que había visto en la vida.

Todos en el barrio conocíamos a doña Concha, típica señora cascarrabias que se pasaba la vida de un lado a otro con su tacataca dando por culo al personal.

—Doña Concha —dije—, vamos a ver, ¿cómo le va a robar este desgraciado nada si es más ciego que la tapa de un piano?

—Yo lo he visto —aseveró otro anciano.

—Y yo —se unió otro llamado Mauricio.

—¿Usted qué va a ver, hombre? Solo está aquí por tocar los cojones —respondió el otro viejo de cuyo nombre no me acuerdo.

—¡Señores! ¡Tranquilos! —Esta vez no pude contener la risa—. Vamos a calmarnos un momento.

Me di la vuelta y por primera vez vi a Joako. Estaba hecho un ovillo, con lágrimas en los ojos y las manos en los oídos.

—Joako, tranquilo, tío —dije, poniéndome a su altura.

—¡Que me devuelva el dinero!

Me levanté como un resorte y apunté a Concha con el periódico.

—Como no se calle de una puta vez haré que su testamento se haga efectivo hoy mismo, ¿comprende?

—¡Desvergonzado!

Las mujeres y las esposas de la guerra son imposibles de amedrentar.

—Joako, tío. —Le di dos palmadas en la cara para que me mirara con aquellos ojos vacíos—. Necesito que me digas si robaste la cartera.

—No la robé —susurró—. Estaba sentado aquí mismo cuando noté que un objeto caía sobre mí. Enseguida supe que era una cartera y… me la guardé.

—Ya, entiendo.

—Por favor, Barrena, ayúdame.

«Joder», pensé.

—¿Has cogido algo de la cartera?

—No.

—No me mientas, rumano, o te reviento yo mismo.

—Está bien, está bien. He cogido un par de billetes.

—Maldita sea, desgraciado. —Lo dije bajito, cerca de su cara, para que pudiera oler mi aliento.

—Joder, Barre.

—Ni joder ni hostias. Dame la pasta, no hagas movimientos bruscos.

—¿Qué está pasando ahí? —preguntó doña Concha.

—Vale, ahora dame la cartera. Tú no vas a decir una sola palabra.

La cartera era de cuero rojo, elegante y cara, y la oculté entre las hojas de uno de los periódicos.

—¡Joako no tiene tu cartera, Concha! —grité.

—¡Eso es mentira! ¡Vi cómo me la quitaba!

Joder, tíos, os prometo que no me gusta amenazar a las viejas, y no me siento orgulloso de lo que hice.

Me acerqué como una exhalación a ella y no paré hasta que su nariz casi rozó la hebilla de mi cinturón.

—Vamos a hacer lo siguiente: usted se va a marchar de aquí sin montar escándalo, va a pedir perdón a Joako y va a continuar su vida como si nada hubiera pasado.

Si me hace caso, le devolveré la cartera mañana a esta misma hora.

Si no, si veo que la policía se lleva a mi amigo esposado y acusado de robo, me aseguraré de darle su merecido.

—¿Crees que te tengo miedo? Te conozco desde que te cagabas en los pantalones.

—Ya sé que usted no le teme a nadie, doña Concha, pero ¿qué me dice de Germán?

Doña Concha palideció y su tez adquirió un tono mortecino.

—No querrá que un día su Germancito sufra un pequeño accidente.

No me siento orgulloso de esa amenaza, pero era la única forma de que Concha pasara por alto el intento de hurto.

Germán era su hijo, discapacitado físico y psíquico, a quien el Estado había dejado de lado y Concha se encargaba de cuidarlo todos los días de su vida.

—No, por favor…

—Tranquila, no se ponga nerviosa —dije arrepintiéndome de mis palabras—, no le va a pasar nada si hace exactamente lo que le he dicho. ¿De acuerdo?

Concha asintió mientras me miraba con temor. Se acercó a Joako, le dijo unas palabras que no pude escuchar y se marchó sin pronunciar una palabra más. En las miradas que todos me dirigían había odio y respeto, pero nadie dijo nada.

En este barrio siempre se ha sabido cuándo callar.

Eres un cabronazo, Barrena.

No te lo puedo negar, pero tú no te quedas corto, Alfonso. O nos vas a negar que timas a las viejas que se suben en tu taxi, pedazo de capullo.

¿Yo? Yo jamás haría algo así.

No solo eso, desde que se privatizó el servicio y surgieron todas esas empresas, este cabronazo se unió a ellos a las primeras de cambio. Es conocido en el gremio como un esquirol que vendería a su propia madre.

Lo admito. Soy una prostituta financiera. Además, el sistema me permite rechazar carreras si veo que son de menos de veinte pavos.

¿Y tú, Lázaro?, ¿Tienes la conciencia tranquila?

Yo tengo pesadillas todos los días, Barrena, pero por cosas más terrenales que las tuyas: una querida aquí, otra allá.

¡No jodas! Si lo llego a saber me hago ingeniero. Eres el capullo más hijoputa que hay.

Fermín, para eso hay que estudiar, y tienes menos luces que la maquinita del demonio.

¿Me estás llamando gilipollas?

Eres funcionario.

¿Y?

Del puto Correos, joder. Sois los más vagos de todos.

Salud por eso.

¿Encima brindáis? ¿Tú también, Rafa?

Lo siento, Fermín, pero aquí Alfonso tiene razón.

Recuérdame que no pise este apestoso antro nunca más.

Ya sabes dónde está la puerta, Duros.

No te rías, viejo cabrón, que voy en serio.

Vale, pero tómate otra cerveza, tus amenazas me han destrozado.

Barrena, ¿nos podemos ir ya?

Ese mismo fin de semana Carmen y yo decidimos hacer una escapada rural en familia. Hacía mucho que no nos íbamos a ninguna parte y decidimos que no nos vendrían mal unos días de asueto. Encontramos una casa en la playa y pasamos tres días maravillosos en familia.

Por aquel entonces Lucía contaba con cuatro añitos y estaba en esa fase en la que los niños lo cuestionan todo y lo preguntan todo. Que por qué el cielo es azul, por qué las vacas tienen esos colores, cómo se producen las olas o por qué tenía que ducharse todos los días. En fin, cosas de críos.

—De mayor quiero ser escritora.

—Mejor estudia otra cosa que si no te vas a morir de hambre —contesté.

—No, quiero ser escritora… —se metió una galleta en la boca— y conductora de tren.

—No vas a ser nada de eso si no dejas de hablar con la boca llena, cochina —dije riendo.

Recuerdo ese fin de semana con tristeza. Fueron tres días maravillosos y las últimas vacaciones que pasamos juntos los tres.

Carmen y yo aprovechamos cada segundo en que Lucía dormía para hacer el amor, charlar y leer.

Hacía muchos meses que yo no podía tumbarme en la cama junto a ella para leer, los dos en silencio, ambos con nuestras novelas negras favoritas.

Recuerdo a la perfección qué leía ella: El largo adiós , de Raymond Chandler.

¿La habéis leído? Una maravilla. Lo que más me gustaba de mi mujer era cómo vivía las novelas, a veces se ponía a llorar desconsoladamente por la muerte de un personaje o porque le pasaba alguna putada de las gordas.

La casa que alquilamos era de piedra, con un largo y hermoso porche, desde el cual, a pesar de que no se veía el mar, sí se oía el murmullo de las olas al romper, antes de llegar a la orilla.

La última noche cenamos hamburguesas con patatas —la comida favorita de Lucía por aquel entonces— y nos quedamos hasta tarde contemplando las estrellas, tumbados sobre el recortado césped y escuchando los grillos, que comenzaban a hacer acto de presencia anunciando el inminente verano.

—¡Papá! ¡Mira, es Campanilla! —Lucía se levantó como un resorte y corrió hacia unos arbustos donde flotaban unas luces amarillas que se encendían y apagaban.

—¡Qué pasada! —exclamó Carmen —¡Es la primera vez que veo luciérnagas!

—¿Luniergas? —Lucía tenía los ojos como platos e intentaba sin éxito coger una de aquellas luces.

—Luciérnagas —dijo Carmen marcando cada sílaba.

Me quedé tumbado, mirando a los dos amores de mi vida, viendo cómo se agarraban de la mano y mi pequeña daba saltos de felicidad.

El sonido del mar fue sustituido por el de la risa de mis chicas, y en ese instante supe qué era realmente la felicidad.

Me levanté, cogí en brazos a Lucía y con el brazo izquierdo estreché a Carmen y así nos quedamos un rato, viendo aquellas misteriosas y hermosas luces flotantes.

Al día siguiente todo se apagó.