6. Duelo
Duelo
Como si de uno de los mejores trucos de prestidigitación se tratara, el cuerpo de Jorge y todo rastro de sangre y pruebas habían desaparecido del domicilio de Marta antes de despuntar el alba.
Rozaban las seis de la mañana cuando abrí la puerta de casa y la encontré en silencio, tranquila y ajena a todo lo que yo había vivido hacía unas horas.
Lo primero que hice fue abrir la puerta de la habitación de mi hija y me quedé observándola unos instantes, escuchando su respiración tranquila y acompasada, que me insuflaba calma y sosiego.
Entré al baño, me desnudé y me di una ducha larga y caliente.
El trabajo había sido limpio y los únicos rastros que quedaban era algún resto de saliva y un ligero olor ácido de vómito impregnado en la ropa…
, nada fuera de lo común en mi día a día desde que hiciera la llamada para ingresar en el Minerva, hacía ya varios años.
Me miré en el espejo y este me devolvió la imagen de un hombre ojeroso, con una barba de dos días que comenzaba a adquirir el tono grisáceo del inevitable paso del tiempo.
Pero lo que vi reflejado sobre todas las cosas, lo que pude percibir dentro de mí, fue la ausencia total de malestar, la carencia absoluta de remordimiento.
Mi mente no paraba de viajar al preciso momento en el que mis largos y fuertes dedos apretaban el cuello de Eduardo, cada segundo con más fuerza y cada minuto con más intensidad.
La sensación de poder y cómo la dopamina me invadía el cerebro con cada sonido gutural que su boca emitía —ansiosa por captar un mínimo de oxígeno—, me hacían disfrutar cada segundo de aquel momento.
Recuerdo que deseaba que Eduardo siguiera sin soltar prenda para poder retomar la violencia, al menos con una justificación.
—El gen Barrena —susurré al espejo.
Me afeité con cuidado de no cortarme, me eché una crema que Carmen me había comprado para la piel y salí del baño con la toalla atada a la cintura.
Cuando entré en la habitación, mi mujer estaba despierta, leyendo a Hammett con unas diminutas gafas que le habían recetado para paliar los efectos de la vista cansada.
Su pelo color fuego lucía sensualmente desordenado y llevaba un camisón blanco con transparencias.
—¿Qué haces despierta tan temprano? —pregunté, temeroso de ser sometido a un interrogatorio.
—¿Eso es lo primero que me tienes que decir? Ven, anda, dame un beso.
Sonreí y me acerqué a ella, la agarré con delicadeza de la nuca y le planté un húmedo e intenso beso.
—Qué bien huele el señor, así da gusto empezar la mañana. —Carmen llevó la mano a mi cintura y deshizo el nudo de la toalla—. Bueno, bueno, ¿con solo un beso ya está usted preparado?
—Ni con un beso —susurré mientras mordía su labio inferior—. Es verte con esos pelos de recién levantada y ponerme a mil.
—Bueno —gimió al sentir mis dedos bajo sus bragas—, pues habrá que poner remedio a eso.
Estampé mis labios en los suyos, metí la lengua en su boca mientras me deshacía de su camisón para exponer sus pequeños pero turgentes pechos e hicimos el amor como hacía mucho que no sucedía.
La rutina, nuestros horarios y el estrés del día a día habían mermado nuestra vida sexual, que, en honor a la verdad, casi siempre fue excelente.
Terminamos exhaustos, ahogando los gemidos para no despertar a Lucía ni a mi hermana. Nos quedamos unos minutos en silencio mirando al techo y recuperando el resuello hasta que me levanté para coger un poco de papel para limpiarnos.
—Muy maja tu hermana —dijo mientras examinaba el papel y lo dejaba sobre su mesilla de noche—. Se está portando muy bien con Lucía, le compró un peluche que la niña no ha soltado en toda la noche.
—Me alegro —dije escuetamente.
Me limpié, cogí su trozo de papel y lo tiré a una pequeña papelera que había debajo del tocador.
—Esperaba que tú me contaras la verdad.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
—¿A qué te refieres?
Me tumbé de nuevo a su lado intentando mantener la calma.
—Cariño, una cosa es que pueda entender que los hermanos Barrena mantienen secretos entre ellos, eso lo veo lógico y normal, por supuesto que no voy a meterme en ellos.
—Carmen se incorporó y apoyó su desnuda espalda en el cabecero mientras me miraba con sus intensos ojos verdes—.
Pero una cosa por la que no paso es que penséis que soy tonta.
¿De verdad os creíais los dos que me iba a tragar el cuento de que los golpes que tiene tu hermana son debidos un puñetero airbag?
—Verás, cariño…
—Salva, no estoy enfadada. De verdad que no, y lo último que quiero es tener una discusión poscoital. Pero si esa mujer va a estar en mi casa con mi hija necesito saberlo todo. Y cuando digo todo es todo, como ha sido siempre entre nosotros.
Miré a Carmen con ojos tristes, suspiré y comencé a contarle toda la historia, sin medias verdades ni eufemismos. Cuando terminé, el silencio más tenebroso nos aplastaba, como si el aire mismo se hubiera rendido a la gravedad.
Carmen tenía los ojos llorosos y se había sentado al borde de la cama, necesitada de un punto de apoyo por si hacía falta salir corriendo.
—¿Me has hecho el amor justo después de llevar a cabo lo que me acabas de contar?
«Sí», pensé.
—No, mi amor… —mentí.
—Salva, joder… ¡Mierda! —Carmen se levantó como un resorte y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación—. ¿Has dejado que esa asesina se quedara con nosotras a solas? —gritó mientras señalaba la puerta.
—Carmen, no grites, por favor, tranquilízate.
—¿Que me tranquilice? ¿Acaso te estás escuchando, joder? Salva…
La música de Duncan Dhu sonando a través del altavoz del móvil de Carmen extinguió en segundos el fuego que comenzaba a amenazar con convertirse en un devastador incendio.
Carmen miró extrañada su mesilla de noche, al fin y al cabo no era muy habitual recibir una llamada a las siete de la mañana. Se acercó dubitativamente al aparato y descolgó.
—¿Natalia?
Antes de que Carmen colgara ya sabía lo que me iba a decir entre sollozos y con lágrimas en los ojos.
—Luis Ortega ha muerto en un accidente de coche.
—Mierda…
No le había contado a Carmen todos los detalles de la conversación con Vogel, por lo que ella se creyó lo del infortunio. Yo, sin embargo, comprendí lo que en realidad significaba la frase «Nadie encula al señor Vogel».
Al funeral acudieron más de quinientas personas y decenas de cámaras inmortalizaban la despedida que «el pueblo» le estaba brindando a, tal como decían en las tertulias de sobremesa, «una de las más ilustres y ejemplares figuras de la política actual».
Tócate los cojones.
Aquel día nos fue imposible hablar con Marcos o con Natalia, y apenas tuvimos tiempo a darle un par de besos, aunque quedamos con ella a la semana siguiente para charlar con más calma.
Cuando Carmen y yo entramos en la casa donde nos habíamos conocido hacía ya casi cuatro años, percibimos que todo había cambiado.
Los muebles rancios que entonces abundaban por doquier eran todos en ese momento de estilo minimalista y allá donde antes había una pared que separaba el comedor de la sala de estar, había una única estancia plagada de esculturas tan modernas como horteras.
Marta se había marchado dos días después de la bronca con Carmen y habíamos dejado a Lucía con una niñera a la que recurríamos de vez en cuando para poder hacer algún plan sin dramas infantiles.
Con la marcha de mi hermana y el shock de la muerte del padre de su mejor amiga, parecía que Carmen había pasado página, y decidimos que lo mejor era no pensar más en el hecho de que yo me hubiera convertido en una especie de matón a sueldo.
—Reformamos por completo la casa el año pasado —dijo Marcos antes de que preguntáramos nada—. Luis accedió a las peticiones de mi suegra y mi mujer, que decían que la casa parecía el palacete de un marqués del Medievo.
—Ha quedado muy bonita —mintió Carmen.
Aquello era para verlo, tíos. Os juro que nunca he estado en una casa de tan mal gusto como esa.
Sobre la mesa de cristal del comedor había una especie de figura indígena con todo el pollón al aire, que Natalia me vendió diciéndome que ayudaba a la fertilidad y otras movidas de esas.
Recuerdo que pensé que se les había ido la chaveta por completo.
Eran las seis de la tarde y Natalia —más bien su servicio— había preparado una tarta de zanahoria que acompañamos con un delicioso café de importación.
Durante la primera hora hablamos de banalidades propias de amigos, en un intento de evitar hablar de lo evidente hasta que, por fin, Natalia rompió el hielo.
—Todavía no me explico qué hacía mi padre por la N-200, y menos a esas horas de la madrugada. Nos había dicho que había quedado con sus amigos para echar la tradicional partida de mus, como había hecho en los últimos treinta años.
Noté cómo Carmen me miraba de soslayo. Ella sabía que esa carretera llevaba al Minerva, pero decidió que lo más prudente era no mencionarlo.
—Tal vez se perdió volviendo a casa, dicen que había bebido… —dijo Carmen.
—Mi padre dejó de beber hace dos años, así que eso no fue eso lo que pasó —replicó Natalia, enfadada.
—Lo siento, pensaba que era lo que había pasado, según el atestado —se disculpó Carmen, sorprendida por la reacción de su amiga.
—El informe miente —sentenció.
Marcos, como buen mediador que ha sido siempre, agarró la mano de su esposa y nos miró como quien trata de exculpar el mal comportamiento de sus hijos.
—Lo que quiere decir Natalia es que sospechamos de las causas del accidente. Simplemente hay demasiadas cosas que no cuadran en lo que nos dicen que pasó.
—¿Insinúas que la policía miente?
—Eso es con exactitud lo que decimos, Carmen.
Natalia dio un largo trago de agua. Los hielos repiquetearon contra el cristal al ritmo del temblor de sus manos.
—Luis no era una persona que soliera coger el coche a altas horas de la madrugada —continuó Marcos—; de hecho, lo más tarde que llegaba a casa era a las once de la noche, después de la partida con sus amigos.
Mi suegra nos dijo que Luis salió a las diez de la noche porque Pepe, su mejor amigo, le había llamado para participar en una partida improvisada que había surgido en su casa.
Pensándolo ahora, aquello era bastante sospechoso, pero mi suegra sostiene que no vio indicios de que mintiera ni que se comportara de forma extraña.
Me revolví en el asiento, nervioso. Si Marcos comenzaba a meter las narices en aquel asunto, esa mierda me iba a salpicar de alguna manera.
—Es normal hacerse preguntas, chicos —dije intentando sonar lo más empático posible—, pero no os hace ningún bien andar buscando explicaciones a algo así. La muerte es un asunto jodido y todos necesitamos un duelo, pero este debe ser en paz.
Natalia, Marcos y Carmen conocían mi traumática experiencia con la muerte de mis padres, y ninguno de ellos intentó rebatir nada de lo que dije. Sin más pruebas que su propia intuición y sin apoyos reales, Marcos y Natalia sabían que estaban solos en su personal empeño en buscar un culpable.
—Creo que debemos irnos, van a dar las ocho y ya sabes cómo se pone tu hija si no tiene la cena preparada.
Carmen abrió mucho los ojos para evitar que yo dijera que la niñera ya se habría encargado de todo y que en aquel momento nuestra pequeña probablemente estuviera durmiendo ya.
Cuando me despedí de Marcos vi en él una mirada que no me gustó nada; la conocía de sobra porque yo mismo la había visto reflejada en el espejo cientos de veces.
La mirada del puto inconsciente que sabe que lo que le ronda la cabeza es una auténtica tontería, pero que, aun así, va a seguir ahondando en ella cueste lo que cueste.
Antes de subirme al coche, lo miré fijamente e intenté decirle, sin palabras, que lo dejara estar, que meter las narices en aquel embrollo no merecía la pena y que lo único que iba a encontrar eran problemas, de los de verdad, de los que te joden la vida para siempre.
Pero en el momento en que giré las llaves del contacto y mi coche emitió el rugido tan característico, yo sabía de sobra que aquel hombre, loco de amor por su mujer, iba a hacer todo lo posible por joderse la vida.
Lo peor de todo es que eso me involucraba de forma directa, y yo no podía dejar que aquella mierda me salpicara lo más mínimo.
Porque aquel hombre y yo teníamos algo en común: una mujer y una hija a las que proteger.
Y yo no iba a permitir que ni siquiera mi mejor amigo dispusiera de la más mínima oportunidad de arrastrarnos a su miseria.