5. Farol #3
—No puedo negar —continuó Eduardo— que esta situación me produce una gran desazón.
Mirad, he tenido que venir a este cuchitril infecto solo para tirarme a esa furcia, porque en todos los hoteles de respeto de esta miserable ciudad me reconocerían y hay mucha lengua suelta.
Puedo pasar por la vergüenza de venir a barrios plagados de gitanos y maricones, mi defecto siempre ha sido que mi polla acaba tomando demasiadas decisiones por mí.
—Eduardo comenzó a ojear los papeles uno a uno—.
Pero eso es una cosa, y otra que tenga que aguantar que dos mamarrachos y perritos falderos de un bujarrón alemán me interrumpan un polvo y además pretendan que firme unos documentos que, como ya le dije a vuestro jefe por activa y por pasiva, se puede meter por el culo.
—Señor De la Vega, si no firma esos documentos…
—¿Qué? ¿Me vas a pegar? Atrévete. ¿Esa marimacho me va a pegar un tiro?
No creo que el señor Vogel me quiera muerto.
Al fin y al cabo, si me pasara algo sospechoso he dejado órdenes para desenmascarar a ese hijo de puta.
Además, ¿de verdad crees que iba a ser tan soberanamente gilipollas de firmar estos documentos que le dan derecho a explotar mil metros cuadrados de terreno durante los próximos cincuenta años?
Siempre he sido muy aficionado a jugar al póquer.
Un juego no muy popular por estos lares, y ya no os digo hace veinte o treinta años, pero conseguí convencer a Oliver y dos compañeros más del Minerva para echar alguna que otra partida de vez en cuando.
La clave de todo no es tener una buena mano, sino ser el mejor marcándose faroles.
Lo primero es debido a la suerte; lo segundo viene de nacimiento o, en su defecto, después de mucho entreno.
Es más complicado de lo que parece y requiere el control de los tics subconscientes que emite el cuerpo cuando sabe que la boca está mintiendo.
A veces puede tratarse de un movimiento exagerado de alguna extremidad, como cruzarse de brazos o inclinar el cuerpo sin venir a cuento; otras veces, se detecta por el uso de muletillas, pausas o aclaraciones innecesarias, o porque se evita mirar a los ojos al de enfrente; coño, incluso mirar exageradamente a los ojos a alguien puede ser muestra de un exceso nerviosísimo.
Y luego está mi favorito, el más involuntario de todos y el que me demostró que Eduardo acababa de marcarse un farol sin tener buenas cartas: apretar los dientes y tragar con tanta dificultad que incluso se puede percibir el sonido de la saliva al bajar por la garganta.
Sin pensarlo dos veces moví repentinamente mis casi cien kilos hacia delante y en cuestión de milésimas de segundos agarré a Eduardo del cuello con la mano derecha y lo estampé contra la pared.
Iris emitió un grito ahogado al ver que los ojos del hombre salían de sus órbitas, fruto de la sorpresa y la falta de aire.
Eduardo pataleaba con una fuerza sorprendente.
En uno de esos espasmos me golpeó en la espinilla, lo que provocó que liberara la presión levemente.
Sin darle tiempo a reaccionar, con el puño izquierdo le di un seco y fuerte golpe en la boca del estómago y su cara adquirió un tono violáceo al no poder toser porque mi mano derecha volvía a impedir la entrada y salida de aire a sus pulmones.
Eduardo sujetaba con ambas manos mi muñeca, y mis dedos iban ejerciendo cada vez más presión sobre su garganta.
Yo le miraba a los ojos, impertérrito, el mensaje estaba claro sin que hubiera necesidad de seguir hablando.
Sus manos iban perdiendo fuerza y mis dedos ganándola con el paso de los segundos.
Sus ojos comenzaban a lagrimear y en ese momento calculé que su corazón estaba a punto de rendirse y su cerebro a punto de apagarse para siempre.
Hice aún más presión y conseguí levantar su cuerpo unos milímetros del suelo. El sonido de la orina golpeando el suelo me mostró que aquel despojo estaba a punto de mear por última vez en su vida.
Apreté más.
Y luego un poco más, hasta que mis dedos se agarrotaron.
Y le solté de golpe.
Cayó al suelo a plomo sobre sus orines y su cuerpo comenzó a emitir violentos espasmos. El albornoz se le abrió desvelando un miembro y unos testículos tan retraídos que parecían de un eunuco.
—Tú —dije señalando a Iris sin dejar de mirar a Eduardo—, ven aquí y levántale las piernas. ¡Ahora, joder!
Iris se puso en pie mostrando un cuerpo blanco como la leche, marcado por fuertes golpes, algunos recientes.
Todos permanecimos en silencio. Alicia había bajado la pistola y me miraba sorprendida. Al cabo de dos minutos, Eduardo recobró la consciencia, levantó la cabeza con espanto y vomitó hasta la primera papilla.
—Se acabaron los formalismos, puto degenerado —dije mostrando la mejor de mis sonrisas—.
Mira cómo estás. —Me agaché hasta que mi cara quedó a tan solo unos centímetros de la suya—.
Si no firmas en los próximos dos minutos esos papeles, volveré a hacerte lo que acabas de experimentar.
Una y otra y otra vez. Cada vez aguantarás menos, cada vez será más agónico, porque, a diferencia de hace un momento, no solo sentirás el ahogamiento físico, sino también el dolor del recuerdo.
Ahora Iris te va a traer un vaso de agua, te voy a dar dos minutos para que recuperes el aliento y firmes uno a uno esos papeles.
Recuérdalo, por delante y por detrás. —Miré a la muchacha a los ojos—.
Ah, por cierto, vas a pagar a Iris una buena cantidad de dinero, te vas a olvidar de ella para siempre y como me entere de que vuelves a ponerle una mano encima, te corto los huevos. ¿Entendido?