Nadie saldrá de aquí 5. Farol #2
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5. Farol #2

Nos cubrimos la cabeza con los abrigos para resguardarnos de los proyectiles helados y yo traté de proteger con mi vida la carpeta. Solo faltaba que se me mojaran los papeles y quedaran inservibles.

Cuando llegamos a la puerta principal, observamos un cartel que decía que esta permanecía cerrada desde las diez de la noche hasta seis de la mañana, y que para cualquier tema urgente había que llamar a un número de teléfono.

Alicia me miró esbozando una grimosa sonrisa, sacó una pequeña linterna de bolsillo y comenzó a manipular la cerradura.

—¡Ábrete, sésamo! —gritó mientras daba una violenta patada a la puerta, que se abrió de golpe. Tuve que apresurarme a poner la mano para que, al rebotar contra la pared, no me quedara sin dientes.

—¿No puedes hacer más ruido? —susurré.

—Es mi seña de identidad, Pipiolo. ¡Venga, vamos!

El hostal Las Torres era cutre de cojones.

Habían reformado el edificio hacía un par de años y en ese momento era un complejo de pisos turísticos, pero por aquel entonces eso había que verlo.

No fueron pocas las veces que tuve que ir allí tras mi visita a Eduardo de la Vega, y aquello era un nido de putas y politoxicómanos… o ambas cosas a la vez.

—Llama de una puta vez, que no tenemos todo el día —me ordenó Alicia mientras sacaba a pasear la Glock.

—A la mierda.

Di dos toques a la puerta y no tardaron ni dos segundos en responder desde el otro lado de la puerta.

—¿Quién es?

—Servicio de habitaciones, señor —dije, tratando de sonar lo más convincente posible.

—No hemos pedido nada, lárgate de aquí —dijo una voz masculina tras la puerta.

—Joder, Pipiolo, mira que eres cursi.

Alicia dio una patada a la endeble puerta y esta se astilló en decenas de trozos antes de impactar contra la pared. Comencé a preguntarme si aquella mujer tenía algún trauma infantil con esa parte del mobiliario.

Con poco éxito, Eduardo y su amante intentaron cubrir sus vergüenzas antes de comenzar a gritar.

—Como emitas un solo sonido más te meto una bala en la boca —dijo Alicia apuntando a la cabeza de la mujer.

—¿Cómo te llamas? —pregunté a la amante.

—Iris.

—Sé que es un nombre falso, pero me la pela. Iris, esto no va contigo, lo que tienes que hacer es estarte calladita y dejar que Eduardo y yo zanjemos un asunto. ¿Entendido?

Iris asintió sin decir palabra.

—Antes de proceder a lo que nos ha traído aquí, te voy a pedir que, al menos, te pongas unos putos calzoncillos. Te estoy viendo los huevos y me entran arcadas, joder.

Tras la sorpresa inicial, percibí que Eduardo no iba a ser un hueso fácil de roer.

La mueca de desconcierto y vergüenza había cambiado inmediatamente a otra de soberbia y grandeza que me recordó a muchas miradas que me habían dirigido en la cárcel.

La de quien sabe que tiene el toro cogido por las pelotas.

Eduardo se levantó con parsimonia, desnudo y exponiendo su magnífico y exagerado miembro, que aún mostraba signos de erección —¿o se estaba empalmando en ese momento?—, y cogió del suelo un albornoz de baño blanco con ribetes azules en las mangas.

Eduardo tenía el pelo rizado, recién cortado, aunque lucía desordenado.

Su tez lucía un moreno espectacular, y el tono muscular de su cuerpo sin marcas de bañador, a pesar de mostrar una ligera barriga cervecera, era envidiable para un hombre que rozaba los sesenta y cinco años.

Un fino vello blanco le envolvía los pezones y su descomunal miembro estaba impoluto, sin un solo milímetro de pelo.

—Voy a comenzar a pensar que habéis venido a montaros una orgía. ¿Os gusta lo que veis? —Eduardo lo dijo sin cerrarse la bata, mostrando sus dientes blancos. Incluso oí que Alicia carraspeaba para deshacer el nudo que le oprimía la garganta.

—Señor De la Vega —contesté intentando no mirar su pene—, hemos venido aquí para que nos firme este documento.

Todas las páginas, por ambas caras. —Saqué un bolígrafo que el señor Vogel me había regalado y lo lancé junto con los papeles sobre la desordenada cama—.

Le ruego que no monte un espectáculo y acabemos esto pronto.

Eduardo permaneció impasible, respirando con tranquilidad.

—¿Y si digo que no me empezarás a pegar? ¿Tú no eras el de seguridad? ¿Qué haces aquí? —dijo cerrando el albornoz y asegurándolo con un grueso cinturón de tela de color azul.

—Eso no es de su incumbencia. Firme y nos iremos.

Eduardo se acercó a la cama, cogió la carpeta y la abrió con asombrosa tranquilidad.

Un hombre puede disimular el nerviosismo, mostrar frialdad en la mirada y presumir de porte altivo, pero hay algo que solo los más fríos hijos de puta pueden hacer: no temblar.

Y a aquel cabronazo no le temblaban en absoluto las manos mientras abría la carpeta y examinaba su interior.

—Supongo que son las famosas fotos y los perturbadores vídeos que el señor Vogel me comentó que tenía hace un par de semanas.

Alicia y yo permanecimos en un silencio sepulcral, mirando a Eduardo con una especie de respeto y admiración. El único sonido que se oía en aquella estancia eran los pequeños gemidos que emitía Iris de vez en cuando.