5. Farol
Farol
Los rayos iluminaban el oscuro cielo de una noche que cambiaría mi vida para siempre.
Después del brindis, Klaus comenzó a explicarme exactamente todo lo que su puta organización de matones hacía: coacción, extorsión y arruinar al personal.
Tenían a todos los clientes —famosos, políticos o putos obreros— chantajeados y amenazados.
Resulta que, de vez en cuando, el pervertido de Héctor entraba en las habitaciones de las chicas antes de que estas subieran a su cliente e instalaba una pequeña cámara capaz de grabar el lugar en su totalidad.
Cuando el servicio terminaba, corría a donde el jefe, y este descargaba el material en su ordenador y en dos discos duros diferentes, escondidos en sendos lugares que nunca me llegó a decir.
Dependiendo del tipo de clientes, que de inmediato pasaba a ser víctimas y «acreedores» —como a Klaus le gustaba llamarles—, la extorsión les llegaba con más o menos dilación.
Para que lo entendáis: a un mindundi como nosotros, que no tenemos un puto duro y somos gente trabajadora, a Klaus le bastaba con que fuéramos un par de veces a follarnos a una de sus chicas para que nos pidiera una generosa suma de dinero bajo amenaza de mandar esas grabaciones a nuestras familias, jefes o cualquier persona que nos importara en mayor o menor medida.
Los tipos como nosotros nos acojonamos a la mínima y ellos no necesitan mucha palabrería para que accedamos a pagar lo que sea.
Klaus no era gilipollas, tampoco los humillaba mucho y prometía que, a cambio de una suma de dinero que, aun siendo cuantiosa, tampoco iba a suponerles la ruina de por vida, él se encargaría personalmente de borrar la grabación.
Claro que las pobres y desgraciadas víctimas desconocían por completo que ese hijo de puta tenía las copias de seguridad.
Para los famosos y la gente de la farándula, el chantaje seguía casi el mismo modus operandi , con la diferencia de que las sumas de dinero eran bastante más elevadas y, por ende, había algún inconsciente que se negaba a ceder a la extorsión.
Y ahí es donde entraban los hermanos Montenegro.
A veces el aviso llegaba en forma de un pequeño atraco en mitad de la noche, algo menor y poco importante, pero suficiente para asustar a cualquiera.
Si eso no funcionaba, se procedía a una visita a la casa de su familia, de modo que el acreedor podía encontrarse a Alicia sentada y tomando el té con su mujer o su hija.
Joder, siempre me ha fascinado que a un tío le puedas romper las piernas y desfigurarle la cara y, aun así, siga resistiéndose; pero si ese mismo cabronazo ve a su verdugo cenando con su mujer, le falta tiempo para vender hasta a su madre al mismísimo diablo con tal de salvaguardar su culo.
Y luego estaba el tercer y último tipo de acreedores, aquellos que ocupaban un puesto importante en la sociedad, grandes empresarios y políticos. Klaus actuaba de forma mucho más fría con ellos y solo procedía a la extorsión cuando había recopilado el mayor número de trapos sucios posible.
Klaus Vogel abría de par en par las puertas a este tipo de clientes, y con eso me refiero a que siempre tenían un trato preferencial.
Les ofrecía las mejores chicas, el mejor alcohol y la libertad de hacer lo que quisieran con las mujeres, con la única condición de no dejarlas marcadas.
No porque a él le molestara, sino porque otras «personalidades», decía, «tienen el mismo derecho a disfrutar de la mercancía en las mejores condiciones posibles».
Si el señor Vogel hubiera elegido dedicarse a la cocina, habría sido el mejor chef del mundo.
No he conocido a ninguna persona que cocinara tan a fuego lento y con tanto mimo una extorsión.
Vogel se hacía amigo de políticos y empresarios, poco a poco.
No solo ofreciéndoles lo que os he dicho, sino que, en múltiples ocasiones, empresarios con ínfulas de grandeza se apoyaban en él y sus contactos para elaborar una trama de negocios con los que aumentar la fortuna.
Y Vogel se prestaba a todo encantado: «¿Que necesitas que te ponga en contacto con fulanito?
No te preocupes, que mañana lo tienes en tu despacho».
«¿Que tienes un pequeño problema con Hacienda?
No te preocupes que el señor Vogel habla con un funcionario que le debe un favor y tal… ».
Vais comprendiendo la movida, ¿no?
Lo más retorcido del asunto es que Klaus no solo los tenía cogidos por los huevos con grabaciones en las que abofeteaban a las chicas, se dejaban mear por ellas, las sodomizaban hasta que perdían el sentido o participaban en juegos sexuales enfermizos y retorcidos.
No. Klaus había instalado hasta tres cámaras y dos grabadoras de audio repartidas en todo su despacho para registrar también los favores personales que unos y otros le pedían, y que por sí solos ya bastaban para condenarlos a varios años de prisión.
Mientras Vogel me contaba todo esto supe que incluso yo estaba jodido. Era la primera vez que hablaba cara a cara con él y ya había registrado que Marta había dado matarile a su marido.
—O sea que ahora me he convertido en otro acreedor suyo —dije, resignado.
—No, para nada. Ahora eres uno de mis cobradores y si no te descarrías, no te pasará nada en absoluto.
«Ya que estamos en el baile, bailemos», pensé acudiendo al refranero que tanto le gustaba citar a mi madre.
—¿Qué debo hacer?
—¿Te suena el nombre de Eduardo de la Vega?
Vogel depositó una fotografía delante de mí.
—Sí, me suena haberle visto alguna que otra vez.
—Eduardo tiene una de las firmas de abogados más prestigiosas del país, especializada en bienes inmuebles.
El señor De la Vega y yo comenzamos una relación cordial hace ya algunos años, pero últimamente se ha venido haciendo el loco con un asunto que no te interesa conocer.
Hemos quemado las primeras balas, pero no hay nada más peligroso que un hombre solitario y sin familia.
Ese cabronazo se ha hecho a sí mismo y, scheiße , le respeto por ello.
Pero mi paciencia tiene un límite. Alicia y tú iréis esta noche a su domicilio, le pondréis esta grabación —dijo sacando una caja transparente con un CD— y le convenceréis de que firme de inmediato estos papeles.
—Lanzó una carpeta negra que tapó la fotografía del abogado.
—¿Y si se niega?
Vogel golpeó la mesa con la palma de la mano derecha y toda la estancia retumbó.
—¡Para eso vas tú, joder! Si se niega, le haces firmar.
Si aun así sigue negándose, le vuelves a insistir, y si no habla ni con esas, es que estarás haciendo mal tu trabajo y entonces Alicia se encargará de ti.
Considera esto una prueba de lealtad y confianza.
Si veo que eres útil, tal vez te ayude con el asunto de tu hermana, pero te aseguro que si fallas, ese que tú consideras tu mayor problema en estos instantes se quedará en una anécdota comparado con lo que te haré.
Así que muévete, haz lo que tienes que hacer, y no me obligues a recordarte quién manda aquí.
El sonido de otro trueno me sacó de mis cavilaciones al mismo tiempo que Alicia me tocaba el hombro para que la siguiera a su coche. Cuando abrí la puerta y me senté en el asiento del copiloto, esa puta pirada me empezó a dar un sermón de cojones.
—Mantén las manos quietas y toca lo menos posible este coche —me dijo—.
Esto no es un buga. Es un mensaje con matrícula.
Doce cilindros. Seis litros. Cuatrocientos cuarenta y cinco caballos.
Todo eso, trabajando en silencio, como los buenos soldados.
—Alicia giró la llave de contacto—. No te grita.
No te empuja. Te arrastra con clase. De cero a cien en cinco coma cinco.
Pero no te enteras porque no se mueve, se desliza.
—Pisó el acelerador y las ruedas derraparon lanzando una capa de polvo y piedras alrededor, mientras algunos viandantes proferían todo tipo de insultos—.
Pero si sabes cómo hablarle, te lleva más lejos.
Siempre más lejos. —Sacó una Glock 18 y la apoyó en el salpicadero mientras seguía con su discurso—.
Dentro: cuero, madera, asientos que masajean tu conciencia.
Y fuera, nadie sabe si eres un embajador…
o un hombre al que no se le dice que no.
Me cago en dios, tíos. Estaba pirada y yo me encontraba en su coche.
Recuerdo que lo primero que hice fue ver si el seguro estaba echado porque lo único que quería en ese momento era saltar del vehículo en marcha, aunque el velocímetro marcara ciento ochenta kilómetros por hora.
Sobre mi regazo, la carpeta con los documentos que Eduardo tenía que firmar y el CD en su interior vibraban por la velocidad al igual que lo hacía mi corazón.
—¿No dices nada, Pipiolo? —dijo mostrando una dentadura plagada de fundas dentales.
—No entiendo mucho de coches.
—Pero no eres ciego, ¿verdad?
—No, no lo soy.
—Entonces, dime, qué te parece este carro, te he contado unas movidas que impresionarían al mismísimo Creador. ¿Crees en Dios, Pipiolo?
—Es Barrena.
—Es Pipiolo.
Alicia me miraba con los ojos azules más tenebrosos que he visto nunca. Podía ver que, incluso en aquella oscura noche, sus pupilas eran un océano enfurecido.
—¿Adónde vamos? —pregunté, tratando de cambiar de tema.
—Al hostal Las Torres, nuestro estimado Eduardo se ha llevado allí a la querida esta noche.
—¿Os dedicáis a seguir a cada uno de los clientes?
—Solo a los que no pagan lo que deben cuando se les exige.
Lo dijo fríamente, como quien pide una ristra de morcillas en la charcutería.
Cuando llegamos al hostal estaba granizando y, desde el cielo, los rayos que lo iluminaban sin descanso nos fotografiaban.
—¡Habitación 327! —gritó Alicia para hacerse oír sobre el ensordecedor sonido de las pelotas de hielo sobre el asfalto.