Nadie saldrá de aquí 4. Depende del punto de vista #3
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4. Depende del punto de vista #3

—Voy a repetirte la pregunta una vez más, te aseguro que será la última, pero antes vas a permitirme que te dé una lección para toda la vida.

—Dio un trago y apuró el vaso—. La lección es que nadie encula al señor Vogel y la pregunta: ¿quién te ha dicho que nosotros solucionamos ese tipo de… asuntos?

Notaba cómo la sangre comenzaba a resbalar por mi nuca y mis ojos hacían un gran esfuerzo por enfocar la cara de Vogel.

—Verás…

Otro golpe, esta vez a la altura de los riñones. Menos mal que ya había hecho la digestión, si no, ya habría llenado aquel lugar de pota.

—Perdiste todo el derecho de tutearme, Barrena. A los amigos no se los engaña.

Mis ojos, húmedos por el humo y el dolor que me recorría toda la espalda, percibían que Eloy se lo estaba pasando en grande.

—Se lo escuché a un cliente, señor —dije, tragándome el orgullo.

—¿Qué cliente?

Tíos, yo nunca he sido un puto chivato, os lo juro por mi hija, pero en esa ocasión me la resbaló cantar el nombre del tipejo.

Un hombre que me había hecho la vida imposible durante los últimos años tratándome como un esclavo y marcando a cada una de las chicas que cataba.

No puedo contaros las veces que le hice de chófer porque se ponía tan hasta el culo de cocaína que ni su escolta privada podía aguantar sus ataques de furia.

Y, claro, si los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, el que va puesto te puede vender hasta a su puta madre.

—Luis Ortega, señor —dije.

En el mismo momento en el que pronuncié ese nombre, Klaus abandonó durante unos breves segundos su papel de matón y se mostró algo vulnerable, traicionado. Incluso noté cómo los hermanos desconocidos cambiaban de postura en sus sillas, como si en ellas hubieran aparecido pinchos de repente.

—No puedo negar que me has sorprendido, Barrena.

Debo admitir que tienes huevos para venir aquí a pedirnos ayuda y, encima, hacerlo acusando a uno de mis mejores clientes y socios más importantes.

Aunque, en honor a la verdad, no has hecho más que confirmar mis sospechas.

—Vogel extendió su mano izquierda y agarró la figura de un pequeño hipopótamo, una de esas mierdas que, si las aprietas, quitan el estrés—.

Hacía algún tiempo que percibía un comportamiento extraño de nuestro exministro…

Yuri, recuérdame que me encargue de ese asunto.

«Así que este hijoputa se llama Yuri», pensé.

—Sí, señor —dijo Yuri con un marcado acento ruso.

—Bien, Barrena, hoy me has pillado de buen humor y te ayudaré si tú me ayudas antes en otro asunto.

—Señor, no quiero faltarle el respeto, de verdad que no.

—Mis manos temblaban por el dolor y el temor de volver a hablar sin permiso—.

Pero mi asunto requiere una actuación algo urgente.

El cuerpo se encuentra en casa de mi hermana en un congelador, pudriéndose.

Temo, además, que los padres del fiambre empiecen a hacer preguntas.

Klaus Vogel se levantó con tranquilidad de su asiento, rodeó la mesa, se paró a mi espalda y posó una de sus grandes y delgadas manos sobre mis hombros para luego acercar su cara y susurrarme al oído.

—La cosa funciona así, Barrena: tú nos vas a ayudar en un asunto, nosotros te ayudaremos en lo tuyo y luego quedarás atado a nosotros para siempre, sin rechistar.

Cuando te llamemos, vendrás; cuando te mande, ejecutarás.

Y todo lo harás sin preguntar más de la cuenta.

—Vogel me dio dos palmadas sobre los hombros y se incorporó, dejándome sudado y paralizado de miedo—.

Pero, primero, permíteme que te presente a todos mis colaboradores.

Vogel hizo un gesto al camarero y este comenzó a servir copas de champán a cada uno de los presentes. Todo era surrealista, joder. Yo no entendía nada y os prometo que llegué a pensar que el puro al que había dado cuatro caladas mal contadas tenía algún tipo de alucinógeno chungo de cojones.

—A Eloy y Héctor los conoces de sobra. El que te ha dado la bienvenida y del que te acordarás los próximos días es Yuri Petrov.

Mi recomendación es que no le toques los cojones, viene de la Unión Soviética y normalmente no se anda con hostias.

Aquellos dos pilares armados hasta los dientes —dijo señalando a los dos hombres que no habían movido un solo músculo en todo el tiempo— son mi guardia personal.

No tienen nombre y no existen para ti ni para nadie.

Y estos dos que ves aquí con pintas misteriosas son los hermanos Montenegro: Aníbal y Alicia, nuestra única mujer, pero una auténtica femme fatale.

«¿Eso es una tía?», me pregunté mientras intentaba encontrar algún rasgo femenino en su físico.

Mientras me presentaba a aquel variopinto grupo, intentaba memorizar bien sus nombres repitiéndolos en mi cabeza mientras observaba sus facciones y potenciales puntos débiles.

—Ahora, brindemos —dijo alzando la copa—. Por nuestro nuevo socio, don Salvador Barrena, y por mucho éxito en su primer trabajo, que será esta misma noche.

— Prost! —gritaron todos al unísono, sonriéndome con los dientes más tenebrosos que había visto nunca.

El último pensamiento que rondó mi mente en aquel momento fue un sonoro: «Me cago en tu puta madre, Marta».