4. Depende del punto de vista #2
Klaus Vogel y sus acompañantes permanecieron en silencio, mirándome como si lo que acabara de entrar por la puerta fuera un mono de feria.
El tío que me había abierto era un gigante de 2,02 metros de altura y otros tantos de ancho.
Me miraba con unos ojos de tarado que me dieron escalofríos.
Recuerdo cómo, instintivamente, di dos pasos a la izquierda para separarme de aquel mastodonte, por si se le ocurriera siquiera darme una caricia.
Joder, yo mido casi 1,92 y me sentía diminuto frente a aquel monstruo.
Junto a Vogel, de pie, había otros dos animales, ambos armados con sendas pistolas en sus cartucheras. La mesa la completaban Eloy, Héctor —y su puta cara mal hecha— y dos hombres a los que no había visto en la vida.
—Señor Barrena, al fin nos conocemos. —Vogel me apuntaba con un humeante puro—. Quiero decir, en estas circunstancias.
«¿Qué cojones es esto?», me pregunté mientras mi mente repasaba cada milímetro de aquella estancia.
En la cárcel aprendí que si uno quería salir vivo, ileso o lo menos herido posible de una celda, patio o baño, debía analizar cada elemento de la estancia que fuese desde el mismo momento en el que entraba en ella.
Al principio cuesta un poco y terminas pagando las consecuencias, pero pronto tu cerebro se acaba acostumbrando a desarrollar cientos de operaciones por segundo para intentar salvarte el culo si fuera necesario.
—Siento el retraso, señor Vogel.
—¿Se ha retrasado? —dijo con una voz cantarina mientras miraba su reloj—. Si no lo llega a decir, ni me habría enterado. Además, ¿qué son tres minutos?
Con el rabillo del ojo percibí cómo Eloy hacía auténticos esfuerzos por no hablar y menospreciar mis pantalones manchados, al ver que su querido jefe no me había echado la bronca por mi falta de puntualidad.
Yo, sin embargo, no estaba ni mucho menos tranquilo. Al fin y al cabo, el hecho de que no te regañe alguien con fama de hacerlo hasta por tener mal puesto el pañuelo de bolsillo es que se guarda algo. Ningún hijo de puta da puntada sin hilo.
—Por favor, Salva, siéntate. —Vogel estiró su brazo izquierdo señalándome una pequeña butaca vacía junto a uno de los hombres que no conocía—. Puedo tutearte, ¿verdad?
—Como desee, señor —dije, solícito.
—Bueno, pues debe ser recíproco. Si yo te voy a tutear, tú debes hacer lo mismo conmigo; si no, me vas a obligar a tratarte de «don». —Vogel hizo el gesto de las comillas mientras se descojonaba. Todos los de la mesa le siguieron como borregos.
—Así será, entonces —aseveré.
Vogel dejó de reír de golpe y, entornando los ojos, me miró.
—Un hombre serio… —Abrió una caja de puros que había sobre la mesa y me ofreció uno—. Por favor, sírvete.
Ese cabronazo desprendía un aire jodido, tíos.
Os prometo que no he conocido nunca a nadie que con solo una mirada fuera capaz de imponer como lo hacía ese puto alemán.
Odio a los putos alemanes, con esa soberbia que los caracteriza, pero ahora imaginaos a un teutón hijo de un puto oficial de las SS.
Esa mirada acojonaba al miedo, os lo digo yo.
Acepté el puro y lo encendí con un mechero Zippo que había junto a la caja, sobre un pañuelo blanco que aquel puto tarado usó para borrar las huellas dactilares que mis sudorosos dedos habían dejado sobre él.
—Me ha dicho Eloy que tenías una cuestión que querías comentarnos.
—Necesito ayuda con un asunto algo… complicado.
—¿Complicado? Barrena, aquí no te andes con medias tintas ni eufemismos. ¿Qué es? ¿Has tenido sexo no consentido con alguien? ¿Drogas? ¿Te han pillado con porno infantil?
—No, no…
Es curioso como un asesinato a sangre fría puede quedar en nada cuando lo comparan con otros delitos.
¿Qué es peor para ti, Fermín? ¿Matar a alguien o grabar a menores?
Hostia, Barrena, eres un jodido enfermo.
No, no, es una pregunta real. ¿Alguien se atreve a posicionarse?
Hombre, ¿acaso no pueden ser igual de malos?
Ya desde el punto de vista legal no lo son.
Sí, Lázaro, pero ¿aquí hablamos de ley o de moral?
Por eso me gustas tanto, Rafa. Eres el que siempre va más allá de lo superficial, el que excavas en la esencia de las cosas. Lázaro, ¿tú?
Joder, yo lo tengo clarísimo, cualquier cosa que se haga con los críos es mucho peor que dar matarile a otro.
Eres de los míos, entonces. Brindo por ello.
Ya, pero nada es blanco y negro, joder.
Explícate.
Hombre, ¿matarías a alguien que abusa de menores?
Sí, sin duda.
Ya, muy seguros estáis todos. No habéis dudado un solo segundo.
No me jodas, Lázaro, es que creo que no hay duda, ¿no?
¿No? ¿Y si resulta que el que abusa de un menor es un enfermo mental, Fermín? Y no me refiero figuradamente, sino que de verdad sea un subnormal.
Discapacitado, burro, que hoy en día ya no se puede decir eso.
No me vengas con chorradas, Alfonso, y respóndeme a la pregunta. ¿Un «discapacitado psíquico» que abusa de un menor merece la muerte?
Hombre…
¡Ah! ¿Veis?
Pues para mí sí, y además le haces un favor.
Qué bestia eres, Fermín.
Señores, señores, mi intención al formular la pregunta no era descubrir quién de nosotros estaba más tostado, sino haceros comprender que, cuando llegué a aquella sala acojonado por el hecho de que mi hermana se hubiera cargado al hijo de puta de su marido, tenía la firme convicción de que había hecho algo en verdad jodido.
Pero que Vogel me mencionara aquellas cosas retorcidas en primer lugar consiguió que hasta yo relativizara las cosas.
Todos me miraban, expectantes, mientras el humo de mi puro se colaba en mis ojos haciéndolos lagrimear.
—Mi hermana se ha cargado a su marido y necesito ayuda para deshacerme del cuerpo.
Lo dije más rápido de lo que la cera se deshace del vello púbico. Vogel me miró, incrédulo, para luego soltar una especie de «Me cago en la puta» en alemán.
—Y yo que pensaba que eras una hermanita de la caridad… —Vogel comenzó a reír y chasqueó los dedos, que activaron de inmediato al hombre de detrás de la barra.
Todos los allí presentes, incluidos los dos hombres desconocidos que se sentaban junto a mí, de quienes comenzaba a sospechar que eran hermanos, permanecieron impasibles.
—Yo, señor…
—No, no, no. Barrena, aquí solo se habla si lo digo yo, y ahora no te he dado el turno de palabra. —Vogel recibió el vaso del camarero con solemnidad y dio un pequeño trago a lo que parecía un whisky con una piedra de hielo—. ¿Y quién te ha dicho que aquí hacemos este tipo de cosas?
—Nadie, solo lo he intuido. Llevo aquí…
Un poderoso golpe que me nubló la vista evitó que siguiese hablando. Fue tan fuerte e inesperado que por unos segundos noté que las palabras no podían salir de mi boca, era como si me hubieran borrado por completo todas las capacidades mentales.
—La próxima vez que me mientas, Barrena, tendrán que identificarte por la dentadura, porque eso es lo único que quedará de ti.
Aturdido, me di la vuelta y vi al puto mamut de dos metros de altura mirándome fijamente mientras sostenía una pistola con la mano derecha. Supe de inmediato que ese cabronazo me había propinado un culatazo y me juré a mí mismo que no volvería a hacerlo.