4. Depende del punto de vista
Depende del punto de vista
—¡Cariño, mira a quién me he encontrado abajo! No me habías dicho que tu hermana venía de visita.
—No le eches la culpa —dijo Marta mirándome con burla—. Siempre ha sido un hombre con poca memoria.
Marta estaba sentada en el mismo sofá en el que me había contado su historia hacía unas horas, y Carmen, a su lado, sostenía una copa de vino. En ese momento agradecí haber limpiado y ordenado todo antes de salir de casa.
—¿Qué haces aquí tan pronto? —pregunté a Carmen—. Hola a ti también —añadí dirigiéndome a Marta—. Perdona, amor, perdona es solo que no te esperaba a estas horas. —Me acerqué a ella y le di un beso en los labios—. ¿Todo bien?
—Sí, amor. Hoy no había mucho trabajo y he dejado a Martina a cargo del centro. Para algo soy la jefa.
—Di que sí, reina —bromeó Marta alzando su copa a modo de brindis.
No he conocido en la vida a una mujer que supiera dar por el culo tan duro como Marta. A mi padre le sacaba de quicio casi todos los días de su existencia desde que alcanzó la pubertad y ahora me tocaba el turno a mí. Lo único a lo que mi cabeza daba vueltas era si le había contado algo a Carmen.
—Estaba contándole a tu mujer el accidente que tuve el otro día —dijo Marta como si me estuviera leyendo la mente.
—Madre mía, qué susto —se lamentó Carmen—. Yo pensaba que los airbags protegían, no que destrozaban la cara de esa manera.
—Bueno, en honor a la verdad, si no llega a ser por el airbag, ahora probablemente no estaría con vosotros.
Yo lo que agradezco es que me pasara después de dejar a Martín en el colegio.
Con solo pensar que el desalmado que se saltó el semáforo lo hubiera hecho cuando mi pequeño estaba en el coche, me entran sudores fríos.
«Será cabrona», pensé.
Tíos, las mujeres son las mejores mentirosas.
—Solo he venido a darme una ducha y afeitarme. Hoy tengo una reunión muy importante en el trabajo.
—Ya le he dicho mil veces que deje ese trabajo. —Carmen hablaba a Marta como si yo no existiera—. No por las chicas, que también, sino por la gentuza que frecuenta esos sitios. Un día vamos a tener un susto.
—Ni que lo digas —susurré más alto de lo que creía mientras miraba fijamente a Marta.
—¿Qué has dicho? —preguntó Carmen.
—Nada, nada, no me hagas caso. —Sonreí y miré a mi hermana—. Marta, ¿podemos hablar en privado?
Giré sobre mí mismo y, sin esperar respuesta, me dirigí a la cocina. Mi hermana entró con esa sonrisa que me sacaba de quicio cuando éramos pequeños. Siempre lograba salirse con la suya, aunque fuera culpándome de cosas que yo ni siquiera había hecho.
—¿A qué cojones juegas, Marta? —pregunté furioso, tratando de mantener un tono bajo.
—Tranquilo, Salva. Te juro que no ha sido a propósito.
Después de despedirnos me di cuenta de que me había dejado el tabaco en tu casa, volví y justo cuando estaba cerca del portal, tu mujer llegaba por el otro lado y me la encontré de frente.
No tuve tiempo de reaccionar y, a decir verdad, me sorprendió que me reconociera tan rápido.
Al fin y al cabo, no me conocía más que por fotos, según me dijo.
—Sí, por aquel mural que tenías sobre la cama de fotos con tus amigas, antes de la remodelación.
—Qué tiempos… —Su mirada mostraba tristeza y melancolía.
—Ya…, Marta. —La agarré de las manos y le hablé bajito, casi susurrando—: Por favor, por lo que más quieras, vete de aquí y no digas nada más. Dudo mucho que Carmen se haya tragado lo del accidente y cuanto menos sepa o sospeche, mejor.
—Piensa, hermanito —dijo Marta imitando mi tono de voz—, si ahora me voy después de haberme tomado dos copas de vino con mi cuñada, como si nos conociéramos de toda la vida, sería aún más raro.
A mí tampoco me hace ni puta gracia esto y menos aún si consideramos que tengo un fiambre en el puto congelador del garaje de mi casa, joder.
En lugar de decirme lo que debo o no debo hacer, dime si tienes alguna solución para ese pequeño inconveniente.
—Aún nada seguro. He vuelto porque me han citado en una hora.
—¿De qué se trata?
—Marta, quedamos en que nada de preguntas.
—¿Por qué tanto secretismo?
Carmen entró en la cocina y abrió la puerta.
—Si no fuerais hermanos, ahora mismo me entraría un ataque de celos —dijo y soltó esa risa que tanto me gustaba, pero que en aquel momento me puso los nervios de punta.
—Nada, cuñada. —Marta rodeó con su brazo a Carmen, que me miraba con una sonrisa—. Tu marido y yo nos estábamos poniendo un poco al día, me estaba invitando a cenar y a dormir esta noche aquí mientras cierro los asuntos pendientes que tengo.
«Será cabrona», volví a pensar.
—Mujer, eso por descontado —respondió Marta, con una sonrisa—. Si quieres, me acompañas a las cinco a recoger a Lucía y nos tomamos una hamburguesa con ella. Así la conoces, verás qué bien te cae.
Marta me lanzó una mirada difícil de descifrar. Era una gilipollas, pero, como ella había dicho antes, también era madre, y la sola mención de su sobrina desarmó su papel de arpía.
—Bueno, a ver…, tampoco quiero importunarte…
—No, mujer, así me haces compañía. Ya que mi marido tiene una reunión tan importante hoy, igual íbamos a cenar solas Lucía y yo, así que una noche de chicas creo que nos vendrá bien a todas.
Traté de encajar el golpe lo más estoicamente posible mientras Carmen sujetaba del brazo a Marta y se la llevaba de vuelta al salón. Antes de desaparecer de mi vista, Carmen giró la cabeza y me lanzó un beso, como transmitiéndome que lo que acababa de decir lo había dicho sin acritud.
Justo cuando me disponía a salir de casa hecho un pincel, el cielo comenzó a tronar y descargar el agua que no había soltado en los veinticinco días anteriores.
Miré al cielo, maldije y volví a subir los cuatro pisos a pie.
Al bajar al portal me encontré con el diligente portero fregando con mimo el suelo.
—Joder, Javi, perdóname, pero tengo que pisarte lo fregado. ¿Cuándo vienen a arreglar el ascensor, macho?
—Me han dicho que hasta el lunes no pueden pasar, señor Barrena. —Su voz, grave como la de un gigante, retumbó por todo el portal.
—A ver si es verdad —respondí mientras abría el paraguas y salía a la calle.
Mi Rolex marcaba las 19.57 en el momento en que aparqué el coche.
Salté rápidamente de él con tan mala suerte que fui a pisar de lleno un enorme charco.
El suelo del aparcamiento del Minerva no estaba asfaltado, de modo que no fue únicamente agua lo que empapó unos pantalones que costaban más que una pensión completa tuya, Lázaro.
—¡Joder! —grité—. ¡Me cago en mi puta madre!
Un grupo de chavales de una despedida de soltero disfrazados de algo que me es imposible describir y que en aquel momento salían del club me miraron entre extrañados y divertidos.
No tenía tiempo para lamentaciones, no quería llegar tarde. Entré al Minerva por la puerta trasera para evitar el trajín habitual a esas horas de la tarde y corrí escaleras arriba por la zona a la que solo el personal autorizado podía acceder.
El club Minerva era un imponente chalet formado por tres plantas.
En la primera estaba la sala en la que se concentraba casi el noventa por ciento de la clientela de cada día, con un pequeño escenario para los estriptis.
A un lateral, junto a la salida de emergencia, había cuatro camas balinesas que se utilizaban para bailes privados y si la cosa iba a más, las chicas invitaban a sus clientes a la segunda planta.
Esta consistía en un largo pasillo iluminado con luces de color rojo y cinco puertas a cada lado.
Al final del mismo se encontraba un baño completo de obligado uso por los clientes antes de dar rienda suelta a sus fantasías.
En el tercer y último piso la decoración y el ambiente cambiaban de un modo radical.
Se trataba de una especie de oasis en el que el suelo, en lugar de ser de un frío e impersonal azulejo, era de mármol color marfil cubierto de lujosas y preciosas alfombras.
Altas y frondosas plantas decoraban todas las estancias.
Ahí había también un pasillo, pero solo tres habitaciones, un baño con jacuzzi y el despacho de Klaus Vogel.
En todos los años que llevaba trabajando en el Minerva, tan solo había subido dos veces a aquella planta, ambas tan solo para llamar a la puerta del despacho y, a través de esta —nunca entrando en él, quiero decir— informar al señor Vogel de que un importante cliente le había solicitado para una emergencia.
Ninguno de los empleados del Minerva podía subir jamás a la tercera planta, ya que estaba reservada única y exclusivamente para clientes que pagaban mucho, pero que mucho dinero. Solo se podía romper esa norma por orden expresa del mismo señor Vogel.
La iluminación de toda la planta era tenue, una luz anaranjada muy agradable, y el sonido de ambiente era el de la naturaleza, lejos de la música histriónica de la planta baja que tantas veces había sentido retumbar en mis oídos, incluso en sueños.
Me acerqué con paso decidido al despacho mientras volvía a chequear la hora. Las 20.02.
—Mierda —susurré, maldiciendo mi suerte.
Me sequé el sudor que comenzaba a abrillantar mi frente mientras con la otra mano daba dos golpecitos a la puerta del despacho.
No pasaron ni dos segundos cuando alguien la abrió sin mediar palabra.
Ante mis ojos apareció una impresionante estancia.
Las paredes estaban recubiertas con tablas de madera oscura; a la derecha había una zona de salón con dos butacas y un sofá de cuero que rodeaban una mesa de cristal, sobre la que descansaba un pequeño jarrón con rosas blancas.
A la izquierda, una mesa de billar junto a un minibar completo, en el que un hombre servía varias copas, y, enfrente, una imponente mesa en cuyo centro se encontraba el mismísimo Klaus Vogel, con un traje azul marino, camisa rosa y corbata del mismo color.
Vogel era hortera de cojones, macho, pero todos los trajes le quedaban como a dios.
Pero lo que más recuerdo que me impresionó fue el orden: todo lucía impoluto.