Nadie saldrá de aquí 3. El nido
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3. El nido

El nido

Una casa de putas nunca es solo una casa de putas.

Y ese día resultaba ser ese jueves de mes.

La conversación con Marta me había dejado hecho polvo y se me ponía la piel de gallina al pensar que aquello pudiera afectar a Carmen.

—Marta, de esto ni mu… A nadie, ¿me entiendes?

—Si te parece, ahora voy a contárselo a Charo, la vecina.

Golpeé con todas las fuerzas la mesa de madera sobre la que reposaban el cenicero y los cadáveres de mis cervezas, y lo hice saltar todo por los aires.

—¡No me vengas ahora con tu puto sarcasmo, Marta! Puede que tengamos una salida a esto, pero sé que me costará caro.

—Tengo dinero.

Su mirada era la de siempre, firme, segura y fría como un témpano; la de la Marta que yo recordaba.

—No es cuestión de dinero, hermana.

Me levanté y dirigí mis pasos hacia la ventana que daba a la calle. A esas horas, mostraba la actividad de todos los días y, aunque los negocios han ido cambiando a lo largo de los años, la gente que caminaba por ella seguía siendo la misma de siempre.

Dos horas después estaba llamando a la puerta de Eloy Rivas.

—¿Quién es?

—Yo, Barrena —dije, gritando a la desvencijada puerta para hacerme oír por encima de la música.

—¡Pasa!

Alfonso, ¿sabes ese pestazo que hay en este tugurio, que impregna la moqueta y esta vieja madera, que lo envuelve todo…

? Perdona, Rafa, pero aquí siempre huele a tigre.

Bueno, la cosa es que nada más abrir la puerta del despacho de Eloy, una hostia de aire fétido y a mapache muerto hicieron lagrimear mis ojos.

—Si vienes a por un aumento, ya puedes irte olvidando. Ganas más que ninguno de mis hombres y, a pesar de que…

—No vengo por un aumento —interrumpí, temeroso de que me comenzara a dar la tabarra sobre su miserable vida y a lanzar soflamas vacías de los supuestos éxitos que había obtenido él, cuando, en realidad, no era más que un gordo y redomado vago.

Eloy entornó los ojos mientras se hurgaba los dientes con un palillo. Aun desde el quicio de la puerta pude percibir cómo se sacaba un trozo de carne de sus premolares.

—¿Qué cojones quieres entonces?

—Quiero unirme al nido.

Eloy se levantó como una exhalación, me sobrepasó y cerró de golpe la puerta.

—¿Te has vuelto loco, Barrena? Como vuelvas a mencionar ese nombre en alto te pego un puto tiro.

Reuní toda la fuerza interna del mundo para no romper a reír en la cara de ese enano con cabeza de botija.

—Lo digo en serio, Barrena. ¿Quién te ha hablado de…? —Eloy miró alrededor como quien vigila la calzada antes de cruzar por un paso de peatones—. ¿Cómo sabes lo del nido? —susurró.

Me senté con tranquilidad, haciendo un auténtico sacrificio para no coger de la pechera a ese cabronazo y mandarlo, de una vez por todas, a la mierda.

—Eloy, llevo aquí cuatro años solventando la mierda que pasa entre las sábanas de las chicas, pero, sobre todo, la de los desgraciados que las contratan. De verdad que intento no escuchar, pero con el tiempo ciertas personas cogen confianza y entre tiro y tiro de coca se les suelta la lengua.

—¿Ha sido el bocazas de Héctor?

—¿Héctor está en el nido? ¿Ese retrasado?

—¡Que no digas esa palabra, hostia!

—Perdón, perdón. —Levanté los brazos teatralmente a modo de disculpa.

—Mira, Barrena, no tienes ni puta idea lo que estás diciendo, así que voy a hacerte un favor: vas a levantarte, salir por donde has venido, volver a llamar a la puerta y dejar que te mande a tomar por el culo.

—Eloy —decidí bajar la intensidad de mi sarcasmo—, tengo un pequeño problema y sé que podéis ayudarme.

—¿Qué problema tienes y por qué crees, uno, que podemos solucionarlo y, dos, que queremos hacerlo?

—No puedo decírtelo.

Eloy comenzó a reírse como solo él sabía, hasta ahogarse y hacer que su mortecina piel comenzara a adquirir un color violáceo.

—Esa sí que es buena, Barrena. Saca tu culo de aquí y vete antes de que te eche a la puta calle.

Pensé en Marta, en Carmen y en mi hija, y en el futuro que las esperaba si salía a la luz el asesinato de Jorge.

El nudo que desde esa mañana se había posado en la boca de mi estómago se aflojó, me impulsó a levantarme con fuerza y abalanzarme sobre Eloy.

Lo agarré de la pechera con ambas manos, lo empujé y, en el mismo instante en que su espalda chocó contra la sucia pared, lo levanté treinta centímetros del suelo.

Los ojos de Eloy se salieron tanto de sus órbitas al verse suspendido en el aire que temí que fueran a desprenderse.

—Mira, puto gordo, me tienes hasta los mismísimos cojones.

He soportado humillaciones, que me traten como a un perro vuestros putos clientes y que tú, por alguna razón que no acabo de comprender, te hayas creído en el derecho de hablarme como si fuera tu puto esclavo.

He soportado eso estoicamente, pero la vida pasa, uno evoluciona y cambia de ambiciones.

Quieres que te dé la razón por la que necesito entrar en vuestro selecto club, y yo no te la voy a dar.

Ahora lo que vas a hacer es inventarte una excusa, coger el puto teléfono y llamar al señor Vogel para arreglar una reunión. ¿Lo has entendido?

Lo bueno que tienen los tipos como Eloy es que son ladradores, pero en el momento que llega un perro más fuerte son capaces de vender hasta a su madre con tal de que no los muerdan.

—V… vale —balbuceó.

Solté a Eloy, con suavidad le recoloqué el cuello de la camisa —recordándome a mí mismo que debía lavarme las manos en cuanto saliera de ahí—, y le mostré mi mejor y más sincera de las sonrisas.

—¿Ahora? —preguntó incrédulo, aún con el susto en el cuerpo.

—Sí, ahora. No tengo tiempo.

Eloy lucía rojo como un tomate, alargó el brazo y cogió el teléfono.

—Estás chalado, Barrena. Esta te la guardo. Además, el señor Vogel es un hombre ocupado, probablemente esté de viaje.

—Le he visto entrar hace media hora, Eloy. Deja de darme el coñazo y convéncele de que me reciba.

Eloy marcó el número sin dejar de mirarme y masculló varios improperios mientras esperaba respuesta.

—Señor Vogel —el tono de Eloy era como el de un niño que busca la aprobación de la señorita para obtener un sobresaliente—, le quería comentar que a Salvador Barrena le gustaría hablar con usted… Sí…, sí, señor…

Tíos, pagaría millones de euros ahora mismo por tener una máquina del tiempo y transportarnos al pasado para que vierais la cara de ese hijoputa cuando me dijo:

—Dice que te pases a las ocho.

—Así se hará.

—Te recomiendo que te cambies de ropa y te pongas tu mejor traje, Barrena. Me habría gustado verte entrar al despacho con ese traje de saldo que llevas, pero sé que el señor Vogel me habría echado la culpa a mí por no avisarte.

—Manda cojones que seas precisamente tú quien me hable de mi aspecto, Eloy.

—Oye, niñato de los cojones —la vena adquirió tal grosor que temí que le fuera a explotar—, no olvides que sigo siendo tu jefe. Pagarás por lo que acabas de hacerme, cabronazo hijo de perra.

Sabía que ya había tensado lo suficiente la cuerda y decidí abandonar la estancia.

Cuando abrí la puerta de casa, mis huevos se cayeron al suelo.