Nadie saldrá de aquí 2. El gen Barrena #2
41%

2. El gen Barrena #2

Se lo pregunté como quien hace una consulta en un bar sobre el menú del día.

—Pues que a una mujer le puedes hacer lo que te dé la gana, pero a una madre no. Y cuando vi que Jorge, cinturón en mano, azotaba a Martín, el gen Barrena se despertó por fin en mí.

—¿Qué cojones dices ahora del gen Barrena, Marta?

Marta sacó el enésimo cigarrillo de la cajetilla a la par que apagaba el anterior sobre un mar de cenizas.

—Pues la falla genética con la que ambos nacimos, hermanito.

Ese gen del que nuestro padre era portador y que hace que nuestro cerebro se desconecte de nuestro cuerpo y adquiera el estado del animal más primitivo y salvaje: el de un animal ajeno a toda ley y racionalidad.

Aquel gen que hizo que papá dejara vegetal a Julio por una reforma mal hecha…

No me mires así, sé todo lo que pasó, siempre se os dio fatal mentir.

Además, la policía nos hizo una visita a casa para preguntar por el tema, pero se ve que no le dieron mayor importancia.

Al fin y al cabo era un inmigrante, y, por tanto, un dolor de cabeza prescindible para un país como este.

Después de eso, ese mismo día, mamá me hizo prometer que nunca os lo contaría, pero supongo que ahora no le importará mucho que haya roto su promesa.

Bueno, que me lío. Lo que quiero decir es que ese gen lo portamos desde siempre.

¿No recuerdas las historias que nos contaba papá sobre el abuelo?

¿De cómo no paraba de recordarle a mamá la suerte que tenía porque él no era como su padre, que se dedicaba a zurrar día sí y día también a su mujer, nuestra abuela?

Ese gen te acaba consumiendo por dentro hasta proporcionarte un final como el que tuvo papá, un infarto, o como te pasó a ti, en prisión.

—Lo del cabronazo de Juan de Dios fue un accidente —dije, furioso.

—¿Seguro? ¿También lo fue cuando desfiguraste a golpes a un compañero de celda?

Marta me sostuvo la mirada esperando una respuesta que no pude darle.

—Tenemos una tara, hermanito —continuó diciendo—.

Somos un puto peligro público y si no aprendemos a ponernos una correa, podemos acabar muy mal.

Aunque, en honor a la verdad, a veces ese problema puede ser la solución.

Hace dos días, cuando vi a ese hijo de puta golpear a mi hijo, fui a la cocina, agarré el cuchillo más grande que encontré y se lo clavé por la espalda a la altura del omoplato derecho.

Jorge se giró, confuso, tenso por el dolor y con una expresión de sorpresa en la cara que me provocó un cosquilleo que recorrió mi columna.

Joder, incluso noté algo en la entrepierna por primera vez en años.

Jorge se dio la vuelta más rápido de lo que yo creí capaz en alguien en su situación y consiguió lanzarme un puñetazo que me dio de lleno en el ojo.

Aturdida, intenté mantener el equilibrio, pero un segundo golpe en el otro lado del rostro me hizo caer a plomo en el suelo.

Desde ahí abajo pude asistir a una imagen casi cómica: Jorge hacía aspavientos intentando alcanzar el cuchillo clavado en su espalda mientras profería insultos y maldiciones.

»Aún un poco mareada, pero con la adrenalina recorriendo todo mi cuerpo, conseguí volver a ponerme en pie frente a él y retarle a que me atacara. No hay cosa que más furioso ponga a un hombre que ver a una mujer perderle el miedo.

»Jorge esputó una saliva espesa mientras me insultaba y se abalanzó sobre mí.

Yo estaba preparada para ello y justo cuando sus brazos se cerraban sobre mí, me agaché, giré sobre mí misma y me coloqué a su espalda.

Agarré el cuchillo por el mango y tiré de él desgarrando piel y músculo, regando de sangre todo lo que había a nuestro alrededor para, a continuación, volver a clavárselo, esta vez a la altura del riñón izquierdo y con la suficiente fuerza para que no se me volviera a escurrir de la mano.

Saqué el cuchillo de nuevo y Jorge se giró y me miró con ojos desorbitados a causa del terror.

Reflejados en ellos pude ver cada golpe, embestida y vejación a las que me había sometido durante los últimos años.

Jorge cayó sobre sus rodillas y quedó a mi completa merced.

»Solo el grito desgarrador de Ivón pudo sacarme del trance treinta y tres puñaladas después.

El cuerpo de Jorge era un amasijo de sangre y vísceras que asomaban por los profundos cortes en el abdomen y el pubis.

Mi pequeño estaba acurrucado en una esquina, junto a su cama, de espaldas a la macabra escena, y yo intentaba que la cordura volviera a mí. Y aquí estoy —sentenció.

—Hay algo que no me cuadra —dije, genuinamente confuso—. ¿Cómo que tu pequeño? Si mis cálculos no son erróneos, tu hijo debería estar bastante crecidito.

—Salva, Martín nació hace solo siete años.

—Pero si aquella vez en la cárcel…

—Aborté, Salva. A los dos días de aquel día del 81 el corazón del feto dejó de latir y me lo tuvieron que sacar…

—Lo siento.

—Martín fue un milagro. Después del aborto me dijeron que me iba a ser imposible concebir otro hijo.

—¿Dónde está el crío ahora?

Miré fijamente a Marta mientras luchaba conmigo mismo por no mandarla a la mierda por hacerme cómplice de encubrimiento.

—No te preocupes por él, está con Ivón.

—De hecho, eso es lo que me preocupa.

Los putos cabos sueltos, tíos. Eso es lo que siempre jode todo.

No ya en temas escabrosos como el que os estoy contando, sino todo en la vida.

No sabéis las veces que he tenido que encargarme de chantajear a putas enfadadas con un cliente que se había sobrepasado con ellas porque comenzaban a amenazar con cantarle la traviata a su mujer o a sus compañeros de trabajo.

No hay nada que más acojone a un putero que ser descubierto por la parienta o cualquier persona de su entorno.

—No te preocupes por ella, es de mi confianza y no dirá nada —sentenció Marta.

—Eso no lo sabes.

—¿Y qué propones, Salva? ¿Eres un puto gángster ahora? ¿Quieres cargártela? ¿Presentarte en mi casa y descerrajarle dos tiros? ¿A eso te dedicas ahora?

Me levanté como un resorte y acerqué mi cara a la suya.

—Como no dejes de gritar ahora mismo te echo a patadas de mi casa.

Ahora tengo mujer y una hija, y lo último que quiero es que esta mierda las salpique.

No me hables así, Marta, porque no estoy para hostias.

Tú has venido a mí y te voy a ayudar, pero una vez lo resuelva no te quiero volver a ver el pelo en la puta vida.

Sus ojos me miraban, furiosos, pero Marta sabía que tenía razón y que me necesitaba.

—¿Lo has entendido? —remaché.

—Al menos me alegra que hayas aprendido a contener la ira, hermanito —dijo con suficiencia.

—Tranquila, sigo siendo el mismo de siempre…, solo que ahora sé cuándo apretar el gatillo.

Me toqué la sien con un leve golpe, casi un susurro de advertencia. Ella se volvió a sentar, cruzó las piernas y le dio una última calada al moribundo cigarrillo.