Nadie saldrá de aquí 2. El gen Barrena
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2. El gen Barrena

El gen Barrena

Habían transcurrido dos décadas desde que Marta me mandó a freír espárragos pero parecía que habían sido cuarenta años.

Profundas arrugas en su piel mostraban el paso por unos años de dolor y sufrimiento.

El pelo, antaño de color negro azabache brillante, ahora lucía apagado, con decenas de canas.

Marta acababa de cumplir los cuarenta y aparentaba sesenta.

Yo volví a la cocina, cogí el pack de seis cervezas que me quedaba y me senté en el sofá, dispuesto a interrumpir lo menos posible a mi hermana.

Necesitaba saber todos y cada uno de los detalles de la situación: desde el porqué hasta el cómo había acabado ese hijo de la gran puta con treinta y cinco puñaladas por todo el cuerpo asestadas por Marta.

—Todo comenzó al poco tiempo de nacer Martín —comenzó diciendo cuando conseguí tranquilizarme—.

A los trece meses, en concreto. Jorge trabajaba de sol a sol en la consultora donde lo enchufó su padre.

Salía de casa a las seis de la mañana y no regresaba hasta las once.

Todo ese trabajo se veía recompensado económicamente, no te voy a decir que no, pero el precio a pagar era una nula vida familiar.

A medida que fueron pasando los meses, el trabajo se volvió más exigente.

Yo nunca presté gran interés a lo que hacía.

Una vez le hice algunas preguntas y me contestó que para qué quería saberlo, si de todas maneras no lo iba a entender.

En honor a la verdad, he de decir que tenía razón.

»Cuando nació Martín yo pensaba que esos horarios cambiarían o que, al menos, haría el esfuerzo de pasar por casa.

Yo sabía que todos los días disponía de una hora y su oficina no estaba más que a diez minutos de nuestra casa.

Me juró que sí, que lo intentaría, aunque yo sabía que eran promesas vacías. Y, por desgracia, no me equivoqué.

»Los primeros meses de vida de Martín fueron un auténtico suplicio.

Demandaba mucha leche, no dormía más de una hora seguida por la noche, sufría incontables cólicos y, por si fuera poco, acabé desarrollando una mastitis que me tuvo retorcida de dolor durante semanas y me obligó a cambiarle la leche materna por la de fórmula a mi pequeño, lo que le provocó aún más molestias.

»No estaba sola, gracias a Dios tenía a Ivón, una mujer chilena que me ayudaba prácticamente las veinticuatro horas del día. “No te puedes quejar de que trabajas mucho”, me decía Jorge cuando le expresaba mi preocupación por no poder contar con su ayuda para cuidar a nuestro hijo.

Marta hizo una breve pausa antes de continuar su relato.

—Joder, Salva, tú me conoces. Ni papá se atrevía a hablarme así.

Aún no puedo explicarme qué le pasó a Jorge después del nacimiento de Martín.

Hasta su llegada a este mundo siempre me había tratado bien y nunca se había atrevido siquiera a levantarme la voz.

Pero de un día a otro cambió por completo.

Y yo también… Me convertí en una mujer miedosa, insegura y con un puto síndrome de Estocolmo que me ponía furiosa y al que no pude poner remedio a tiempo.

Nuestras discusiones fueron a más hasta que esa fina línea que separa la violencia verbal de la física se traspasó.

»Fue una noche de agosto, una de esas noches de calor húmedo y asfixiante que hay por esos lares y que es capaz de enloquecer hasta al más cuerdo de los mortales.

Martín tenía dos añitos y ese día había sido especialmente duro porque a Ivón se le había resbalado de los brazos mientras le acunaba; aunque no fue nada grave, el golpe le provocó un escandaloso chichón en la frente.

Estuve llamando a Jorge todo el día, pero me fue imposible dar con él.

Cuando llegó, a las tres de la mañana, estaba borracho y drogado.

No era la primera vez que aprovechaba para meterse coca y tomar unas copas de más después de trabajar.

Yo lo tenía asumido y, casi siempre, hacía caso omiso; nunca me atreví a decirle lo que me jodía que llegara a casa apestando a alcohol.

Pero ese día no, no pensaba callarme. Le grité, le llamé de todo por dejarnos abandonados durante todo ese tiempo; le llamé desgraciado, hijo de puta y mal padre, y cuando quise volver a insultarle con otra retahíla de improperios, me soltó un puñetazo que me hizo saltar un diente y me partió en mil pedazos por dentro.

»Cuando la mente se separa del cuerpo, este deja de doler.

Yo notaba la sangre en mi boca, pero no sentía dolor alguno.

No podía pensar; mi cabeza daba vueltas a un vacío que ni siquiera hoy puedo describir con palabras y, por si eso no fuera poco, justo cuando mi cerebro comenzaba a ser consciente de la situación, me percaté de que estaba boca abajo en la cama, con las bragas en los tobillos y siendo penetrada con furia por alguien que se suponía que estaba en mi vida para protegerme, para protegernos a los dos.

Jorge me embestía con la furia de un búfalo.

Con la mano izquierda me presionaba la cabeza contra el colchón mientras con la derecha no paraba de azotarme el culo.

No sentía dolor, no estaba allí. Mi cabeza me hizo el gran favor de privarme de sentir absolutamente nada de lo que Jorge me estaba haciendo, incluido el momento en que me la metió por detrás, desgarrándome.

Por lo visto, yo estaba gritando, aunque no era consciente de ello.

Supe que gritaba porque Jorge me amenazó con que, si seguía haciéndolo, tendría que silenciarme por las malas.

En un momento dado me pareció escuchar la voz de Ivón a través de la puerta y a Jorge despacharla de malas maneras, aunque esto no es más que otro de los vagos recuerdos que tengo de esos momentos.

Porque, joder, empezaron a repetirse cada vez con más frecuencia.

Tras un breve silencio que yo respeté, Marta dio una larga y profunda calada a su cigarro, mantuvo el humo en sus pulmones y lo expulsó lenta y suavemente antes de continuar su siniestro relato. Recuperó el aliento y retomó la palabra.

—Sí, sé lo que me vas a decir, Salva, pero te repito que he cambiado y ya no soy la mujer que solía ser.

Con el tiempo me acostumbré a sus violaciones nocturnas, que, por suerte, fueron decreciendo en número e intensidad a los seis meses de la primera.

Jorge añadió prostitutas a su cóctel nocturno de los viernes y sábados, y al olor a tabaco y alcohol se le unió el del sexo.

La primera vez que le vi una marca de pintalabios en el cuello mientras dormía la mona, sentí alivio.

Si para que dejara de abusar de mí, ese hijo de puta tenía que venir saciado de la calle, bienvenido fuera aquello.

Recuerdo que por unos segundos mi mente se compadeció de aquellas que ese desgraciado tocaba, pero pronto mi instinto de supervivencia aplacó cualquier muestra de empatía hacia mujeres que no conocía.

»Con los años, fui convirtiéndome en un simple estorbo para Jorge, una presencia irrelevante en aquella casa donde él ya solo paraba para dormir. Los fines de semana se levantaba resacoso a primera hora, cogía sus palos de golf y se pasaba todo el día con sus amigos de toda la vida.

»Jorge y yo hablábamos lo justo pero, por lo menos, nunca dejó de ocuparse económicamente de nosotros.

La única razón por la que no nos había echado de casa a Martín y a mí era el qué dirán; sobre todo, temía a sus padres, unos radicales y fervientes seguidores de Cristo, miembros del Opus Dei y personas que nunca comprenderían un divorcio.

Además, ambos adoraban a Martín, a quien consentían siempre que podían.

»Cuando mi hijo cumplió tres años y comenzó la educación infantil (en el más exclusivo y católico de los colegios, por supuesto), mi vida cambió de manera radical.

Hacía mucho tiempo que no salía de casa, no tenía amigas y mi estado físico se había deteriorado de un modo considerable.

Ivón me habló de algo que comenzaba a estar de moda entre las madres de alta alcurnia de la zona, una cosa llamada aeróbic, y que hacían en un exclusivo gimnasio que habían abierto hacía poco en el barrio rico de la ciudad, el nuestro.

Tampoco quiero extenderme en detalles que no te interesan, Salva, así que te diré que en aquel grupo de aeróbic conocí a dos mujeres de mi quinta que, casualidades de la vida, resultaban ser igual de desgraciadas que yo.

La expresión de Marta cambió ligeramente al pronunciar estas palabras.

—Con el tiempo, comencé a intimar más con ellas, a salir de copas de vez en cuando.

En el momento en que Jorge dejó de verme sentada en la mesa, esperándole con la cena hecha, o cuando él llegaba borracho como una cuba a altas horas de la madrugada y no me encontraba en la cama, volvieron los problemas que yo consideraba olvidados.

Primero fueron los gritos, pronto llegaron los golpes y, sin yo saber cómo, volvía a estar todos los días él encima de mí, descargando sus frustraciones.

Me decía que lo hacía porque me quería, pero que me castigaba porque una madre debe quedarse en casa esperando a su marido y cuidando de su hijo, que eso de estar por ahí con amigas y dejar a su hijo con la niñera no era de recibo y que pegándome y dejándome marcas en el cuerpo evitaba que yo me atreviera a salir.

Y tenía razón. Me recluí en casa, asumí mi rol y, en cuanto lo hice, los abusos se dilataron en el tiempo hasta acabar desapareciendo casi por completo, se convirtieron en episodios esporádicos y casi anecdóticos.

»Ya han pasado más de seis años de esto, Salva.

Yo… ¡mírame, joder! ¡No agaches la puta cabeza avergonzado!

¡Mírame y dime que la Marta con la que creciste, que esta mujer que ves, es tu puta hermana, dime con la mano en el corazón, si es que tienes, si reconoces a esa mujer!

¡No me quedan lágrimas, Salva, hostia! Ese cabronazo me ha secado por dentro y por fuera, y yo se lo he permitido.

—¿Y qué cambió?