1. Fantasmas del pasado
Fantasmas del pasado
Barrena, de verdad, macho, me tengo que pirar. Mi mujer tiene que estar preocupada.
Y a mí me gustaría ir chapando, Salva. Son las tres y media de la madrugada y mañana abro a las doce.
Bueno, pues dicho esto…
Siéntate, Lázaro.
¡Estoy hasta los cojones de ti y de tu puta vida, así que me da igual que…!
¿Tienes hijos, Fermín?
¿Y a ti qué te importa?
Sí, sí los tienes. ¿Cómo era que se llamaban? Santiago y A…
¡Saca a mis hijos de tu sucia boca, hijo de perra!
¡Fermín, tranquilo, hostias!
Haz caso de Lázaro, Fermín, porque, como te tenga que pegar un tiro ahora, me va a producir una desazón terrible.
¿Qué haces mentando a mis hijos, desgraciado hijo de puta?
Solo los grandes valientes se recuperan de sus heridas y regresan más fuertes, no porque hayan olvidado el dolor, sino porque aprendieron a convivir con él.
A estas alturas ya podréis comprender por qué me gané en mi vida los apodos «Maldito» y «Resucitado», pero creedme cuando os digo que todo lo que había vivido hasta el accidente de Carmen no era más que un macabro y retorcido preludio de lo que vendría a continuación.
La vida no es más que el paso del tiempo a lo largo y ancho de putadas, unas merecidas y otras fruto de desgraciadas casualidades, y todas las que he sufrido tienen su epílogo en la noche de hoy.
Así que, Fermín, créeme cuando te digo que, por tu bien y por el de tu puta estirpe, es mejor que te relajes y, sobre todo, cuides ese lenguaje.
Nunca me ha sentado muy bien que me insulten, y menos un desecho humano como tú.
Lucía nació el 5 de mayo de 1995 y, por suerte, heredó toda la belleza de su madre.
El parto fue algo complicado debido a que Carmen, a pesar de que se recuperó con cierta rapidez y sin sobresaltos, aún arrastraba ciertas molestias en las piernas y la pelvis.
Aquel día de principios de mayo comprendí la frase «Más largo que un parto» que tanto decía mi madre, sobre todo para criticar el tiempo que tardaba mi hermana en arreglarse los domingos para ir a misa.
Lucía tenía los ojos verdes, la tez pálida y los labios carnosos.
Su mirada nos enamoró desde el primer segundo y, aun con sus días buenos y malos, creo que conseguimos hacer de ella toda una mujer educada y con valores sólidos.
Carmen y yo nos casamos, casualidades de la vida, también un 5 de mayo, pero del año 1996.
Fue una ceremonia íntima a la que acudieron tan solo nuestros amigos más cercanos y Eloy, que se autoinvitó pensando que iba a llenar mi boda de mujeres y droga.
—Barrena, no te despido porque eres mi mejor hombre, pero esta ha sido la peor boda a la que he asistido en mi vida —dijo, borracho como una cuba mientras Héctor lo arrastraba hasta el interior del coche.
—Nos vemos en dos semanas, Eloy —respondí riendo.
—Qué suerte tienes de que sea tu jefe, Barrena. Si llego a saber hace dos días que me ibas a ofrecer tamaña mierda de celebración, no te doy ni un mísero día de vacaciones. Me debes una.
Sus últimas palabras sonaron amortiguadas después de que Héctor cerrara la puerta en sus narices.
Tras el accidente de Carmen decidimos que la mejor manera que tenía de cuidarla era que se mudara, al menos momentáneamente, a mi casa; al fin y al cabo, había en ella más habitaciones y anchos pasillos que permitieron una conveniente movilidad durante las primeras semanas de convalecencia, en las que la silla de ruedas fue un elemento constante en nuestra rutina.
Mi escapada al hospital me costó una reprimenda muy gorda, pero tras mucho pelearlo con Eloy, conseguí que me partiera el turno para que yo pudiera estar tanto por la mañana como por las tardes con Carmen.
Si llego a saber que aquel «favor», tal como lo llamó, me lo iba a hacer pagar con bastantes intereses, me lo habría pensado dos veces antes de pedirlo.
—Creo que voy a vender la casa de mis padres —dijo Carmen mientras se metía un trozo de manzana en la boca. Lo soltó sin más, rápido y como quien se arranca una tirita.
—¿Cómo? —pregunté sorprendido.
—Creo que es lo mejor. Vamos a vivir aquí. —Abrió los brazos y miró al techo de la cocina—. Con el dinero de la venta podríamos hacer alguna que otra reforma y pintar toda la casa. He pensado que el antiguo cuarto de tu hermana podríamos convertirlo en la habitación de nuestra niña.
Cada vez que Carmen hablaba de nuestra hija se tocaba de una forma adorable la barriga.
—Parece que lo llevas pensando desde hace tiempo —observé.
—¿Te molesta?
—No, no, al contrario, creo que es una idea maravillosa. Puedo hablar con Marcos para que nos asesore sobre la venta.
Y fue así como pasó: le pregunté a mi viejo amigo, que a su vez le preguntó a un amigo de su suegro, experto en ventas —y probablemente en putas—.
Conseguimos venderla por un pico que nos permitió repintar toda la casa de mis padres, cambiar el destartalado suelo, renovar por completo todo el mobiliario y, por supuesto, proporcionarnos un generoso colchón de ahorros que nos permitiría pasar los próximos años sin apuros económicos.
Además, Carmen pudo, al fin, contratar a una segunda persona para que la ayudara en el negocio.
Ella nunca dejó de trabajar, cosa que siempre he admirado, aunque hizo todo lo posible para compaginar empleo y maternidad.
La vida continuó sin sobresaltos y pasamos unos magníficos primeros años de casados, Lucía crecía sana y fuerte, y yo me sentía el hombre más afortunado del mundo con mis chicas.
Pero la felicidad no dura tratándose de Salvador Barrena.
El viento comenzó a cambiar una mañana de abril del año 2000.
Yo acababa de dejar a la pequeña en el colegio y había aprovechado, como cada mañana, para hacer la quiniela y jugar a la lotería.
También fui a comprar la comida de la semana en el súper del barrio y, antes de volver a casa, departí al sol con Joako y Tunde, que ahí seguían, a los pies de la iglesia, agasajando con piropos a las ancianas hasta sacarles una pequeña limosna.
Justo enfrente de la parroquia, un taladro que perforaba el asfalto envolvía el ambiente de un sonido insoportable.
Al abrir el portal de nuestro edificio me encontré con Javi, el nuevo portero, un joven imberbe pero muy educado y nieto de don Tulio Landaluce, el octogenario portero con el que crecí en aquel centenario edificio.
Javi estaba metiendo la correspondencia en los buzones pertinentes y lo hacía con mimo, verificando hasta tres o cuatro veces que el destinatario coincidiera con el dueño o la dueña del buzón.
—Buenas tardes, señor Barrena, ¿necesita ayuda con esas bolsas? —me preguntó, solícito.
—Chico, no tengo veinte años, pero tampoco setenta.
—No, es que como el ascensor está estropeado…
—Venga, no me jodas. —Cerré los ojos con hastío y resoplé—. No, no te preocupes, Javi. Voy bien.
—Vale. —Agachó la cabeza como haciendo una reverencia—. Que tenga un buen día, señor.
Subir cuatro pisos cargado con bolsas no suponía un reto físico para mí, ni mucho menos, pero no hay cosa que me dé más por culo que las escaleras.
Abrí la puerta de casa y lo primero que noté fue un olor extraño; extraño, pero también familiar.
Fui a la cocina para dejar las bolsas sobre la encimera, abrí la nevera y saqué una lata de cerveza.
Aquel olor seguía allí, impregnando cada milímetro de mis fosas nasales.
Sabía que Carmen se había marchado a trabajar y que aquel no era su perfume.
Caminé por el ancho pasillo, ahora mucho más luminoso gracias a una pintura blanca que había sustituido los estampados florales que tanto le gustaban a mi abuela y que mi padre nunca quiso cambiar.
No pude evitar sonreír ante el horror que mi madre sentía por esas paredes y cómo mi padre se encargaba de llevarle la contraria únicamente para hacerla rabiar.
«Pero, cariño, si son unos estampados preciosos», decía entre risas.
A medida que avanzaban mis pasos hacia el salón, el olor cada vez era más intenso. Un aroma como a…
—Veo que te ha ido bien.
A azahar. Eso es a lo que olía, al característico perfume de…
—¿Marta?
—Bonita reforma y, bueno, no puedo decir que no esté algo dolida porque no me hayas invitado siquiera al bautizo de tu hija. Preciosa, por cierto.
Marta estaba sentada en una butaca y sostenía el marco de una foto en la que aparecíamos Carmen y yo sonrientes con nuestra hija en el centro. Su desdentada sonrisa eclipsaba todo lo demás.
—¿Qué cojones haces aquí, Marta? Esta ya no es tu casa.
Marta dejó con delicadeza el marco de fotos.
—No huele a humo. ¿Ya no se puede fumar en esta casa?
Apreté la lata de cerveza hasta que mis nudillos comenzaron a perder color.
—¿Qué haces…?
—Salva —dijo levantando los brazos—, de verdad que no he venido a discutir ni a provocar ninguna pelea. Si no me querías en casa, además de hasta los apliques, podrías haber cambiado la cerradura.
—¿Qué haces aquí?
—Lo he dejado con Jorge.
De pronto, mi cerebro hizo las conexiones necesarias para comprender que algo no me cuadraba. Llevaba el suficiente tiempo en Minerva para detectar a una mujer triste, pero, sobre todo, a una mujer maltratada.
—Quítate las gafas de sol, Marta.
—Salva, yo… —El aire altivo y prepotente que hasta entonces había mostrado desapareció de golpe y porrazo, y su voz se volvió temblorosa—. No, no quiero problemas.
—Quítate las gafas —dije marcando cada sílaba con un escupitajo.
Marta se llevó las manos también temblorosas a la cabeza y al quitarse las gafas se revelaron sus ojos con sendos moratones. El derecho mostraba un color amarillento y el izquierdo, una brecha mal curada.
Marta había sido una persona con la que nunca había conseguido congeniar y con la que, durante casi toda nuestra vida, había mantenido cierta distancia a la hora de relacionarnos; una distancia que se acentuó aún más cuando ella llegó a la adolescencia, y que tuvo su colofón final en aquella visita en la cárcel.
Pero, aunque nuestra relación nunca fue ejemplar, eso no quiere decir que no la quisiera ni me preocupara por ella.
Ese lazo de sangre que nos une y unirá por siempre hasta el final de nuestros días es inquebrantable, irrompible, independientemente de todos los elementos externos que intenten hacerlo trizas.
Joder, os juro que, cuando vi cómo ese hijo de la gran puta había dejado la cara de mi hermana, mi mente involucionó a un estado primitivo y animal en el que solo el instinto de protección estaba activo.
—Dime dónde está ese hijo de puta.
—Salva, no…
—¡Que me digas dónde está! —grité haciendo estallar la lata de cerveza contra el suelo.
Marta se levantó como un resorte de la butaca y apoyó ambas manos en mi cara, una acción que no hizo sino empeorar mi estado de ánimo, ya que, a esa distancia, podía percibir nuevos matices de la violencia a la que había sido sometida.
—Salva, por favor, tranquilízate. Si me quieres ayudar de verdad, tienes que calmarte. No hagas ninguna tontería. Ahora tienes una familia a la que cuidar y no puedes ponerla en riesgo. Piensa en tu hija… ¿Cómo se llama?
—Lucía.
—Piensa en Lucía. Es hermosa, un bombón de niña que tiene un padre estupendo, que ahora debe respirar hondo y tranquilizarse.
—¡No pienso dejar que se salga con la suya!
—¡Salva!
Le sujeté ambas muñecas y las separé de mi cara.
—¡Que me digas dónde está, carajo! —grité.
—¡Muerto, joder! ¡Lo he matado, hostias!
Todo, incluida mi respiración, se congeló.
—Ahora, por favor —dijo metiendo la mano en el bolso y, mientras se volvía a sentar en la butaca, se encendió un cigarrillo—, tranquilízate, porque necesito tu ayuda para deshacerme del cuerpo.