12. Un nuevo comienzo
Un nuevo comienzo
Solo hay una cosa más fría que la muerte, la habitación de un puto hospital.
Nada más colgar, cogí el coche y salí echando hostias infringiendo más de una decena de normas de tráfico y dejando el Minerva sin un importante miembro.
Antes de salir y comenzar a esquivar vehículos, pude soltarle algo de información a Oliver y le pedí que se lo dijera a Eloy.
Sabía a la perfección que me iba a caer una bronca de las gordas —si no el despido—, pero en ese momento me daba igual absolutamente todo.
La ciudad estaba en hora punta y el sonido de los cláxones de los coches ensordecía a los viandantes.
Pero en mi cabeza lo único que retumbaba eran aquellas cinco palabras: «Me refiero a su hijo».
«No puede ser, tiene que ser un error», me dije.
Pero sabía que lo único que intentaba era engañarme a mí mismo.
Aparqué el coche justo en la puerta de urgencias, en la zona reservada en exclusiva a las ambulancias.
Un segurata, que en ese momento estaba fumándose un cigarrillo, comenzó a lanzar improperios sin él saber que nada de lo que dijera provocaría en mí otra acción que no fuera seguir dirigiendo mis pasos hacia aquel asqueroso lugar lleno de enfermos.
—¿Dónde está? —pregunté a una chica joven con gafas de pasta y pinta de haber pasado una noche de sexo, drogas y alcohol.
—Disculpe, señor, debe respetar la cola.
Giré sobre mi eje y pude ver que dos ancianos y un chico con los ojos llorosos me fulminaban con la mirada.
—Esos dos —dije señalando a los octogenarios— ya huelen a tierra y al otro lo que le pasa es que se ha fumado algo chungo y tiene un mal viaje. Dígame dónde está la señora Ruiz.
—Mmm…
—¡Me acaba de llamar un tal doctor Gutiérrez y me ha dicho que…!
—¿Señor Barrena? —preguntó una voz detrás de mí.
Un hombre ataviado con una bata blanca impoluta, pelo gris platino, ojos verdes y unas prominentes patas de gallo me miraba inquisitivamente esperando una respuesta. La chica de recepción hacía un auténtico esfuerzo por no ponerse a llorar a causa de mi grito.
—Señor Barrena, soy Jaime Gutiérrez, el médico de su pareja. Por favor, le ruego que me siga.
—¿Dónde está Carmen?
—Señor…
—Ni señor ni hostias, dígame…
—Señor Barrena, como siga armando escándalo y no se calme, no me dejará otra opción que llamar a la policía, pero —continuó con una tranquilidad pasmosa—, si me promete que sabrá comportarse, le guiaré ahora mismo al lugar donde está su mujer.
—No estamos casados —mascullé mientras sostenía la mirada a ese hijoputa.
—¿Y bien? ¿Qué decide?
La escena era lamentable. Dos hombres: uno, yo, sudado y hecho un asco frente a otro jodidamente atractivo, altivo y con los suficientes cojones para plantar cara a alguien como yo.
A nuestro alrededor todos permanecían en silencio y el crío con el mal viaje había comenzado a potar en el macetero de una planta de plástico.
El doctor me miraba impertérrito, sin mover un músculo, esperando con paciencia una respuesta por mi parte.
Yo valoré las opciones y, a pesar de que lo que más deseaba en esos momentos era partirle la crisma a ese hombre, decidí que lo más sensato era agachar la cabeza, mostrar sumisión y pedir disculpas.
Por fin, el doctor me permitió ver a Carmen antes de explicarme los pormenores de sus lesiones.
Cuando la vi ahí tumbada, con la pierna derecha en alto y escayolada desde el tobillo hasta el muslo, una aparatosa venda en la cabeza y rodeada de cables y tubos, se me cayó el alma a los pies.
Lo único que rondaba mi cabeza era mover cielo y tierra para dar con el hijo de puta que le había hecho aquello a Pelo de Fuego.
—En estos momentos duerme debido a la anestesia, pero la idea es que vaya despertando en los próximos minutos y, según evolucione su recuperación, calculo que en una semana podrá estar de vuelta a casa.
—Está bien —dije, intentando controlar el temblor de mis manos.
—Vamos, le invito a un café y le cuento todo lo que deben hacer para que tengan una pronta recuperación tanto su mujer…, perdón, su pareja…
—No se preocupe. —Extendí mi brazo derecho apuntando a la puerta—. Después de usted.
El doctor Jaime Gutiérrez me explicó que Carmen presentaba lesiones en la tibia y el peroné de la pierna derecha, varios hematomas esparcidos por todo el cuerpo, y que, por suerte, el vendaje de la cabeza solo era para tapar una fea brecha en la frente, que como mucho dejaría una marca, pero no había supuesto lesión interna de ningún tipo.
—También tiene algo tocada la pelvis, nada grave, aun así, sentirá molestias unas semanas.
Va a necesitar cuidados prácticamente veinticuatro horas durante mes o mes y medio.
Deben adquirir una silla de ruedas, en un plazo de un mes o dos podrán ir sustituyéndola por unas muletas y de ahí poco a poco hasta volver a la normalidad.
El embarazo, como le dije por teléfono, está en su primer trimestre y, cuando llegue a la fase más incómoda para la madre, creemos que la señorita Ruiz podrá llevarlo de la mejor manera posible.
Hemos hecho un exhaustivo examen del feto y le puedo asegurar que su hijo está en perfectas condiciones.
—¿Es un niño?
—No, no. —El doctor levantó las manos a modo de disculpa—. Aún es pronto para saber el sexo del bebé, perdone por el malentendido.
—No, no pasa nada.
El sonido de alguien llamando a la puerta semiabierta del despacho del médico interrumpió nuestra conversación.
—Doctor, el señor Espinosa dice que no puede más con los dolores de estómago.
—Ahora mismo voy —dijo, solícito—. Me sabe mal, pero he de atender otros asuntos. Puede quedarse en la habitación de su pareja, no tardará en despertar. Dentro de un par de horas volveré a pasarme por allí para chequear que todo esté en orden, seguro será así, no se preocupe.
Cuando volví a la habitación, Carmen estaba despierta, llorando.
—Cariño —susurré, acercándome a ella y sujetándole su fría mano.
—Lo siento, lo siento mucho. Quería decírtelo, pero no estaba segura. Justo esta tarde iba a hacerme un examen y…
—No, no, amor. —Era la primera vez que la llamaba así—. Tranquila, no tienes que decir nada. Ahora lo importante es que descanses.
—Lo siento de verdad…
—Carmen, no lo sientas…
Y ahí le dije algo que, incluso hoy, me sigue sorprendiendo que saliera de mi boca, unas palabras de las que jamás me he arrepentido.
—Vamos a ser padres y eso es lo más maravilloso del mundo. ¿Quieres casarte conmigo?