Nadie saldrá de aquí 11. El ciego que todo lo ve
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11. El ciego que todo lo ve

El ciego que todo lo ve

Las dos y veinte, Salva. ¿Por qué no dejas que nos vayamos a casa?

No me digas que no os está gustando la historia. Sí, admito que nos hemos puesto un poco sentimentales, pero os prometo que todo lleva a una conclusión que acabaréis entendiendo.

¿Y por qué no nos cuentas directamente el final y nos ahorramos ese rollo, Barrena?

Por dos razones, querido Alfonso: una, porque quiero y porque llevo la pistola, y dos, porque me interesa que sepas la razón por la que esa copa que estás degustando por invitación del aquí servidor, será la última que te bebas en tu vida.

¿Me estás amenazando?

Si hay una cosa en la vida que no hago, esa es amenazar.

Ese día me levanté sin saber que iba a ser el último día de mi vida tal como la conocía.

La calle donde crecí y después acabé viviendo toda la vida, hasta nuestros tiempos, fue el ejemplo gráfico del paso del tiempo y del progreso de una sociedad.

Cuando era niño, el primer establecimiento a la derecha de mi portal era una ferretería a la que mi padre y yo acudíamos a comprar los materiales que necesitábamos para currar.

Antes de entrar en la cárcel, Juanjo —el dueño del negocio— se jubiló y vendió el local para tener un retiro dorado.

Creo que se mudó a la costa con la parienta y no volví a saber nada más de él.

La ferretería se convirtió en un todo a cien y a principios de los 2000 volvió a cambiar para dar paso a un bar que aún hoy perdura.

Porque de todos los negocios que uno puede abrir en este país de alcohólicos, el mejor, sin duda, es un lugar donde se pueda empezar a beber desde el desayuno.

Lo que pasó con ese establecimiento les ocurrió otras tantas veces —y más— a los más de seis bajos comerciales que existen en la misma manzana de mi casa.

He visto mercerías, fruterías, tintorerías, copisterías, el quiosco de las chuches, la pollería y un largo etcétera.

Pero hay dos negocios que han perdurado y se han mantenido impertérritos pese al paso del tiempo: la farmacia de Lola —ahora de la nieta de Lola— y la iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados.

Ubicada en la esquina de la calle Jacinto Benavente con Uría, la iglesia no es ninguna maravilla arquitectónica…

No vale un cagao, Barrena. Es fea de cojones y encima hace poco pintaron la fachada con un color marrón que espantaría hasta al mismísimo Dios.

No sea usted faltón, señor Fermín Valdés.

Le dijo la sartén al cazo.

La cosa es que a las puertas de la iglesia hay otro factor que permanece imperturbable en el tiempo, al menos así ha sido en los últimos veinte años. Una pareja de mendigos de lo más curiosa. Un negro llamado Tunde y su fiel escudero Joako.

—No tendrá una monedita que pueda darme, señor —me dijo el negro mientras tendía la palma de la mano para recibir algo que no iba a recibir.

—No, lo siento.

Así era la interacción que tenía con ese tipo, día sí, día también, cada vez que salía de casa e iba a por mi coche, que aparcaba en un aparcamiento público a dos calles de la iglesia.

Aquellos dos siempre hacían noche ahí, protegidos por una gran verja metálica oxidada y con el beneplácito del párroco, quien, con gran misericordia —así debía verlo él—, les dejaba dormitar a los pies de la parroquia con la condición de espantar a grafiteros y borrachos que se atrevieran a mear en la fachada.

La quinta vez que me crucé con aquel negro cambió el pedirme pasta por los buenos días y a la décima me sentí con la confianza de entablar la primera conversación.

—Buenos días.

—Buenos días —respondí, parándome frente a él—, ¿cómo te llamas, amigo?

—Tunde, señor. Pero puedes llamarme Paco o Francisco.

Tunde no pronunciaba bien las erres y tenía una especie de acento gabacho algo histriónico.

—No jodas, negro. ¿Y eso por qué?

—Me bauticé aquí, señor, y decidí ponerme el nombre del padre Francisco.

—Hostia, tío, esto es lo más raro que he escuchado en mucho tiempo, y mira que veo y oigo cosas extrañas todos los días —respondí, acordándome de las pervertidas peticiones de los ricachones a las chicas del Minerva—. ¿Y quién es ese?

—Ese es Joako, vino de Rumanía hace dos años y se quedó ciego trabajando para un tío en la construcción.

—¿Qué le pasó?

—Manipulaba una de esas sierras circulares, no me acuerdo cómo se llaman…

—Una amoladora.

—Eso, adoladora. El tío estaba cortando aluminio cuando la sierra se desprendió y le dio en los ojos.

—¿Ya estáis hablando de mí?

—Joder, pero si hablas un perfecto español. ¿Seguro que eres rumano? —pregunté riendo.

—Aprendo rápido y lo oigo todo, así que cuidado con lo que decís.

—Vale, vale. —Alcé los brazos con las palmas extendidas a modo de disculpa.

—No le haga caso, es un viejo gruñón y —comenzó a susurrar— está un poco loco. Sostiene que, a pesar de haber perdido la vista, sigue viéndolo todo.

—Vale —dije levantando los dos pulgares—. Y a ti te llamaré Tunde, me parece raro de cojones que alguien con tu aspecto se llame Paco.

—Como quiera, señor.

—Toma. —Saqué un billete de mil pesetas de la cartera—. Repartíos esto entre los dos.

—Gracias… —Tunde cogió el billete con una reverencia—. ¿Cómo se llama?

—Soy Salva, y haz el favor de tutearme.

Seguí mi camino, cogí el coche y llegué al Minerva para prepararme para un nuevo día.

—¿Qué tal, Barrena? —me preguntó Oliver, café en mano.

—Agotado. —Levanté el brazo y chasqueé los dedos—. Tú, Sanabria, haz el favor de prepararme un café.

—No soy tu chacha, Barrena.

—Como me lo tenga que hacer yo, te agarraré de ese cuello de avestruz desnutrida que tienes, te estamparé la cabeza contra la barra hasta que uno o dos dientes salgan disparados y después te los haré triturar para poder usarlos a modo de sacarina.

Eso sí, habrás salido victorioso de esta contienda, ya que no tendré más remedio que hacerme yo mismo el café.

—Gilipollas —susurró, mientras encendía la cafetera.

Oliver y yo nos quedamos observando cómo salía el espeso líquido marrón mientras Héctor, con la cabeza apoyada en la máquina, sujetaba el vaso para que no se cayera.

La cafetera era tan condenadamente vieja que todo vibraba a su alrededor.

No habían sido pocas las tazas que se habían roto y tampoco las collejas que Eloy le había dado a Sanabria cada vez que eso sucedía.

—Aquí tienes.

—Leche. Desnatada.

Héctor comenzó a servirme la leche, cabizbajo y con hartazgo, pero yo sabía que sus ojos eran de puro odio en esos momentos.

—Gracias. ¿Ves cómo podemos tener una relación cordial, si te esfuerzas un poquito?

—¿Mala noche? —me preguntó Oliver mientras Héctor continuaba secando los vasos.

Comenzamos a caminar para sentarnos en una de esas mesas que tan solo una hora antes habían estado ocupadas con clientes ávidos de una noche de pasión o de fantasías que no podían confesar ni al cura.

—No, no, al contrario.

—Así que el duro de Salvador Barrena se nos ha enamorado.

—Ni confirmo ni desmiento.

Di un sorbo a ese infecto café sin disimular la mueca de asco. Os prometo que es el café más malo que he probado nunca.

—¡Quién lo diría! —gritó Oliver—. ¿Cuánto llevas ya con ella?

—La verdad es que ni idea, ¿qué día es hoy?

—5 de septiembre.

—Joder, ya llevamos tres meses.

—Parece que ni tú mismo te lo crees.

—Es que no me lo creo. —Sonreí y me levanté como un resorte de la silla—. Venga, basta de cháchara. Héctor, el café está asqueroso, como siempre.

—¡Que te jodan!

—¡Ya lo hacen!… ¡Y de maravilla!

Levanté el dedo corazón mientras abandonaba la sala llena de neones y olor a lejía.

Mi nuevo reloj Breguet de esfera azul cobalto, con correa metálica gris, encargado expresamente a la casa y que me costó una cuantía de dinero que sobrepasaba con creces mi salario mensual base, marcaba las cuatro de la tarde cuando se oyó un grito de Héctor.

—¡Salva! ¡Una llamada para ti!

—¿Quién cojones es?

—Y yo qué sé, joder. O vienes o cuelgo.

Entré movido por la más primaria curiosidad.

—¿Sí? —dije con un extraño presentimiento.

—¿Señor Barrena?

No sé qué clase de mecanismo se activa en nuestro cerebro que hace que nos pongamos en alerta con solo escuchar nuestro nombre de boca de un desconocido a través del auricular de un teléfono.

—¿Quién es?

—Soy el doctor Gutiérrez, le llamo del Hospital Central de parte de Carmen Ruiz…

—¿Qué le ha pasado?

Mi cuerpo se tensionó y un sudor frío me recorrió las sienes.

—Disculpe, ¿es usted su marido?

—¡Cómo si lo fuera! ¿Qué coño importa eso ahora? ¿Qué mierdas le ha pasado?

—La señora Ruiz ha tenido un desvanecimiento al cruzar la calle con el semáforo en rojo. Un coche que circulaba a gran velocidad la ha arrollado. Será mejor que venga y le explicaremos todo.

—Pero ¿ella está bien?

—Es mejor que venga aquí.

—No me toque los cojones, doctor. ¡Responda a mi puta pregunta!

—Sí, sí, está estable y sedada. Hemos tenido que operarla por una fractura de pierna, pero aparte de eso y un par de moratones, todo parece estar perfectamente.

—Entiendo… —mentí.

—La buena noticia es que están bien y fuera de peligro y que todo ha quedado en un susto.

—¿Disculpe? ¿Cómo que están?

—Me refiero a su hijo, señor Barrena. El accidente no ha afectado al feto de su mujer.

—Hostia puta.