10. Una cena con postre
Una cena con postre
Llegados a ese punto, la vida me presentaba dos opciones: avisar a Natalia de lo que en realidad era su padre o hacer como si conmigo no fuera la cosa.
Decidí lo segundo.
Pasado el shock inicial, tomé la firme determinación de seguir disfrutando de aquel día de sol y barbacoa, y de la compañía de Carmen, quien acabó dándome su número de teléfono para que la invitara a cenar algún día. «Solos tú y yo», me dijo antes de despedirse.
—¿Has oído eso, Sanabria? El carapijo se nos ha enamorado. —Eloy había interrumpido una conversación que tenía con Oliver antes de que el club abriera.
—No me he enamorado ni hostias —dije, orgulloso—, solo la voy a llevar a cenar.
—Chico… —El Pastor se acercó arrastrando los pies y dejando una estela de su infame olor—. A todas las mujeres se las conquista de la misma manera: dinero, dinero y dinero. Ya si tienes un buen rabo…
Eloy comenzó a ahogarse en una risa que no fue secundada más que por Héctor Sanabria, un pervertido con la cara mal hecha, brazos y piernas delgadas y una tez enfermizamente blanquecina al que le gustaba espiar a las chicas a través de un agujero que había hecho en el baño.
Consumía su turno laboral entre cocaína y bebiéndose una copa por cada una de las que se dedicaba a servir detrás de la barra.
—Si tú lo dices…
Lo único que yo quería era salir a cubrir mi puesto y no continuar aquella lamentable conversación.
—Chico, chico, chico, no te vayas aún, joder. Mira, llama a este número y diles que quieres una mesa para dos en el patio central, al lado de la fuente. Si te ponen alguna pega les dices que llamas de mi parte.
Observé la tarjeta arrugada y amarillenta que Eloy me había dado. Guiseppe Ristorante, rezaba.
—«Juisepe restaurante» —leí con torpeza.
—«Juisepe», dice el carapijo. Me cago en todo, no sabes ni pronunciar un nombre en italiano. Se dice Guiseppe. —Eloy pronunció la primera sílaba de forma exagerada y con un gesto de la mano de lo más curioso.
Héctor rio de nuevo y me prometí romperle los dientes la siguiente vez que lo volviera a hacer.
—Barrena, te aseguro que si llevas a ese chochito a cenar ahí, le quitas las bragas esta misma noche.
Recogí a Carmen en su casa, en la calle Hernán Cortés, 30.
No había podido resistir la tentación y tampoco quería alargarlo mucho, así que me decidí a llamarla esa misma tarde.
El edificio databa de finales de los ochenta y el barrio, aunque humilde como este, presentaba un aspecto más renovado.
Al lado de su portal había una peluquería y una tienda de menaje del hogar, mientras que en el otro lado de la acera comenzaba a llenarse dos bares, uno de tapas de toda la vida y el otro de fusión asiática.
«Son como una plaga», pensé mientras pulsaba el botón del telefonillo donde estaba impreso el piso 1. º C.
—¿Sí?
—¿Carmen? Soy yo, Salva.
—¡Ahora bajo!
Me quedé esperando con las manos en los bolsillos del pantalón beige que había comprado unas horas antes; un polo color blanco, unas alpargatas azul marino y un cinturón del mismo color completaban mi vestuario para la cita.
Me percaté de que en aquella zona no pasaban tantos coches como solían hacerlo en el barrio donde crecí, y que el habitual sonido de las bocinas de los coches y el polvo que levantaban habían sido sustituidos allí por una calle semipeatonal y alguna que otra zona verde.
—Siento la tardanza —dijo una voz a mi espalda.
Mi cuerpo se paralizó y, si en aquel momento me hubieran hecho un electroencefalograma, habría mostrado que mis conexiones neuronales habían dejado de funcionar casi por completo.
Si al natural, sin maquillaje ni abalorios, Carmen Pelo de Fuego había demostrado ser una mujer bella, con aquel vestido negro de lunares blancos estaba en verdad extraordinaria.
Se había maquillado, pero no mucho, su pelo lucía unos tirabuzones que le caían por los hombros tan suavemente como la seda deslizándose entre los dedos en una noche de verano, y sus ojos verdes mostraban un brillo que no había percibido dos días antes en la piscina.
—¿Adónde te has ido? Porque parece un lugar increíble —dijo burlándose.
—Perdona… —me disculpé—. Estás preciosa.
—Gracias —dijo sonriendo y ruborizándose un poco—, tú también estás muy guapo. Nada que ver con el modelito de los Lakers.
—¿Y mejor que en pelotas?
—Es demasiado pronto.
—Lo siento, no pretendía…
—Es demasiado pronto para afirmar o negar esa pregunta, quería decir —aclaró, sacándome la lengua—. Bueno, ¿me vas a llevar a algún sitio o la cita es en el portal de mi casa?
He de admitir que el muy cabronazo de Eloy tenía razón. El restaurante era tan selecto que impresionaba y quedé de puta madre con Carmen.
—¿Y cuáles son las aspiraciones del señor Barrena en la vida? —me preguntó en el postre, dos botellas de vino después.
—¿Ya vamos a pasar a las preguntas profundas?
—Sí, creo que ya estamos en ese punto de la cita…
Noté su pie rozando el mío.
—Bueno, en tal caso… —Apuré la copa de vino y la dejé dramáticamente sobre el fino mantel blanco—. Supongo que mis aspiraciones son las de cualquier hombre: tener un buen trabajo, no pasar apuros económicos y, tal vez, formar una familia.
—¿Tal vez? —preguntó Carmen con un rubor en sus mejillas fruto del alcohol.
—Sí, creo que sí.
—Tal vez, crees… No hacía al señor Barrena un hombre dubitativo.
—Deben de ser los ojos de la señorita Ruiz, que me desconcentran.
—Bueno, bueno, zalamero. Todavía no me has dicho a qué te dedicas.
Ya desde la barbacoa en casa del ministro putero había sido sincero con ella.
Si algo he aprendido en la vida es que hay que ir siempre con la verdad por delante, porque la vida se encarga de darte por culo exponiendo tus peores secretos.
Así pues, cuando estábamos apurando el último trozo de tiramisú, Carmen ya sabía casi todo lo que os he contado a vosotros en la última hora y media.
—Hablando de eso, ¿te ves trabajando en el Minerva toda la vida?
—¡No, desde luego que no! Solo que, de momento, es una buena fuente de ingresos. A ver cómo crees que se va a pagar esta cuenta.
—¿Piensas que yo no puedo pagarla?
—¡Oh! —exclamé fingiendo culpabilidad. Ya me había acostumbrado a su particular sentido del humor, que, en la mayoría de los casos, consistía en hacerse la víctima para ponerme en un brete—. Sé perfectamente que puedes pagar esto e incluso el helado de nuestro paseo de después.
Carmen era veterinaria y había abierto su propia consulta gracias al dinero que le dejó en herencia su padre, fallecido hacía tres años.
—Pero qué clase de caballero sería yo si dejara a una mujer como tú pagar la cuenta.
—En eso te doy la razón. ¿Sabes? —dijo agarrando mi mano—, me ha parecido muy tierno que hablaras de que quieras formar una familia.
—Tú me has preguntado y yo te he respondido. Ahora te toca a ti.
—Bueno, pues yo, si pudiera elegir, con un niño me vale. Quiero formar una familia, pero que tampoco me consuma mucho tiempo. Me encanta mi trabajo, soy mi propia jefa, que con mi edad y como mujer ya formo parte de una especie exótica en esta sociedad misógina.
—Te las apañas bien.
—El culpable de eso fue mi padre, siempre me trató como si hubiera tenido un hijo. «Actúa y piensa cómo lo haría un tío y esos cabrones nunca te ningunearán», solía decirme cada vez que llegaba del colegio llorando porque un chico se había metido con mis tetas.
—¿Disculpa? —pregunté. No sabía si reír o permanecer serio.
—En el colegio fui de esas niñas a las que les creció el pecho antes que al resto de sus compañeras, y, claro, eso era motivo de burla para los chicos.
—Sí, pero eso dura muy poco, luego todos irían detrás de ti.
—Eso no quita que durante un tiempo convivir con aquellos pequeños neandertales no fuera agradable. Sin contar a las chicas, que pueden ser más cabronas que ellos.
—Eso también es verdad —admití—. ¿Cómo falleció tu padre?
—Bueno…, en realidad fueron los dos a la vez.
Murieron en un accidente de tráfico. Mi padre era cirujano y mi madre, enfermera.
Se conocieron cuando estudiaban y acabaron trabajando en el mismo hospital.
Cada vez que sus horarios coincidían, volvían juntos del trabajo.
El 16 de noviembre de 1991 un borracho se saltó el semáforo en Cuatro Caminos y chocó lateralmente con el coche donde ellos viajaban.
Ninguno de los dos llevaba el cinturón de seguridad puesto y ambos acabaron tirados en mitad de la carretera. Murieron en el acto.
Carmen, que había mantenido su mano derecha bajo la mía todo ese tiempo, cogió la servilleta y se limpió la pequeña lágrima que comenzaba a asomar por su ojo derecho.
—Lo siento mucho, Carmen.
—No, no quiero amargarnos la cena. —Sacudió su cabeza como para alejar los malos recuerdos—. ¿Me ha parecido escuchar helado y paseo hace un momento?
Pagué la cuenta y salimos a la cálida y agradable calle de aquel día de principios de verano.
—El helado lo paga usted, señora veterinaria. Me gusta de vainilla y chocolate —dije rodeándola por la cintura.
Aquella noche hicimos el amor por primera vez y, mientras ella dormía emitiendo un suave ronquido, supe que aquella mujer iba a ser la más importante de mi vida.