9. Un día de piscina #3
Salí de la habitación sonriendo como un adolescente y volví al jardín.
Me quedé en el porche observando a la fauna que allí se encontraba y reparé en que Marcos estaba hablando con un hombre con sobrepeso, calvo, con gorra y sin camiseta, quien, en ese momento, daba la vuelta a la carne de la barbacoa.
—Eso huele que alimenta. —Me acerqué a Marcos y al hombre orondo portando una cerveza para cada uno—. He pensado que por aquí necesitaríais rehidrataros.
—Y has pensado bien —dijo Marcos—. Te presento a Germán. Germán, él es Salvador, un viejo amigo de la infancia.
—Puedes llamarme Salva —dije, solícito, ofreciendo mi mano para que la estrechara.
Tenía la mano grasienta, fuerte como las garras de un oso y la piel brillaba más que la de un hipopótamo.
—No te queda nada mal el modelito —dijo Marcos—, puedes devolvérmelo otro día. O no, quédatelo directamente.
—¡Esto ya casi está! —gritó Germán. Su voz era sorprendentemente aguda para el tamaño que tenía.
La mesa lucía espectacular: platos y vasos de plástico, más de diez cestas de pan y otros tantos platos de jamón recién cortado.
—¿Vas a ponerte a mi lado?
Pelo de Fuego me miraba con una sonrisa encantadora. Al sol, sus ojos adquirieron un tono verde zafiro brillante y precioso.
—Si no hay más remedio… —Miré a mi alrededor simulando que buscaba otra silla libre.
—Ya lo siento por ti, entonces —dijo Pelo de Fuego sentándose en la silla y dando un trago a su copa de vino.
—¿Ya conocías a Carmen, Salva? —preguntó Natalia con curiosidad.
—Con demasiado detalle, diría yo. —Carmen hizo una mueca y sonrió a su amiga.
—¡Oh! Así que ha sido él… —Natalia se llevó las manos a la boca para contener una carcajada.
Sentí que me ruborizaba al ver cómo aquellas dos mujeres —bellezones— se reían de mis partes pudendas.
—¡Natalia, ven! —gritó Marcos desde el otro lado de la mesa.
—Debo irme. Aquí servidora debe hacer un brindis de apertura. Ya sabes cómo es mi padre.
Carmen despidió con un gesto y una sonrisa a Natalia, que se dirigió corriendo al lado de Marcos.
—¿De qué conoces a Natalia? —pregunté, aún con dudas de si sentarme o no en la silla junto a ella.
—Fuimos compañeras en la universidad.
—Una escueta respuesta.
—Siéntate, bebe un trago de cerveza, disfruta de este maravilloso sol y de mi compañía, y te contaré todo lo que quieras saber.
—Muy segura te veo de ti misma.
—Y siempre acabo saliéndome con la mía —dijo levantando las cejas y haciéndome ver que me había sentado sin darme cuenta.
—Interesante… Me gusta. Salvador Barrena, treinta y cinco años, soltero.
La mujer rio con un sonido armónico y agradable.
—Carmen, soltera y es de muy mala educación preguntar por la edad de una mujer. Pero te diré que tengo cuatro años menos que tú.
—En ningún momento me planteé preguntarte la edad.
—Perfecto. —Carmen levantó su copa para brindar—. Y tú, ¿de qué conoces a Marcos, Salvador Barrena?
—Puedes llamarme Sal…
El tintineo de Natalia haciendo chocar un cubierto contra una copa interrumpió nuestra conversación.
—¡Un momento, por favor! —gritó Natalia—. Solo quería decir unas palabras antes de empezar este maravilloso menú que nos han preparado los hombretones que tenemos aquí presentes al mando de mi querido Germán. Como bien sabéis, hoy estamos para celebrar la inminente jubilación de mi padre…
¿Sabéis qué es la teoría de los seis grados de separación?
Cuando estaba en la cárcel y leer libros era lo único que podía hacer para evitar trifulcas y episodios innecesarios en las duchas, llegó a mis manos un curioso libro.
Más que un ensayo o una novela, se trataba de un cuento escrito por un autor húngaro llamado Frigyes Karinthy.
Pues bien, en él se exponía esta teoría, que en lo esencial dice que cualquier persona en el mundo puede estar conectada con otra a través de una cadena de conocidos que no supera los cinco intermediarios.
¿Qué cojones estás diciendo, Barrena?
Tranquilo, que ahora te lo explico mejor.
Imaginad que aquí nuestro amigo Lázaro es un vendedor ambulante en una pequeña ciudad.
Este vendedor trata a menudo con el dueño de un quiosco del barrio, el quiosquero es cuñado de un periodista que trabaja en un medio nacional, este periodista ha entrevistado a un cardenal influyente en el Vaticano, el cardenal mantiene una relación cercana con varios miembros de la curia romana y uno de ellos es asesor directo del papa.
En solo unos pocos eslabones, hemos vinculado a Lázaro con el papa.
Pues bien, esa movida que parece sacada de la Biblia, de lo rebuscada que es, fue una de las bases por las que se creó el puto Facebook, y cuya validez algunos años antes yo mismo pude comprobar, aquel caluroso día de junio…
—Como bien sabéis, hoy estamos para celebrar la inminente jubilación de mi padre, el ministro Ortega, o simplemente Luis…
—Venga, no me jodas.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Carmen mientras Natalia continuaba con su discurso, que me fue imposible seguir escuchando—. Te veo un poco pálido.
—No, nada, nada —mentí.
Porque, en realidad, mi cabeza no podía parar de pensar en la idea de que el padre de la esposa de mi mejor amigo es un putero y un capo de la trata de mujeres. «Me cago en el puto Frigyes Karinthy», pensé.