Nadie saldrá de aquí 9. Un día de piscina #2
30%

9. Un día de piscina #2

—¿Ves a ese tipo de ahí? —me preguntó Marcos señalando a un hombre de metro sesenta, panzón y con la apariencia de quien se niega a admitir que la calvicie se abre paso sobre su cabeza—.

Se llama Facundo, se ha hecho de oro a base de alquilar pisos en la playa.

A finales de los setenta compró un terreno cerca de la costa, que los expertos del momento consideraban que no tenía futuro por encontrarse cerca de un polígono industrial y una fábrica de celulosa.

Siguiendo un instinto que él mismo califica de «infalible», se gastó hasta la última peseta de la herencia que le había dejado su padre.

El tiempo y, sobre todo, la expansión urbana, unido con el boom turístico que vivimos, le han hecho de puto oro.

Además, hace tres años demolieron la vieja fábrica y construyeron un centro comercial. Negocio redondo.

Marcos dio un largo trago a la cerveza, aplastó la lata y la dejó sobre una mesa alta, donde había un cuenco que hacía las veces de cenicero.

—Joder con el viejales.

—Lo más cachondo es que nunca imaginarás cómo se apellida.

—¿Cómo?

—Casas. Se llama Facundo Casas.

—Estás de coña.

Ambos reímos y yo apuré la cerveza.

—Veo que estabas sediento.

Marcos me dio un golpe en la espalda y me llevó de vuelta al cubo.

A lo lejos, junto a una barra donde un tipo cortaba jamón, observé la figura de un hombre impulsando a un niño pequeño que gritaba de alegría sobre un columpio.

—¿De qué me suena? —susurré.

—¿Qué has dicho? —preguntó Marcos.

—¡Salva! —exclamó Natalia saliendo de la puerta de la cocina. Llevaba en la mano un bañador azul con motivos florales y una camiseta de Los Ángeles Lakers—. Mira, he encontrado esto en el armario. Era de cuando Marcos pesaba unos kilos más, así que creo que te valdrá.

—¡Cariño!

—¿Qué? —dijo, juguetona— Ahora estás estupendo y debes presumir de ello.

—Natalia, muchas gracias, pero de verdad que estoy bien así.

—Insisto, esto es una fiesta de barbacoa con piscineo, así que no hay discusión.

La verdad que era imposible decirles que no a esos ojos.

—Venga, ya te digo yo dónde puedes cambiarte —añadió Marcos, solícito.

Entramos en la casa y, joder, ¡qué casa!

El puto salón era más grande que este antro, tíos.

Suelo entero de mármol, alfombras persas espectaculares, trofeos en forma de cabeza de ciervo en las paredes, una gran chimenea…

Los sofás, joder, los sofás. Nunca los había visto tan grandes, de cuero negro y llenos de cojines de varios colores y tamaños.

¡Y la tele! Deberías haber visto ese televisor.

Joder, no sé cuántas pulgadas tendría ese bicho, pero era como estar en el cine.

Seguí a mi anfitrión hacia unas escaleras de madera recién barnizada con una barandilla metálica con motivos florales.

Cuando subía por ella me crucé con otro tío al que Marcos saludó con el movimiento de cabeza típico que queda lo suficientemente educado, pero que lleva el mensaje implícito de que no se va a entablar conversación alguna.

Arriba me esperaba un gran pasillo con cuatro puertas a cada lado.

—Es por aquí —dijo Marcos mientras abría la segunda puerta a la derecha.

—Joder, ¡qué casoplón, cabrón! Te ha tocado la lotería.

—Bueno, es la casa de mi suegro, aguantarle es el precio que pago por tener ciertas ventajas.

—Me cago en la puta, Marquitos, esto es cojonudo. Si esa cama es cuatro veces más grande que la mía.

—Sí, supongo que sí. —Noté cómo se ruborizaba y daba dos pasos hacia atrás—. Te dejo que te cambies tranquilo; para volver al jardín es por donde hemos subido.

Marcos cerró la puerta dejándome solo en una habitación tipo suite con suelo de parquet y muy luminosa. El justiciero sol se filtraba por unas finas cortinas de color blanco, pero gracias a un potente aire acondicionado, la estancia permanecía a unos agradables veintitrés grados.

Tiré el bañador y la camiseta sobre la cama y comencé a desnudarme mientras seguía curioseando todo lo que había mi alrededor.

Colgado en la pared distinguí el retrato de Natalia cuando era una cría, cuando todos lo éramos.

Un cuadro de tiempos que nadie sabe decir si fueron mejores o peores, porque cada momento tiene sus luces y sus aristas.

El sonido de la puerta al abrirse de golpe interrumpió mis pensamientos y me pilló con el bañador todavía por los tobillos.

—¡Perdón, perdón!

Era una mujer de pelo rizado, rojo como el fuego, una nariz respingona rodeada por finas pecas y unas mejillas sonrojadas por el sol.

—Disculpe, estaba buscando el baño. Esta casa es un lío.

—Eso está muy bien, pero lo normal es irse y cerrar la puerta cuando alguien pilla a un desconocido en pelotas —dije riendo.

Los años en la cárcel me habían hecho perder cualquier tipo de pudor.

—¿Cómo?

—Que sigue ahí plantada, mirándome, y yo estoy desnudo.

—Oh, no… No le estoy mirando…, no…, disculpe.

La inesperada voyeur cerró la puerta de golpe.

Mientras me subía el bañador noté que aquella mujer apoyaba su espalda en la puerta cerrada.

—Perdone —oí que decía a través de la puerta—, ¿sabe dónde está el baño?

—Ni idea, llevo en esta casa veinte minutos —dije gritando—, pero si espera diez segundos termino de vestirme y puede entrar. Esta habitación tiene un servicio.

—Vale.

Acabé de vestirme rápidamente y volví a abrir la puerta.

—Lo siento, de verdad.

—No pasa nada, mujer. Tampoco habrás visto nada que no hayas visto cientos de veces.

—¿Me ves cara de fulana?

—No, no —aclaré, tratando de contener la risa—, me refiero a que ambos somos adultos y no podemos convertir un desnudo en algo importante.

—Ah, bueno.

Pelo de Fuego entró en la habitación con paso firme y decidido. Llevaba un fino y bonito vestido color coral que le cubría hasta las rodillas y unas chanclas a juego. Me quedé observando su figura hasta que desapareció tras cerrar la puerta del baño con delicadeza.

—¿No vas a marcharte? —Su cabeza asomó por una pequeña apertura de la puerta.

—¿Cómo?

—Bueno, no pretenderás que orine sabiendo que tú estás al otro lado de la puerta.