Nadie saldrá de aquí 9. Un día de piscina
28%

9. Un día de piscina

Un día de piscina

Lázaro, tú eras ingeniero, ¿no?

Así es, Salva. Jubilado.

¿Cuál crees que es la velocidad de una bala?

Soy ingeniero de caminos, macho. Como comprenderás, no tengo ni pajolera idea de la velocidad de una bala.

¿Eres el responsable de que las carreteras estén hechas un asco?

En todo caso sería el responsable de las carreteras en sí… El paso del tiempo y la falta de mantenimiento son los culpables de su estado. Pero no, Barrena, lo mío eran más trabajos de consultoría que otra cosa.

Joder, qué puto coñazo sois los ingenieros. Aburrís a las ovejas y sois los más capullos de los capullos.

Fermín, ¿tienes que ser faltón en absolutamente todo esta noche? Me estoy arrepintiendo de que la bala de antes no te haya dado en las pelotas, maldito viejo cascarrabias.

«El paso del tiempo es el culpable del estado de las carreteras».

Una frase demasiado profunda para alguien que ha dedicado su vida más a la frialdad de los números que a la filosofía.

Pero, bueno, solo hay que ver nuestro propio estado para ser conscientes de que nuestras horas en esta tierra están contadas, ¿verdad?

Manda cojones que tú insinúes nada sobre nuestro estado físico, Barrena. ¿No te has mirado en el espejo? Estás hecho un guiñapo.

No voy a negar que la vida me ha llevado por ingratos derroteros, pero, bueno, es así de puta.

El trabajo era sencillo: tener control de quién entraba y quién salía, y mantener el orden si la cosa se desmadraba.

Tal y como me dijo Eloy, el ambiente era por completo opuesto entre la noche y el día.

Mientras que después de la puesta del sol el público se componía de camioneros, obreros, casados, viudos y púberes que intentaban engañar al personal con sus carnets falsos, mi turno estaba conformado por hombres elegantes, muchos de ellos con escolta, y con mucho mucho dinero.

—¿Ves ese que está entrando? —preguntó Oliver, un maromo de dos metros de altura que se encargaba de controlar el cotarro en el interior del Minerva—. Es el ministro Ortega, suele venir aquí puntualmente todos los miércoles y domingos.

—Entiendo…

—Nunca repite, al hijo de puta le gustan los juegos extremos y no son pocas veces que deja a las chicas marcadas. Y ya sabes lo que le jode eso al jefe.

—¿Y por qué no le han echado?

—El señor Luis Ortega no es «solo» ministro —Oliver hizo el signo de comillas con sus dedos—, también es el que ayudó a levantar este lugar y el que puso en contacto al señor Vogel con los proveedores del «material» —sentenció.

El ganado, como diría Eloy —o el material, como lo calificaba Oliver—, también era muy distinto en los distintos turnos. «En las noches tenemos putas y al mediodía auténticas diosas», me dijo el Pastor después de reírse de mi apurado afeitado y mi corte de pelo.

Los empleados del Minerva teníamos totalmente prohibido interactuar más de lo necesario con las trabajadoras y, por supuesto, eso incluía no intimar con ninguna de ellas.

Esto no me supuso en absoluto un problema, mi experiencia con Rosa había sido suficiente para comprender que una puta era lo último que necesitaba en mi vida.

Los días se transformaron en meses y, por fin, me sentía a gusto conmigo mismo.

Tenía trabajo, coche y dinero. El sueldo no estaba mal, pero ayudar a ricachones llevándolos a casa, siendo discreto con sus escarceos y proporcionándoles alguna que otra ayuda de diverso tipo, daba como resultado suculentas y generosas propinas.

En tres meses de curro había conseguido acumular unos ahorros que me permitirían vivir tranquilo durante bastante tiempo, en caso de que algo se torciera y me quedara sin trabajo.

Lo primero que hice con mi primera mensualidad —Eloy me la entregaba en un sobre cada primero de mes— fue renovar todo mi armario.

Me deshice de todos los vaqueros, todas las camisetas y hasta de los calzoncillos.

Me convertí en un puñetero pijo, es decir, en todo lo que yo antes aborrecía.

Un día era un exconvicto aparentando el doble de edad de la que en realidad tenía y otro el espejo de mi baño me reflejaba vestido con unos chinos azul marino, un polo de marca blanco, un Rolex y unas gafas de sol Ray-Ban.

Una de las mayores y más vomitivas mentiras es esa frase que dice: «El dinero no da la felicidad».

Mis cojones. El dinero te genera una cantidad de dopamina hasta el punto de que tu cerebro llega un momento que piensa que va a entrar en coma.

Sobre todo cuando está acostumbrado a vivir al día y con el agua al cuello.

Pero lo que da el dinero, sobre todas las cosas, es una seguridad en uno mismo de la hostia.

Todo lo que antes no hacías por miedo o vergüenza, por el qué dirán o porque te han dicho que es imposible, te la pela lo más fuerte.

Y mira que yo no era un millonario, pero con ganar lo que ganaba para mí era más que suficiente.

Un caluroso día de junio de 1994, tres meses después de nuestro reencuentro en el 27, decidí llamar a Marcos.

—¡Coño, Salva! Ya pensaba que habías desaparecido otra vez.

Hice caso omiso de la pulla y la encajé con deportividad.

—Sí, es que he estado liado…

—Bueno, me alegro de que me hayas llamado. Este sábado hay una comida en casa de mis suegros. Viven en un chalet a las afueras, con piscina, barbacoa… Vendrán algunos amigos. ¿Te apetece acompañarnos?

El Barrena de hacía unos meses habría dicho que no, que eso de socializar con mucha gente no era lo que buscaba, que estaba en un momento en el que prefería sitios poco concurridos y una buena y tranquila conversación.

Pero, como os he dicho, era un hombre nuevo.

Me presenté en su casa con dos botellas del mejor vino y una caja de bombones para Natalia.

La casa era imponente, con una verja de dos metros que la cercaba y un sinfín de cámaras de seguridad vigilando el perímetro.

Llamé al timbre y de inmediato un estruendo sobre la puerta metálica hizo que diera un respingo.

Unos ladridos de lo que se intuía un puto dóberman parecían advertirme de que su bienvenida no iba a ser precisamente con lametones.

—Lorenzo, cállate de una vez, pesado.

¿Lorenzo? El puto perro se llamaba Lorenzo, ¿os lo podéis creer?

Cuando la puerta se abrió reveló a una mujer despampanante con un pelo de oro, blanca como la leche y con unos ojos azules como los de…

—¡Salva! ¡Qué alegría!

—Natalia, estás…

Buenísima, espectacular, bellezón…

—¿Estoy? —dijo riendo y exhibiendo unos perfectos y blancos dientes.

—¡Cuánto tiempo! —grité para cambiar de tema.

—Ya te digo yo que sí. Pasa, por favor, bienvenido.

Natalia me guio por un sendero de piedras que conducía a unas escaleras de ladrillo que llevaban a una regia puerta blanca.

Sus caderas tenían un ritmo hipnótico. Lucía un pareo blanco que dejaba entrever un biquini rosa, y por encima, una camiseta de tirantes azul claro que apenas lograba disimular la firmeza y el tamaño de sus pechos, que captaban la atención de propios y extraños.

Después de pasar un sobrio recibidor, llegamos a una cocina con una inmensa isla central, donde se encontraba el fregadero.

—Os he traído un poco de vino y estos bombones para ti. Bueno, para ti o para a quien le gusten —balbuceé.

—No hacía falta, pero es todo un detalle, Salva. Muchas gracias.

Natalia cogió la bolsa en la que llevaba los vinos y sus dedos rozaron los míos; la descarga que provocó el roce me recorrió de arriba abajo todo el cuerpo.

—Vamos, la gente está en el jardín. ¿Has traído bañador?

—Eh…, no, la verdad es que no caí.

—¿Marcos no te dijo que había piscina?

—Mmm…, no, no lo recuerdo. O, bueno, puede que sí y que yo lo olvidara.

Es acojonante cómo una mujer puede convertir a un hombre en un niño. Y más si está tan buena como Natalia Ojos Azules.

—Bueno, seguro que apañamos algo. Marcos y tú sois parecidos. Aunque, ahora que te veo bien, estás bastante más en forma que él. ¿Vas al gimnasio?

—¡Salva! ¿Qué pasa, tío? —Marcos interrumpió una conversación que comenzaba a adquirir aires de coqueteo.

—Hola, Marcos. Muy bien, y tú, ¿qué tal?

—Bien, bien.

—Marcos, no le dijiste a Salva que trajera bañador. —Natalia regañó a su marido en tono de broma.

—¿No te lo dije? Vaya, perdóname.

—No, no te preocupes. No pensaba bañarme ni nada, aunque la piscina tiene buena pinta —dije mientras dirigía mis ojos al gran ventanal de la cocina, que daba a un cuidado y verde jardín al fondo del cual había una piscina más pequeña de lo que pudiera parecer, dado el tamaño de casa.

—¿No te vas a bañar? Pero si estamos a treinta grados. Tú espérame aquí, que Marcos te dé una cerveza mientras yo busco a ver si te puede valer algún bañador.

Natalia desapareció contoneando su generoso pandero mientras Marcos me sujetaba el brazo para llevarme a la zona de las cervezas. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que el jardín estaba bastante atestado de gente.

—Sé lo que estás pensando. ¿De dónde coño y por qué hay más de cuarenta personas aquí? Y la respuesta es: por la inminente jubilación de mi suegro.

Marcos cogió una lata de cerveza de un cubo lleno de hielos y me la ofreció.

—Gracias. La verdad es que cuando me dijiste que iba a haber algunos amigos tuyos no me esperaba algo tan… grande.

—Ya, lo siento. Natalia dice que tiendo a dar la información a medias a la gente.

—Bueno, razón no le falta —dije riendo y chocando la lata de cerveza con la suya.

Nos quedamos callados mirando a la fauna de alrededor. Dentro de la piscina, una pareja joven jugaba con una pelota de playa. Sentada en las escaleras, hablando por teléfono, una mujer de unos cincuenta años mantenía lo que parecía una acalorada discusión con alguien llamado Ernesto.