Nadie saldrá de aquí 8. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda
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8. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda

—Como se siga moviendo le voy a hacer una perforación en las pelotas —gruñó un hombre de mediana edad, engominado y emperifollado.

Después de su soflama grandilocuente, Eloy Rivas me hizo entrega de lo que él calificó como «la Santísima Trinidad del buen guardián», que consistía en un teléfono móvil y un coche.

«La tercera cosa, y más importante, la encontrarás en esta dirección», dijo entregándome una tarjeta donde estaba serigrafiado en letras doradas y con relieve el nombre de Savile, un local que había abierto a finales de los ochenta y que frecuentaba la jet set nacional.

Su nombre hacía honor a Savile Row, conocida por ser la calle de los sastres en Londres.

—Lo siento, es la primera vez que me hacen un traje a medida en mi vida —dije tenso como si me hubieran metido un palo por el culo.

—No hace falta que lo jure.

El mariposón tenía un acento inglés que tiraba para atrás y que le hacía aún más petulante.

—¿Falta mucho?

—No, ya está.

Steve —así rezaba la placa dorada que lucía en la solapa de su traje a rayas— se levantó después de colocar el último alfiler en mi pernera derecha y se puso unas pequeñas y ridículas gafas.

—Mister Rivas me ha dicho que usted necesita tres trajes completos, cuatro camisas de lino blancas, dos chalecos, uno en azul zafiro y otro negro, para que tenga un poco de variedad.

También necesita cuatro corbatas negras y tres pares de mocasines.

Además, me ha dicho que puede usted seleccionar el reloj que más le guste.

Encontrará una selecta variedad en nuestro mostrador. Ah, y también dos tres cuartos.

—Eh… ¿cómo?

—También me ha dicho que tiene vía libre para elegir dos pares de gemelos y otros tantos pañuelos.

—A ver, a ver, Steve, ¿crees que puedo pagar un traje?

—Oh, no, señor, sé perfectamente que no puede, pero Savile trabaja codo con codo con mister Klaus Vogel y todo irá a su cuenta, señor.

—¿Me estás diciendo que puedo comprarme lo que me dé la gana?

—No, señor. Solo lo que hay escrito en esta lista que tengo aquí y le acabo de leer.

Tíos, os juro que nunca en mi vida me había sentido tan fuera de lugar. Recuerdo haberle dado vueltas al concepto de tres cuartos un buen rato.

Lázaro, ¿qué es un tres cuartos, a ver?

¿Y yo qué cojones sé, Salva? ¿Me ves con pintas de haber llevado una puta camisa en la vida?

Mejor no digo la pinta de qué tienes. ¿Y tú, Fermín? ¿Alfonso?

Es un puto abrigo que llega más o menos a la altura de las rodillas, Barrena.

¡Ding, ding, ding, ding! ¿Veis, cabrones?

Rafa es un tío estudiado, con mundo. En efecto, es un abrigo muy propio para llevar en sitios formales, queda cojonudo con traje y haría de cualquier mindundi todo un señor.

Incluso tú, Fermín, con ese cuerpo de heroinómano que te gastas, podrías follarte a alguna esta noche sin pagar.

Te voy a hacer cagar los dientes, Barrena.

Eso querría verlo yo.

—Mira, tío —dije, tratando de parecer indiferente y simular mi analfabetismo en todo el asunto—, ¿por qué no eliges todo por mí y santas pascuas?

—Claro, señor. Así se hará, señor.

—¡Deja de llamarme «señor», hostia! Me estás poniendo de los nervios.

—Imposible, señor. Son las normas de la casa.

—Bueno, entonces ya está, ¿no?

—Sí, pero antes necesito que me dé unos datos. —Steve se acercó al mostrador y sacó una ficha y una pluma que tenía pinta de costar lo mismo que un traje—. Por favor, cámbiese y deje todo lo mejor colgado posible, con cuidado de que no se salte ningún alfiler.

Me costó sangre y sudor cumplir esa sencilla orden. Estaba cagado por miedo a joderla y tener que volver a ponerme en manos de aquel personaje. Cuando salí, vi que tenía una funda en su regazo y una sonrisa que me provocó un escalofrío en todo el cuerpo.

—Aquí tiene un traje provisional para que pueda ir a trabajar. Necesito que apunte aquí su dirección completa. Mañana a mediodía le entregaremos todo lo que ha comprado.

Cogí la funda con miedo a que se me cayera al suelo.

—¿Sabe de alguna tintorería? —me preguntó—. Le recomiendo Laund&Co.

«¿Por qué todo tiene nombres guiris?», pensé.

—Llevamos colaborando años con ellos y están acostumbrados a lidiar con el tipo de manchas que pueden producirse en el ejercicio de su trabajo.

—¿Qué clase de manchas? —pregunté con genuina inquietud.

—Manchas, señor.

Se quedó mirándome, sonriendo, sin decir nada más. Coño, ni siquiera pestañeaba y sus ojos azules parecían que penetraran en mi alma. Rellené el formulario con mis datos y dirección, y salí echando leches de ahí.

—Que tenga buen día, señor.

—Igualmente —mentí.

—¿Señor?

—¿Qué?

—¿Me permite un consejo?

—¿Cómo no? —mascullé a regañadientes.

—Debería pasarse por un buen barbero. Por mi experiencia, en el club Minerva se prefiere un look…, bueno, más sofisticado, señor.

—¿Look?

—Aspecto, señor.

Giré sobre mis talones y observé a la figura que me devolvía la mirada. Tenía el pelo largo, grasiento y rizado, y una barba de cuatro días en la que asomaba alguna que otra cana.

—Lo he pensado mejor. Me la pelan tus consejos.