Nadie saldrá de aquí 7. Rebaño de ovejas #3
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7. Rebaño de ovejas #3

Danny DeVito se agachó para abrir el cajón y sacó un cigarrillo que encendió mientras yo me debatía entre matar a ese hijo de puta o simplemente darle la paliza de su vida.

—A ver, no eres panchito ni moreno, así que eso es un punto a favor. Se te ve en forma y eres joven… Bueno, ¿cuántos años tienes?

—Treinta y cinco.

—¿Sabes pegar?

—Estás a punto de descubrirlo.

El hijoputa se atragantó con el humo del cigarrillo por culpa de un repentino ataque de risa. Ese cabronazo estuvo dos minutos alternando risa y tos, hasta que su cara adquirió un preocupante tono violáceo.

—Tienes cojones, eso hay que admitirlo —dijo, tras recuperar el aliento.

Me notaba el pulso acelerado mientras mi cabeza daba vueltas a la posibilidad de cargarme a ese puto enano pervertido.

—Necesito a un tío que cubra el turno de seis de la mañana a seis de la tarde. El tipo que lo hacía ha tenido un percance y no podrá volver a trabajar con nosotros.

—¿Qué tipo de percance?

—Considero que tienes los suficientes pelos en los huevos para elegir bien tus preguntas.

—¿No es un turno un poco raro? Quiero decir, pensaba que este sitio estaba cerrado y que solo abría por la noche.

—Eso quiere decir que hemos hecho bien el trabajo. Nuestro horario oficial es de nueve de la noche a seis de la mañana. Digamos que en esa franja vienen los puteros de toda la vida: divorciados, chavales de quince años con carnets falsos, casados o directamente adictos al sexo. En fin, la chusma.

—Entiendo.

—Pero a las siete de la mañana abrimos en exclusiva para la gente selecta, para ese tipo de clientes que buscan…, bueno, servicios más exclusivos y más intimidad. No sé si me explico.

—Puedo hacerme una idea —mentí—. Pero ¿por qué esa gente no viene de noche?

—Porque esa gente, cuando más tiene a los paparazzi pegados al culo, es cuando están en su tiempo de ocio.

—Ya…

—Necesito a alguien que sepa mantener la boca cerrada y cumplir con su cometido sin hacer preguntas. ¿Cómo era tu nombre?

—Salvador Barrena.

—Eso, Salvador Barrera. ¿Sabes mantener la boca cerrada?

—Es Barrena…

—¿Disculpa?

—Sí, puedo mantener la boca cerrada. ¿Cuál sería mi cometido con exactitud?

—Te necesito para recibir a los clientes con la mejor de las sonrisas y para ser el chófer de quien lo necesite porque se haya pasado con la coca y el alcohol o, bueno, con cualquier otra mierda de esas que suelen meterse. Hoy en día hay tanta variedad que ya me pierdo.

—¿Necesitas que sea la niñera de los putos ricos?

—Si es así como quieres definirte, por mí, perfecto. ¿Lo tomas o lo dejas? —preguntó mientras se encendía otro cigarrillo.

—¿Cuáles son las condiciones?

—¿Las condiciones? ¿Por qué hablas como un carapijo? ¿El salario, quieres decir?

Estaba a punto de estallar, de mandarlo todo a la mierda y de dejar a ese hijoputa tetrapléjico para toda su vida…, pero aguanté como un puto jabato.

—Sí, me refiero a exactamente eso —dije tensando la mandíbula.

—Son ochenta mil pesetas al mes por seis días de trabajo a la semana. No hay festivos ni contrato por razones obvias. No te preocupes, que si te portas bien y haces tu trabajo con diligencia, los clientes suelen ser generosos con las propinas. ¿Preguntas? ¿No? Empiezas mañana.

—Todavía no he dicho que sí —dije, tratando de sacar un poco de orgullo.

Danny DeVito se levantó de la silla soltando una flatulencia y se apoyó en la esquina de la mesa. Acercó su cara hasta quedar a menos de medio palmo de distancia de la mía y me costó horrores no sentirme amedrentado, sobre todo por su pestilente aliento con olor a lonja.

—Admito que no hemos empezado con buen pie —susurró—, pero creo que eres lo suficientemente inteligente para aceptar este trabajo.

Veo potencial en ti, joven, y mi intuición dice que les caerás bien a nuestros clientes.

Eso y que, si no aceptas, considero que te he dado demasiada información que tendré que silenciar.

—¿Es una amenaza?

—¿Y qué si lo es, carapijo?

Nos mirábamos fijamente, retándonos en duelo como dos condenados vaqueros del Oeste.

Notaba mi yugular hinchada, bombeando sangre a toda velocidad, mientras que mi mente trabajaba a toda prisa valorando las opciones.

Danny DeVito me sostuvo la mirada, impertérrito; hasta el día de hoy nadie ha sido capaz de hacerlo con esa suficiencia e intensidad.

Le sacaba medio metro de largo y otro tanto de ancho a ese cabronazo, pero tengo que admitir que ese enano tenía más huevos que muchos hijos de puta que he conocido, incluidos los de la chirona.

—¿Te importa si me quedo un rato esta noche para conocer un poco todo? —pregunté, sonriendo.

—¿Ves? Te dije que mi intuición nunca falla. Bienvenido. —Danny DeVito extendió su mano sin dejar de tener los ojos fijos en mí—. Me llamo Eloy Rivas, aunque por aquí me llaman el Pastor.

—¿Y a qué se debe ese mote, si se puede saber?

Eloy se levantó, se sacudió la ceniza que había caído sobre su camiseta y con menos solemnidad de la que había en su cabeza dijo:

—Porque aquí —abrió los brazos y dos gotas de sudor cayeron de sendas axilas—, vosotros sois mis ovejas y yo el encargado de que no os descarriéis.