Nadie saldrá de aquí 7. Rebaño de ovejas #2
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7. Rebaño de ovejas #2

—No admito una negativa por respuesta. —Marcos dio un pequeño golpe en la mesa con ambas manos y se levantó a la vez que sacaba dos billetes y los tiraba encima de la mesa—. A esta te invito yo. Me voy corriendo, tío, que como llegue tarde Natalia me mata.

Marcos abrió sus brazos para recibirme en un varonil abrazo y salió del 27 como una exhalación.

No me puse en contacto con él hasta mucho tiempo después de nuestro reencuentro.

Sí, había sido un auténtico gusto ver a Marcos tras tantos años, pero me invadió una sensación de inferioridad frente a aquel exitoso hombre que nunca antes había sentido.

Mentiría si os dijera que soy un hombre que se alegra del éxito de los demás, no soy de esos.

A principios de marzo del 94, ojeando el periódico, vi en la sección de clasificados un anuncio en el que se buscaba personal de seguridad para gestionar el Minerva, el puticlub de confianza de la gente de por aquí y alrededores.

Los quince años en la cárcel me habían curtido y, ya os digo, por aquel entonces mi físico imponía mucho más que ahora, que los sesenta y cinco comienzan a pesar.

No solo era cuestión de que me hiciera falta dinero —que también—, era la acuciante necesidad que tenía dentro de mí de sentirme útil y salir de ese bucle infinito de autocomplacencia y eternas borracheras.

«Además, probablemente en una casa de putas no se mira si uno tiene antecedentes o no, ¿verdad? », pensé.

El club Minerva se encontraba a las afueras de la ciudad.

Para llegar allí debía coger dos autobuses y después caminar unos cinco minutos desde la parada, así que, antes de darme semejante viaje y presentarme allí con mi careto, decidí que lo mejor era llamar por teléfono y preguntar si el puesto seguía vacante.

—¿Diga? —La voz pertenecía a un hombre castigado por el tabaquismo.

—Hola, me llamo Salvador Barrena. Llamaba por vuestro anuncio buscando un portero…

—¿Eres sudaca? —preguntó el hombre.

—No…

—¿Chino, moro?

—No, señor. Yo…

—Pásate a las siete de la tarde por el club para una entrevista. No llegues tarde.

Eran las 18.50 y ya estaba como un pasmarote en la puerta del club.

El viaje en bus no había sido tan tedioso gracias a que cargué conmigo una edición de Adiós, muñeca , de Raymond Chandler, que me amenizó el viaje; eso sí, la caminata, que yo presumía de cinco minutos, resultó ser de casi veinte, porque el camino que llevaba al club se encontraba cortado por obras y había que rodear un descampado lleno de hierbajos, botellas rotas, preservativos usados y alguna que otra aguja.

Por aquel entonces el Minerva estaba en medio de la puta nada.

La zona de Las Águilas era un auténtico hervidero de drogadicción y proxenetismo en los ochenta y noventa; hoy en día aquello sigue más o menos igual —la prostitución es un negocio ajeno al paso del tiempo—, pero allá donde había solo un secarral lleno de desechos ahora hay unos bajos comerciales e, incluso, un puto parque infantil para las nuevas viviendas que han ido construyendo para satisfacer el incontrolable crecimiento de la ciudad.

El club Minerva no solo lo frecuentaban camioneros, borrachos y vírgenes ansiosos de sus primeros polvos, sino también personalidades públicas de todo tipo.

Obvio que estas élites no se juntaban con la escoria, el señor Vogel daba un trato más exclusivo y personalizado a todo aquel en cuya cuenta bancaria figuraran varios ceros.

Klaus Vogel era un hombre poderoso, imponente y trasnochado del nazismo, literalmente hablando.

Nació en Alemania, donde se crio, y formó parte del ejército nazi durante la guerra.

Pero no penséis que era un general ni hostias.

Joder, el cabronazo solo era un soldado raso que trabajó en tareas de administración.

Aquí el populacho lo conocía como «el Guiri», por su piel sonrosada por horas de sol sin protección, sus ojos azules y su rubio platino, que tan poco se ve por estas latitudes.

Su acento y sus formas de vestir —siempre con traje azul marino y camisa rosa con un pañuelo azul en la solapa— lo convertían en todo un dandi.

Era un cabronazo de cuidado. Acabó descuartizado y lanzado a un pozo de una finca en casa Dios.

Hostia, Alfonso, no me jodas con el spoiler, cabrón.

Barrena, esa historia es más vieja que el bosque.

Pero está incompleta.

Total, que ahí estaba yo plantado en la puerta del club. No había un alma y el único sonido que se oía era el zumbido lejano de los coches circulando por la autopista. Llamé a la puerta con los nudillos y de inmediato me abrió un hombre con un perturbador parecido a Danny DeVito.

—¿Quién eres? —Otra vez esa voz que anunciaba un inminente cáncer de pulmón.

—Creo que hemos hablado antes…

—Sí, sí. Pasa.

Soltó la puerta, con la que casi me di de bruces, y desapareció en la penumbra. Yo me quedé quieto, pensando si aquello era siquiera una buena idea, pero pronto me acordé de que la limosna de mi cuñado estaba ya llegando a su fin.

—¿Vas a entrar o te vas a quedar ahí como un deficiente?

—Voy, voy.

Danny DeVito caminaba como un pingüino, vestía una camiseta de tirantes blanca llena de lamparones, unos pantalones cortos y calzaba unas chanclas que hacían un húmedo y pegajoso sonido cada vez que pisaban el suelo.

Entramos en una pocilga con olor a ganchitos, sudor, tabaco y comida de gato.

Era una habitación plagada de pósters de tías en bolas, un televisor en el que se reproducía en bucle una película porno y una mesa de la que incluso hoy no puedo decir cuál era su color original, pero que aquel día estaba llena de papeles, carpetas de color negro con el logotipo del club y varias botellas de cerveza que hacían de ataúd de cientos de colillas.

—Venga, dame tu currículum.

Joder, la peste era horrible.

—¿Mi currículum? En el anuncio no decía nada de eso.

—¿Has venido a una puta entrevista de trabajo sin el currículum?

Danny DeVito me lanzó una mirada de odio con unos ojos tan saltones que llegué a temer que se salieran de sus órbitas.

—Lo siento, yo…

Un tortazo me interrumpió.

—¿Quién hostias te has creído que eres para venir con esas pintas a mendigar trabajo, carapijo?

—¿Me acabas de pegar un tortazo? —pregunté, incrédulo.

—Y más que te mereces, alelado.