7. Rebaño de ovejas
Rebaño de ovejas
Todo esto ha sido fantástico, capullo, pero yo me tengo que ir ya.
Sí, yo también, Salva. Me alegro de verte, pero…
…
¡De aquí no se va ni dios! ¡Pensaba que había sido suficientemente claro al respecto, pero se ve que no entendéis las cosas si no me pongo serio!
¿Se te ha ido la puta cabeza, Barrena? ¡Un poco más abajo y le vuelas la puta cabeza a Fermín, hostias!
Tranquilo, tranquilos todos. Sé lo que me hago.
Toma…, esto cubrirá los gastos por el estropicio.
Yo solo quiero que hablemos. Venga, Fermín, Lázaro, haced el favor de sentaros de nuevo, y quitad esa cara de susto, hombre, que no ha sido para tanto.
He perdido un poco los nervios, pero tenéis que admitir que os cuesta la misma vida obedecer una simple orden.
¡Estás chalado, Barrena!
¿Chalado, yo? Bueno, creo que tengo mis razones, ¿no? Con solo haber escuchado una parte de lo que os he contado, ya deberíais entender que mi vida no ha sido fácil.
¡Ninguno de este barrio ha tenido una vida de color rosa, pero eso no justifica andar pegando tiros a diestro y siniestro, puto gilipollas!
¡Callaos los dos, joder! ¡Y sentaos de una puta vez! ¿Queréis que nos mate a todos? Salva, tío, guarda la pistola. No hace falta que nos pongamos nerviosos. Rafa, por favor, saca el whisky de las ocasiones especiales, no hay nada como eso para bajar pulsaciones.
Eso es lo que siempre me ha gustado de ti, Alfonso. Siempre has sido el tío más cabal de todos nosotros.
Solo quiero que acabemos bien la noche, Salva. Nadie tiene que salir herido. Por favor…
Sí, sí, tampoco te pongas pesado. Ya la guardo, pero como alguno de vosotros dos vuelva a intentar salir de aquí sin mi permiso recibe un tiro en las pelotas. ¿Estamos?
Venga, Salva…
He preguntado si lo habéis entendido, Fermín.
Sí.
Sí.
Sí.
¿Yo también tengo que responderte? No me toques los cojones, Salva, y al menos deja que disfrutemos todos de este puto whisky, que me sale por un ojo de la cara.
No te pongas así, viejo gruñón, que todo lo que se consuma esta noche te lo pago hasta el último céntimo. Fermín, ¿a qué te referías antes con eso de la vida de color rosa y tal? ¿Qué te pasó a ti?
Si pretendes que empiece a dar la turra sobre mi vida ahora mismo, ya puedes ir pegándome ese tiro, porque no te voy a contar nada.
Tampoco hace falta que te pongas así, hombre.
¿Tienes mujer? ¿Hijos? ¿Os dais cuenta de lo poco que sabemos de cada uno?
Me sé las tías que os molan, las inalcanzables, claro, me sé vuestros jugadores de fútbol favoritos y a quiénes votáis.
Por cierto, Alfonso, espero que para la próxima cambies el voto porque nos estás jodiendo a todos.
En fin, habíamos hecho un trato y era que me escucharais, no que me contarais vuestra vida. Así que…
Cerca de mi calle, en la misma plaza en la que de niño el Kike había apalizado a Marcos, los cerezos lucían exuberantes mostrando un color rosa precioso.
Los niños jugaban a la pelota mientras los padres disfrutaban de una cerveza en el nuevo bar que habían abierto hacía poco.
El sol calentaba, por fin, después de un marzo sorprendentemente lluvioso.
La conversación del día anterior con la señora Mencía me había levantado el ánimo y decidí hacer la compra y dejar de una vez de pulirme la pasta en fritanga.
Llegué a la frutería de doña Fátima, uno de los pocos establecimientos que sobrevivían en el barrio, y compré unas patatas, puerros y calabaza para hacer una crema.
Nunca había hecho ninguna antes, pero he de decir que me quedó bastante bien.
Cuando volví a casa, tenía la firme decisión de llamar a Marcos.
Estaréis pensando que le estoy dando una importancia demasiado grande a un gesto tan simple como una llamada, pero eso es porque no habéis estado en la cárcel (bueno, tú sí, Alfonso).
Creedme cuando os digo que la falta de libertad es lo de menos cuando estás ahí; lo que en realidad te jode está aquí dentro, en la azotea.
Pierdes cualquier noción que tenga que ver con la sencilla interacción con otro ser humano, dejas de confiar en el prójimo y te vuelves huraño y egoísta.
La falta de mujeres te vuelve misógino y la constante relación con auténticos hijos de puta te convierte en uno de ellos.
Porque no, ahí dentro no hay alternativa.
Con el tiempo comprendí que había tenido una suerte tremenda al conocer a Jesús, que él, por alguna razón que hoy todavía desconozco, vio en mí a una especie de hijo a quien proteger.
Esta vez no hicieron falta más que dos tonos para obtener respuesta.
—¿Sí?
—¿Marcos?
—Sí, ¿quién es?
—Marcos, soy Salva…
—¡Salva! ¿De verdad eres tú? Mi tía me dijo ayer que habías llamado, pero creía que se había confundido o que era otro. ¿De verdad eres tú?
—El mismo… —dije con vergüenza.
—¡Qué alegría! ¿Qué ha sido de tu vida, tío?
Marcos se mostraba honestamente feliz de saber de mí y eso me descuadró durante unos segundos.
—Si yo te contara…
—Por supuesto que me vas a contar. ¿Cómo lo tienes el sábado a mediodía? ¿Quedamos en el 27?
El 27 era el café 1927, una cafetería fundada ese mismo año y que solo el covid pudo chapar.
Lo fundó don Jacinto, un hombre gordo, calvo y adorable.
Recuerdo que cuando éramos pequeños nos regalaba las chapas de las botellas para que jugáramos en el parque, aunque más adelante comprendí que lo hacía para que no le diéramos el coñazo a sus clientes jugando con el balón cerca de su terraza.
—¿Aún sigue en pie ese sitio? —pregunté con sorna.
—Sí, pero ahora lo llevan unos chinos. Es raro de cojones ver el viejo cartel de COMIDA TRADICIONAL ESPAÑOLA, y que quien cocine sea Xiao Ping.
—¿Se llama así el fulano?
—Sí, pero le gusta que le llamen Paco. Bueno, que me tengo que ir. ¿Este sábado a la una?
—Perfecto, tío.
Llegué al 27 con puntualidad, como una adolescente en su primera cita. No sé por qué carajo me puse camisa y pantalones de pinza, como si aquello fuera una entrevista de trabajo con una jefa de recursos humanos de esas que parece que tienen un palo metido en el culo.
—Pero desde cuándo vistes como un mariconazo de Wall Street, Barrena —dijo al abordarme por detrás.
—¡Hostia puta, qué susto!
Me levanté, nos miramos como quien contempla una obra de arte por primera vez, y de inmediato nos fundimos en un abrazo. Eso sí, no faltaron las dos palmadas en nuestras espaldas para dar cierre a ese acto tan efusivo, que eso es de machos.
Lejos quedaba el aspecto de niño bobalicón de pelo despeinado y gafas de culo de botella. Marcos lucía esbelto, vestía traje a medida y un afeitado tan apurado que dejaba a la vista una tez firme sin una sola cicatriz.
—Bueno, Salva, cuéntame, ¿qué es de tu vida, tío?
—¿Por dónde empezar? No nos vemos desde…
—Desde que me mudé al sur hace ya quince años exactamente.
—¿Y qué te hizo volver?
—Uno siempre regresa a sus orígenes, pero en este caso fue por amor.
—¡No jodas, Marquitos! ¿Y cómo se llama la afortunada?
—Bueno…, de hecho, la conoces de sobra.
—¿A qué te refieres? —dije, confuso.
Porque… ¿sabéis qué, tíos? Por mi mente pasó que Marcos se había ligado a Rosa, que me había traicionado, y ese cabronazo se estaba tirando al primer amor de mi vida.
—Natalia —dijo Marcos antes de que mi imaginación siguiera volando a mundos autoflagelantes.
En ese preciso momento me di cuenta de verdad de lo enfermo que estaba.
Enfermo de ira y de rencor. Yo creía firmemente que cada crujido que habían dado los huesos de Toni mientras mis nudillos se incrustaban en su cara funcionaba como una suerte de píldora que me había curado después de años de humillaciones y vejaciones.
Pero no.
—¿Natalia?
—Sí, joder. La niña del colegio de ojos azules.
—La niña de colegio de ojos azules —repetí.
La niña de nuestra clase de ojos azules, joder. Ni Rosa ni hostias.
Natalia fue nuestro amor secreto de la infancia. Una niña perfecta, de buena familia, y la más popular del colegio. Todos los niños tratábamos de llamar su atención y todas las niñas la envidiaban porque siempre llevaba los mejores modelitos.
—¿Estás bien, Salva? —me preguntó con sincera preocupación.
—Sí…, sí, discúlpame, son unas jaquecas que me dan desde hace un tiempo y me dejan un poco ido —mentí.
—¿Necesitas algo?
—No, no te preocupes. Tal como vienen se van —dije, bebiendo un trago de cerveza largo—. ¿Así que Natalia, eh, perro? ¿Cómo lo conseguiste?
—Bueno, es una historia larga y, la verdad, algo aburrida. ¿Qué me cuentas de ti?
Y le hablé de todo lo que me había pasado en los últimos quince años. A medida que avanzaba en la historia su cara fue cambiando hasta acabar en el grito de Munch.
—Joder, Salva…, no sé ni qué decir.
Marcos dio un largo sorbo a su cerveza y percibí cuánto le costaba tragarlo.
—No, no te preocupes. La vida ha ido cuesta abajo y sin frenos desde que nací, así que ha llegado un momento en el que uno no puede menos que resignarse.
—Bueno, te echaré una mano en lo que necesites.
—No, Marcos, tranquilo. De verdad que mi intención no era darte pena y que ahora me veas diferente a…
—Salva —me interrumpió—, ya lo sé, tranquilo. Pero somos amigos desde que éramos críos, y no voy a dejarte en la estacada ahora. Sé que no nos hemos visto en años, pero, joder, estamos en la treintena. ¡No nos queda vida ni nada para ponernos al día!
—No sé qué decir, Marcos. Te lo agradezco mucho.
—Ni las des.
Marcos alzó su muñeca para ver la hora en un caro reloj, y sus ojos se abrieron de par en par.
—¡Se me ha ido el santo al cielo! Perdóname, macho, pero tengo que ir a recoger al crío a la guardería.
—¿También tienes un hijo?
—Sí, de dos añitos. Se llama Jaime. Ya te lo presentaré.
—Sí…
—Hagamos una cosa. Esta semana tengo que salir de viaje de negocios, pero llámame de aquí a dos lunes y concretamos una noche para cenar los tres, ¿vale?
—No sé, Marcos, esto…