Nadie saldrá de aquí 6. Una agenda telefónica #2
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6. Una agenda telefónica #2

Yo pensaba que el tema se había zanjado y la agenda había quedado en el olvido, pero mi madre, con la astucia que solo las madres poseen, me la había metido mientras dormía en la mochila, y como no hay secretos que perduren más de cinco minutos en el colegio, Marcos la descubrió.

—¿Ahora te crees importante? —preguntó entre risas sosteniendo en alto la agenda.

—No seas mamón, tío. Escóndela, que ya lo que me faltaba es que la vean todos y ser el hazmerreír de la clase.

—Vale, vale.

Lejos de guardarla, Marcos la abrió y garabateó un chiste verde que le había contado un primo suyo. Me lo enseñó y ambos nos partimos la caja. Así fue como la agenda de 1970 se convirtió en una especie de cómic guarro lleno de recortes de tías en topless y dibujos de dudoso gusto.

Veintitrés años después esa agenda estaba entre mis manos y yo disfrutaba de cada una de esas páginas, que me transportaban a una época en la que mi mayor preocupación era que mi madre no descubriera que había suspendido el examen de Matemáticas.

Mi incipiente barba, mis ojeras y una camiseta interior blanca llena de lamparones eran testigos de un viaje al pasado que consiguieron hacerme llorar.

Mientras pasaba cada página veía el momento y lugar en el que rellené aquella agenda.

Por fin llegué al final, después del 31 de diciembre había una página en blanco y luego una agenda telefónica, y en ella, dos números de teléfono: mamá y casa Marcos.

Dos contactos. Uno ya no estaba, se fue de repente sin yo poder despedirme, y el otro…

«¿Qué pasa si marco ese número?», me pregunté.

«Probablemente no exista o me lo coja algún desconocido», me respondí.

Pasé los dedos sobre el número intentando encontrar una respuesta a mi pregunta, hasta que por fin me animé.

Los dedos temblaban con cada vuelta. Aún tenía uno de esos teléfonos de disco, en los que se marcaban los números en la rueda.

Uno cada vez, soltando ese sonido tan característico que hacía al girar y volver a su punto de origen.

Por fin terminé y escuché un tono, luego otro y otro más.

Justo cuando iba a colgar, resignado y mascullando insultos, una voz llegó desde el otro lado del auricular.

—¿Diga?

Era una mujer de edad indeterminada. Marcos era hijo único y aquella voz no parecía la de la anciana que podría ser su madre.

—¿Hola? —repitió.

—Eh… Sí, hola. Perdone, creo que me he equivocado.

—¿Por quién preguntaba?

—No tiene importancia, de verdad. Disculpe las molestias.

—Joven, he tenido que levantarme del sofá ante la insistencia de su llamada. Tengo una artritis de caballo, así que al menos haga que haya merecido la pena.

No pude sino sonreír.

—Verá, señora. Tenía este teléfono apuntado en una vieja agenda, pertenecía a Marcos, Marcos Delgado. Un amigo de la infancia.

—¿Marquitos? Sí, claro. Soy su tía, ahora vivimos en la que fue su casa, bueno, la de mi hermana, que en paz descanse.

—Lo siento mucho.

—Ya pasó mucho tiempo. Hace más de quince años que falleció. Para ser amigo de la infancia, poco se ha enterado de la película —me regañó.

—Ya, bueno…, la vida.

—La vida, la vida —dijo, burlona—. ¿Cómo se llama, joven?

—Salvador Barrena, pero puede llamarme Salva.

—Muy bien, Salvador. Marcos vive con su mujer, cerca de aquí. Si quiere le doy su teléfono y ya se arregla usted con él. ¿Tiene dónde apuntar?

Miré a un lado y a otro en busca de un bolígrafo, pero no encontré nada. Dentro de la caja había un par de rotuladores, cogí uno y lo destapé.

—Sí, dígame.

Apoyé el rotulador sobre mi antebrazo izquierdo mientras sostenía el auricular con la ayuda del hombro. La tinta escaseaba y los números se dibujaban con menos intensidad que la luz de una luciérnaga a mediodía.

—¿Necesita que le repita el número?

—No, no hace falta. Muchas gracias, señora…

—Mencía, llámeme Mencía.

—Estupendo. Pues muchas gracias, Mencía.

—Que tenga suerte, Salvador. Buenas noches.

Cuando colgué me sentí reconfortado. No había habido una conversación íntima ni nos habíamos dicho nada del otro mundo, pero al sentir que había tenido una interacción normal y corriente, fuera de chantajes o intereses, lejos de las verborreas etílicas, no pude menos que quedarme sonriendo, con la mirada fija en esa agenda que me cambiaría la vida para siempre.

Eché un vistazo a los números escritos sobre mi piel y corrí en busca de un bolígrafo funcional para apuntarlos lo más rápido posible.

Lo hice en otra línea de la agenda telefónica: Marcos. Número nuevo.

Después de pensarlo mucho, decidí llamarle al día siguiente.

El reloj estaba a punto de marcar las nueve y, tal como me había dicho Mencía, su sobrino probablemente estaría con su mujer a punto de cenar.

Recogí el plato del sándwich y todas las latas de cerveza acumuladas durante días sobre la mesa y encima de otros muebles del salón y de la casa.

Fregué todo —a mano, no os vayáis a creer que tenía lavaplatos—, pasé la escoba, fregué el suelo con un jabón con olor a limón y me acosté.

Otra noche habría consistido en cenar fritos acompañado de seis o siete cervezas, pero esa no.

Esa noche me arropé y me dormí plácidamente junto a mi vieja agenda del año 70.