6. Una agenda telefónica
Una agenda telefónica
Salva, tío, o nos estás vacilando o yo no sé qué pensar. Me estoy cagando encima, lo que nos cuentas es chungo de cojones, tío.
Como os dije, hoy estoy aquí para redimirme de mis pecados, Lázaro.
Mira que he escuchado historias chungas en el taxi, no sabéis lo tarada que está la peña ahí fuera. Pero esto es otro nivel. Joder, pensaba que esas cicatrices en tus manos eran por tu curro, pero no porque te dedicaras a dar hostias como panes. Así que lo de tu cara también es por eso, ¿no?
No nos precipitemos.
Barrena, ¿qué pasó después?
Pues ¿qué va a pasar, Duros? Me cayeron otros ocho años de prisión. El hijoputa de Toni fue trasladado a otro centro penitenciario después de cuatro meses en el hospital. Lo último que supe de él fue que perdió la visión en un ojo y su cara quedó deformada para el resto de sus días.
Tío, nunca pensé que tu vida había sido tan chunga.
Pero eso es porque no nos conocemos, señores. Nos vemos aquí durante años y las únicas conversaciones que hemos tenido han sido de fútbol, tetas y políticos. Yo me estoy abriendo en canal hoy porque las circunstancias me han llevado a hacerlo.
¿Y se puede saber qué circunstancias son esas?
Lo sabrás, Fermín. Claro que lo sabrás.
Salí de chirona un frío día de noviembre de 1993, y lo hice con la sensación de que el mundo había avanzado demasiado deprisa. Nadie vino a recogerme a la puerta y tuve que tomar un autobús que, en hora y media, me dejó en mi calle de siempre, en mi barrio.
Lo primero en lo que me fijé fue que las tiendas que formaron parte del paisaje de mi infancia habían desaparecido: la carnicería en la que mi madre siempre compraba el pollo para sus famosas croquetas se había convertido en un videoclub; la mercería de Lola, en una tienda de electrónica, donde, en el escaparate, se exhibía la última novedad en música portátil, el Discman.
Joder, incluso el señor Reinaldo había cerrado su centenaria joyería para que los putos chinos pusieran un todo a cien.
Todo estaba cambiado, incluso yo. La cárcel me curtió, me hizo el hombre que soy ahora.
Subí las escaleras que daban a mi casa y me encerré en ella durante días.
Por suerte, mi hermana la había mantenido en orden y dos días antes de mi puesta en libertad pagó a una chacha para que le diera un buen repaso.
Sobre mi almohada encontré una caja con cien mil pesetas y una nota de Marta en la que me deseaba suerte en mi nuevo comienzo.
Decía que se alegraba de que volviera a estar en libertad, pero que no intentara ponerme en contacto con ella.
También me contaba que su hijo se llamaba Martín y que no quería que me conociera, al menos de momento.
Las cien mil pelas me hirieron el orgullo. No soportaba ser la puta obra de caridad del carapijo del marido de mi hermana, pero no tuve los huevos de rechazarlas. Me gasté las primeras quince mil en alcohol y en comprar la comida justa para sobrevivir día a día.
La lectura fue un gran refugio para mí, me gasté otra parte del dinero en libros de segunda mano, aunque las historias que contaban no consiguieron arrebatarme una extraña melancolía que me presionaba el pecho.
Recuerdo que pensaba constantemente en la cárcel.
¿De verdad un preso puede llegar a extrañar la privación de libertad?
Ya os digo yo que sí. Sobre todo si ese reo no tiene a nadie fuera de esos fríos muros.
Sentado desnudo, al borde de la cama, comencé a repasar mis últimos años hasta llegar al último día en prisión. Despedirme de Jesús fue duro.
—Payo, lárgate de esta celda rápido antes de que empiece a llorar como una niña.
—Gracias por todo, gitano. Te estaré siempre agradecido.
—No hay nada que agradecer, Resucitado. Si alguna vez necesitas algo, ve a esta dirección —dijo dándome un papel con una anotación— y di que vas de mi parte. Sea lo que sea, te ayudarán.
Jesús abrió sus grandes brazos y me estrechó entre ellos.
El sol comenzaba a hacer acto de presencia en la mañana de un templado día de abril.
Yo salía de estar toda la noche en un club de mala muerte en el que servían garrafón del malo y me crucé con un grupo de chavales que no debían de pasar de los veinte.
¿Sabéis qué me dijeron dos de ellos? Que tenía pinta de divorciado.
Me cago en dios, tíos. Yo tenía treinta y cinco años, joder.
¿Divorciado? Os juro que fue como una patada en los cojones.
Intenté decirles algo, sacar un poco de orgullo, pero mi tasa de alcohol en sangre me habría dejado más humillado de lo que estaba.
Volví a casa arrastrando los pies, cruzándome con la gente que salía a trabajar y con las madres que llevaban a sus hijos al colegio.
Notaba las miradas de todos en mi nuca, penetrándome como el más afilado de los cuchillos, directo a la espina dorsal.
Habían pasado casi seis meses desde mi puesta en libertad y yo me sentía más perdido que nunca.
Abrí la puerta de casa como alma que lleva el diablo, me desnudé y me tumbé en la cama.
Dormí más de doce horas, un sueño inquieto, plagado de pesadillas y fantasmas del pasado.
Cuando desperté lo hice con una de las peores migrañas de mi vida. De hecho, puedo deciros que nunca más he tenido un dolor de cabeza como aquel. Me tomé una aspirina y me encerré en el baño a oscuras con el chorro de agua caliente de la ducha sobre mi nuca.
«Pinta de divorciado». ¿No es curioso cómo una auténtica soplapollez es capaz de hacernos polvo? Me habían llamado de todo: bujarra, borracho, acabado, Resucitado, hijo de puta…, pero fue «divorciado», en la boca de dos mocosos, lo que me fundió los plomos.
El viejo reloj del salón dio las ocho de la tarde y mientras me comía las sobras de un sándwich que me había pedido a domicilio hacía dos días, mi mente viajaba a través del tiempo intentando dar con una explicación de cómo había terminado de esa manera.
Mis ojos, humedecidos por el humo del tabaco que flotaba en el ambiente, estaban fijos en el armario situado detrás de la mesa del comedor.
Hecho de sobria madera, tenía cuatro puertas con cristales que dejaban ver todo lo que ahí se guardaba, desde la vajilla de mi tatarabuela hasta carpetas con infinidad de contratos y facturas de la empresa de mi padre.
En otro armario más pequeño pegado a la ventana había una vieja caja de cartón con manchas de humedad.
Hoy día no podría deciros por qué esa caja me llamó la atención, pero en el momento en que sonaba la octava campanada del reloj mis manos ya la sujetaban con cierta excitación.
Volví al sofá de cuero negro, hice a un lado el plato ya vacío y dejé la caja sobre la mesa de cristal.
Mi rodilla emitió un quejido cuando me senté y maté el cigarrillo con una última y prolongada calada.
Los pulmones me ardían y las manos me temblaban por los efectos de la tremenda resaca que seguía arrastrando.
Es acojonante cómo el cuerpo te dice que ya no tienes dieciséis años y que eso de beberte hasta el agua de los floreros no es lo más recomendable para tu hígado, tus riñones y, sobre todo, tu cabeza.
La vieja caja tenía una tapa de color blanco sobre la que estaba escrita la palabra COSAS.
No hay palabra que describa mejor la morralla propia de la gente que tiene un pavor casi irracional a deshacerse de mierda de todo tipo, manifestando así un principio de síndrome de Diógenes.
La caja no pesaba mucho y pude identificar la letra de mi hermana Marta.
Lo primero que vi dentro fue un destartalado y oxidado tenedor.
¿Veis lo que os digo de guardar la mierda?
Joder, debí haberme puesto la dosis de recuerdo del tétanos en cuanto cogí ese cubierto.
Lo siguiente que saqué fue la cartera de mi viejo.
Estaba vacía salvo por un par de monedas de veinticinco pesetas.
Ver la cartera de mi padre me puso algo triste, pero decidí seguir hurgando entre la basura antes de que me diera un ataque de nostalgia no deseado.
Ya llevaba un día de mierda, como para ponerme mohíno por una persona que, aunque no me diera mala vida, no me traía muy buenos recuerdos por el final de su vida.
Saqué varios recortes de periódicos que mi madre guardaba junto a las esquelas de la gente que conocía.
No porque fuera morbosa, sino porque era su forma de llevar un registro de los fallecidos de sus amigas y así poder mandarles flores en el aniversario de sus pérdidas.
«Ningún muerto debe quedarse sin flores en su aniversario», solía decir mientras sujetaba con maña las tijeras.
Otra de las aficiones de mi madre —que quedaba patente en aquella caja de cosas— era su colección de estampitas de Vírgenes.
Me acuerdo de un pequeño altar que montó en una esquina de su habitación, con dos velas que siempre estaban encendidas y las estampas perfectamente dispuestas a lo largo y ancho de la pequeña mesa.
Ese misticismo que de niño me daba algo de miedo se había perdido, y aquellas estampas de la Virgen de Covadonga, la de los Reyes, la de la Aurora y otras que ya ni recuerdo alguien las había tirado con desprecio dentro de una vieja caja que contenía hasta tres envoltorios de condones.
Justo cuando estaba a punto de dejar de revolver la mierda y el pasado —o las dos cosas a la vez— vi algo que captó mi atención.
En cuanto vi la cubierta negra, plagada de pegatinas y dibujos de falos varios, supe qué era: la agenda del año 1970.
Fue mi primera y última agenda. Me la regaló mi madre porque decía que un hombretón de doce años ya debía organizarse la vida y tener sus ideas en orden.
—No pienso llevar esto al colegio —dije con desdén.
—¿Por qué no?
—Mamá, solo los empollones y los pringaos llevan una agenda al colegio.
—Anda, no digas tonterías.
—No. No lo son, es la verdad —dije, tratando de sonar digno.