5. Nunca se entra enfadado a la celda #2
—Y todo esto de una manera altruista.
—Como solo Dios lo es.
—Ya…
Consiguió mantener el engaño un par de años hasta que uno de sus fieles —un tal Jonás— perdió a su hija no nata y comenzó a cuestionar la palabra de Jesús —hermosa ironía—.
Parece ser que el predicador Romero le había dicho que la Virgen le había comunicado personalmente que aquella hija que esperaba iba a nacer sana y fuerte, y Jonás —que aparte de ser un fallido padre también era un adicto a la heroína—, al ver que su mujer sufría un aborto, se había encargado de desprestigiar la causa de Jesús Romero diciendo a diestro y siniestro que era un estafador, y que solo había utilizado la debilidad de sus seguidores para sacarles todos los cuartos.
El bueno de Jesús no tardó ni dos semanas en silenciar esas «fastuosas falacias» y lo hizo descerrajando sendos disparos a Jonás y su mujer mientras dormían.
La policía no tardó mucho en descubrir al culpable y a la justicia no le tembló el pulso en la sentencia.
Llevaban mucho tiempo detrás del gitano y quisieron dar ejemplo a los posibles imitadores.
—Su puta madre. ¿Debería estar acojonado? —pregunté con honesta preocupación.
—No te digo que no exageré en mi reacción, y eso es pasado. Admito mi castigo. «El que oculta sus delitos no prosperará, el que los confiesa y cambia, obtendrá compasión», Proverbios 28,13.
—¿Siempre tienes que meter alguna cita en tus frases?
—En la palabra de Dios está el consuelo y la verdad, Resucitado.
—Me pone de los nervios que me llames así.
—Es lo que eres.
—¿De dónde sacas tantos libros, por cierto? —pregunté intentando cambiar de tema—. Siempre tienes uno distinto en la mano.
—Hace unos años convencí al director de la prisión, don Roldán, de que la Biblia era la única solución para alcanzar la redención de los pecadores que aquí nos encontramos, y que sería lo suyo hacerse con varias copias.
Le pareció una gran idea, pero la extendió a otras lecturas, más allá de la sagrada, y acabó creando una biblioteca de la cual me hizo responsable.
—Ya podrías habérmelo dicho antes. Me sé este libro de memoria.
—Está abierta dos horas todos los días entre las once de la mañana y la una de la tarde. Baja cuando quieras, hay libros para pasar diez vidas aquí dentro.
—Tomo nota —dije sonriendo.
—¿Tienes hijos, Salva? —Jesús me miró a los ojos con expresión que oscilaba entre la curiosidad y la melancolía.
—¡Qué va! ¿Cómo voy yo a traer a nadie a este mundo de mierda?
—Los hijos son una bendición, payo. Yo preñé a mi gitana con dieciséis años y, desde entonces, he tenido cinco: dos niñas y tres niños. La última nació tan solo dos días antes de mi ingreso en prisión.
—Joder, Jesús, no pierdes el tiempo, cabronazo. Y yo pensaba que los que seguíais al de arriba erais unos mojigatos.
—«Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla».
El timbre que daba por finalizado el tiempo en el patio sonó antes de que Jesús me dijera que aquella cita pertenecía al Génesis, pero desde ese día aquel gitano y yo fuimos inseparables.
El tiempo fue pasando con la anodina velocidad en la que todo pasa en la cárcel, y Jesús consiguió llegar a un acuerdo con el director de la prisión para reclutarme como ayudante en la gestión de la biblioteca.
Eso no solo me dio un escape de la aburrida rutina, sino que también pude acceder a todos los libros que quisiera.
Además, por alguna razón mística, la biblioteca era el único espacio en el que todo aquel que entraba cumplía las normas.
En todo el tiempo que estuve allí no se registró en el interior un solo problema entre los presos.
La biblioteca se había convertido en una especie de oasis: un lugar al que acudíamos no solo a empaparnos de entretenimiento o conocimiento, sino también para hallar, durante dos horas al día, un bálsamo frente a la infinidad de problemas e historias que arrastrábamos.
Tened en cuenta que por aquellos años las cárceles no eran como ahora, que parecen casi resorts de cinco estrellas.
Hemos vivido unos tiempos en los que, si no tenías dónde caerte muerto, era mejor cometer un crimen y acabar en chirona.
Pero a finales de los setenta y principios de los ochenta, apenas había agua caliente.
Durante mis dos primeros años encerrado, mi hermana trataba de venir a verme una vez cada dos o tres meses, y siempre acabábamos discutiendo. Sus visitas fueron distanciándose más en el tiempo hasta que una calurosa mañana de julio de 1981 me dijo:
—No voy a volver.
—¿Por qué?
—Porque estoy preñada, joder, ¿no lo ves? Joder, Salva, pero si estoy de siete meses.
—¿Y?
—Eres la hostia… Toma, aquí está apuntado el teléfono de mi nueva casa. Llámame cuando salgas de esta pocilga.
Y se fue.
Y cumplió su promesa.
Marta no volvió a visitarme.
Recuerdo que cuando salí de la sala aquel día estaba muy cabreado con ella porque, aunque siempre tuvimos nuestros más y nuestros menos, la quería, joder; eso y que, además, era la única persona que me quedaba ahí fuera…
y me abandonaba. Joder, tampoco lo había hecho tan mal en la vida, solo cometí el error de enamorarme de la persona incorrecta.
¿Y así me lo pagaba? ¿Abandonándome ahí dentro?
Cuando volví a mi celda, regresé como nunca conviene hacerlo: furioso.
Porque en la cárcel, cuando vuelves con el diablo en tu cabeza, llegan los arcángeles contigo para arrastrarte a los infiernos.
Y aquel día Toni tuvo la mala suerte de encontrarse ahí y, para colmo, no guardarse sus chistes para él mismo.
Toni era un hombre enjuto, feo como un dolor, pelo rizado, huesos de mantequilla y adicto al sexo.
Fue arrestado varias veces por exhibicionismo y aprisionado después de que se le fuera la mano con una prostituta a quien acabó matando por accidente.
Resulta que al bueno de Toni le gustaba el sado, unas veces ser amo y otras sumiso.
Aquella vez le tocó ser el amo y el retorcido juego consistía en poner una bolsa de plástico en la cabeza de la tipa y cerrarla succionando el aire con una aspiradora.
Normalmente la persona envasada al vacío tiene una seña de seguridad para indicar a la otra que ya no puede más.
Incluso, algunas personas no tienen ninguna y se dejan hacer confiando en que el amo o ama sepa cuándo el juego se ha acabado.
Pues a Toni aquella vez se le fue la pinza y no se dio cuenta de que se estaba trajinando a una muerta hasta que ya era demasiado tarde.
Llamó con rapidez a urgencias y, cuando vieron el percal, no pudieron menos que llamar a la policía.
Toni lo admitió todo y yo acabé siendo el vecino de abajo de su litera.
A Toni, aparte de masturbarse como un chimpancé, le gustaba siempre estar con el chiste en la boca.
Normalmente era un tío con el que te partías la caja con sus ocurrencias y, en honor a la verdad, sus chistes verdes tenían su gracia.
Pero lo malo de tipos como Toni es que no saben cuándo callarse, y aquel día cometió el error de hacer la gracia en el momento inadecuado.
Como os decía, aquel día entré hecho un basilisco en la celda y Toni estaba leyendo en su cama con los pies colgando.
—Resucitado, he visto a tu hermana. Quien fuera potro para montar a tremenda yegua. Encima preñada, que están más calientes que un radiador.
Nunca se entra enfadado a la celda.
Agarré a Toni de los pies, tiré de ellos, cayó al suelo y comencé a darle de hostias.
No sé si era el sofocante calor de aquel día, la acumulación de estrés emocional o qué, pero recuerdo que con cada puñetazo mi cuerpo demandaba dar otro.
Mi mente no pensaba en nada más que dar la siguiente hostia.
Noté los dientes de Toni partirse, los huesos de sus pómulos resquebrajarse y su sangre caliente salpicarme la cara.
Hacía ya rato que Toni había dejado de gritar y lo único que se oía era el sonido de su garganta intentando encontrar el aire que sus pulmones demandaban, pero la sangre acumulada en su tráquea impedía que pasase.
Toni dejó de tener la cara de Toni y con cada puñetazo se convertía en la del padre Gabriel, la de Juan de Dios, la de Rosa y la del Kike…
Y con el enésimo golpe volvió a ser Toni, o lo que quedaba de él, y su cara era un trapo.
Lo único que consiguió parar mi enajenación fue el abrazo de oso que me hizo Jesús.
—¡Salva, para, joder! ¡Le has matado!
Cuando levanté la vista, vi a un guardia en el umbral de la puerta con la cara desencajada a causa del terror y la porra alzándose sobre sus hombros para impactar directamente en mi cabeza.
—Me cago en la puta, Barrena. A este paso vas a acabar estando más aquí que yo —susurró Jesús antes de que yo perdiera el conocimiento.
Lo siguiente que vi fueron los muelles de la litera. Era de noche y Jesús me ponía un trapo frío sobre la cabeza.
—Se te ha ido la puta chabola, payo.
—¿Está…?
—No, no le mataste. El cabronazo de Toni es de goma. Eso sí, si antes era feo ahora le has acabado de rematar… ¿En qué cojones estabas pensando?
—No sé, gitano, no sé. Es este puto sitio…
—Barrena, Dios te salvó de una buena hace tres años y acabas de ganarte un buen tiempo extra aquí. Y, aun así, sonríes. ¿Qué carajo te pasa? ¿Tengo que recomendar que te internen en un manicomio?
—No, gitano, no.
—Entonces ¿qué te hace tanta gracia?
—No es que me haga gracia, amigo. Es que al fin dejaré de preguntarme qué cojones hago aquí y por primera vez en mi puta vida pagaré por un pecado que de verdad he cometido.