Nadie saldrá de aquí 5. Nunca se entra enfadado a la celda
16%

5. Nunca se entra enfadado a la celda

Nunca se entra enfadado a la celda

Si en la cárcel hay una cosa que une a todos los presos es que ninguno de ellos considera justo que esté ahí metido; al contrario, todos piensan que su condena es por culpa de otro.

Yo así lo pensaba. Primero culpé al cabronazo de Juan de Dios y después a la zorra de Rosa.

No me miréis así, que no ha sido un lapsus.

Rosa resultó ser una puta más allá de su profesión y no quiso saber nada de mí en cuanto vio que me detuvieron.

La primera semana fue un auténtico infierno; la puta celda apestaba a sudor, pedos y semen, y la cárcel tenía un constante hedor a coliflor y testosterona.

Durante el día me aislaba e intentaba no interactuar con nadie y, sobre todo, no meterme en ningún lío.

Por las noches me era imposible conciliar el sueño.

Los ronquidos, los gemidos de todo tipo y mis propios fantasmas no me dejaban pegar ojo.

Una puta pregunta me machacaba hasta lo más profundo de mi cabeza; era como un martillo pilón que no se iba hasta que la luz del alba se colaba por el pequeño ventanal de mi celda, y que volvía a hacer acto de presencia a las nueve de la noche, cuando las luces de la prisión se apagaban: «¿Cómo cojones he acabado yo aquí? ».

Joder, yo era un chico normal, no había tenido casi ningún lío en toda mi vida. Currante de siempre, familia humilde y sí, algún porro me metía entre pecho y espalda en las fiestas, pero coño… ¿en la cárcel? Si ni siquiera había empezado la pelea con el cabrón de Juan de Dios.

La celda se componía de dos literas enfrentadas.

En el centro de la estancia, al fondo, un pequeño aseo, y en las paredes de cada camastro había dispuestas un par de baldas para cada uno de nosotros, para poder tener enseres básicos.

Ya sabéis, nada de objetos cortantes, todo de plástico y pocas cosas más.

Mis compañeros de habitación me recibieron con total indiferencia.

No hubo peleas, no hubo introducciones formales, no les dirigí palabra alguna hasta el décimo día, y lo hice para suplicarle a mi vecino de arriba que, por dios, dejara por una noche de masturbarse como un chimpancé.

Toda la puta litera era como estar en una coctelera, joder.

No os riais, cojones. No tiene ni puta gracia.

En la cárcel todos los días se comía lo mismo.

El menú variaba, pero todo sabía igual. Siempre me intentaba sentar solo, en una esquina y tratando de no mirar a nadie a los ojos.

No por miedo —al menos no consciente—, sino por la pura pereza que me daba entablar conversación con alguien.

Pero en esta vida siempre hay un cabrón que se encarga de joderte el día.

Siempre hay un Kike allá por donde vayas, y en esta ocasión era un paleto llamado Ramiro «el Tuerto» Gallardo.

Tenía unas manos como portaaviones, una cabeza sin pelo alguno, dientes afilados y un tamaño descomunal.

Me cago en la puta, ese hijoputa medía dos metros diez y pesaba casi doscientos kilos.

Su mote no se debía a que le faltara un ojo, sino a que era su particular firma en cada pelea en la que se metía.

Ese cabronazo había dejado ciego con ácido al amante de su mujer, y dejó tuertos a tres presos que se habían dignado contestarle.

Tan solo hacía falta que apretara los pulgares contra los ojos de sus víctimas y los globos oculares de estas explotaban como aceitunas.

—¿Sabes quién soy, bujarra? —me preguntó acercando su sucia boca a mi oído.

Me cago en mi madre, ya sabéis lo que era en aquella época que a uno le llamaran maricón. No es como ahora, que casi no puedes ni decir nada. Pero en aquellos años era peor que mentaran a la madre que te parió.

Además, yo era gilipollas perdido.

—¿A quién llamas bujarra, alelado de los cojones?

Joder, os juro por dios que no lo vi venir.

Cualquiera podría pensar —así lo pensaba yo— que aquel puto elefante con olor a lodazal, sí, tendría una fuerza de la hostia, pero jamás velocidad; que era como uno de esos luchadores de sumo moviéndose más lento que la mente del tonto del pueblo.

Antes de darme cuenta, tenía su mano sobre mi nuca y mi tabique nasal se había desplazado hacia la izquierda después de que mi cabeza fuera utilizada como una pelota de baloncesto, solo que, en lugar de rebotar contra el suelo, lo hacía sobre la mesa de metal.

Al quinto golpe, veía borroso y mis oídos estaban embotados, y lo poco que mi vista pudo percibir fue que, antes de que las manazas del Tuerto fueran a apretar mis ojos, varios guardias se abalanzaron sobre él y lo redujeron.

Lo siguiente que recuerdo es estar en la cama del hospital con una sonda para mear y una jaqueca de la hostia.

Estuve ingresado diez días y desde entonces tengo migrañas todos los meses.

Cuando los médicos dieron el visto bueno, una furgoneta de la prisión junto con dos funcionarios me devolvió a mi nuevo hogar, esposado y hasta arriba de analgésicos.

Los putos hospitales hacen que hasta el mismísimo infierno parezca el paraíso.

Nada más apagarse las luces, uno de mis compañeros de celda —que dormía en la litera de enfrente, arriba— se acercó a mi cama susurrando.

Me dijo que ya podía darle gracias a dios, que él había estado rezando por mí, que había sentido como propio todo lo ocurrido y que se alegraba mucho de tenerme de vuelta.

Y antes de volver a su cama y quedarse toda la noche leyendo su amada Biblia con la ayuda de una pequeña linterna, depositó un pequeño libro sobre mi regazo, cogió con suavidad mis manos y las posó sobre aquel ejemplar mientras me susurraba algo que fue mi mote en la prisión.

—«Porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado», Lucas 15,24. —El hombre acercó el pulgar a mi frente e hizo la señal de la cruz—. Salvador «el Resucitado» Barrena, bienvenido de nuevo, hijo.

Confuso, cerré los ojos y me dormí, y lo hice con una extraña paz.

Aquel hombre había conseguido que, por primera vez —tal vez en años—, pudiera descansar de verdad, y cuando desperté al día siguiente lo hice sin dolor de cabeza, con la sensación de no haber soñado y con aquel libro aún sobre mi regazo.

La cubierta era de color amarillo, con un dibujo de un ciempiés y un nombre en mayúsculas, ALEJANDRO SAWA, y un título en minúsculas, criadero de curas .

Con la Iglesia había topado, otra vez. Pero en esta ocasión fue diferente; esta vez aquel libro me sirvió de escape y, por qué no decirlo, también de consuelo.

La historia de Manolito, atrapado en un convento en el que fue ingresado contra su voluntad y que acabó negando a la Iglesia y rebelándose contra un destino que le habían obligado a seguir.

Fue mi lectura durante los siguientes días, me lo llevaba conmigo a todas partes.

A las dos semanas de mi alta hospitalaria, Jesús se me acercó en el patio y se apoyó junto a mí en la pared, tal como hacía yo.

Me había acostumbrado a ocupar aquel lugar porque así podía ver todo el patio y, lo más importante, nadie podía acercarse por mi espalda.

—¿Sabes? —dijo, interrumpiendo mi lectura—. Te regalé ese libro porque me recordaste a Manolito. Cuando te vi llegar a la celda y te vi llorando, quise consolarte, estar a tu lado, ser tu Federico, tu amigo y confidente.

—Gracias, Jesús. La verdad es que ha sido una gran fuente de disuasión y entretenimiento aquí dentro, pero no puedo pagarte de ninguna forma.

—No, payo. Tú no tienes que pagarme nada.

—¿Cuánto hace que te metieron aquí?

—Va para siete años, me quedan otros cuarenta y tres y cinco días.

—¡Joder! ¿Qué hiciste?

Y la pregunta adecuada no era esa, sino que debía ser qué no hizo.

Jesús Romero había nacido hacía treinta y ocho años en el seno de una familia tan humilde como gitana.

Cuando tenía dieciséis, su vida —según él— dio un vuelco.

Sobrevivió de «milagro» a un accidente de tráfico en el que un borracho se saltó un semáforo y lo embistió con violencia.

La fuerza del impacto hizo que Jesús —el coche no tenía cinturón de seguridad— saliera despedido y volara varios metros.

Pero, por alguna razón desconocida —el famoso milagro, podríamos deducir—, apenas sufrió un par de rasguños por el roce del asfalto y una ligera conmoción, mientras que el conductor ebrio murió en el acto.

Jesús lo achacó todo a un milagro de la Virgen del Carmen, de quien llevaba una medalla en una cadena de plata colgada en el cuello desde que era pequeño: su madre se la regaló el mismo día en que nació.

Total, que el cabronazo se hizo un profundo devoto de la Virgen y del «Santísimo», y dedicó toda la vida a ser una suerte de predicador de medio pelo.

Acudió a las mentes más débiles: yonquis, prostitutas, inmigrantes, chicos y chicas marginales o, incluso, padres de niños discapacitados, para venderles que su palabra —«la palabra de Dios»— les ayudaría a salir de sus problemas.

Pronto descubrió que no hay nada más poderoso que el poder de la sugestión y consiguió crear una especie de red de marginados.

—Pero si acudías a desesperados y demás escoria —apostillé apoyado en mi pared favorita del patio—, ¿qué sacabas tú de eso, gitano? Porque esa gente, lo que se dice pasta, no tiene mucha.

—Payo, en la vida no todo se rige por el dinero, sino por la información —dijo Jesús—.

Los sintecho conocen a todos en su barrio, las prostitutas todo lo saben, los marginados nada tienen que perder y los yonquis son las personas más leales que hay mientras tengan sus necesidades cubiertas, y, por lo tanto, hacen cualquier cosa a cambio de un gramo…

—Jesús acercó su cara a la mía—. Y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa, Resucitado.

—¿Y solo les dabas un sermón y ya los tenías a tu merced?

—Dios les daba lo que pedían. Dios daba un techo al que no lo tenía, un cliente al camello, una protección a la cortesana.