4. Justos por pecadores #3
—¡No es justo! Él fue quien nos dijo que nos podíamos quedar algo de dinero —grité, mientras señalaba con dedo acusatorio al padre Gabriel—. ¡Además, él se lleva mucho…!
Os juro por dios que nunca he vuelto a sentir un dolor y una humillación como los que sentí aquella tarde.
No pude terminar la frase, todo se volvió negro durante unos segundos y cuando me quise dar cuenta, estaba en el suelo con un ardor en el muslo derecho y recibiendo golpes en glúteos y espalda.
Después de lo que parecieron horas, todo cesó y vi cómo el sargento Ibarra se volvía a ajustar al cinto una porra de grandes dimensiones.
Enormes ríos de lágrimas recorrían mis mejillas, Carmelo y Julio estaban agazapados en la esquina del despacho, uno junto al otro, mirando al sargento con los ojos desorbitados.
—Que esto os sirva de lección —dijo el padre Gabriel—.
Me ha costado convencer al sargento Ibarra de que, por esta vez, todo quede en una simple advertencia.
Yo no interpondré denuncia alguna y el sargento hará como que no ha visto nada.
Creedme cuando os digo que sois muy afortunados, él es un agente de la ley muy diligente y firme a la hora de mantener el orden. ¿Verdad, sargento?
—Jóvenes, lo que habéis hecho es un acto de lo más deleznable, y tratándose del dinero de los fieles tiene un matiz aún más grave.
La verdad es que me cuesta horrores no llevaros conmigo a la comisaría y daros una lección a la altura de vuestro crimen…
Pero el padre Gabriel y yo nos conocimos en la guerra y él me salvó de caer en el más profundo de los infiernos.
Le debo la vida, literal y metafóricamente.
Así que por esta vez haré como que no he visto nada.
Pero la próxima no podré poner la otra mejilla, padre.
—Y es muy comprensible. Algo me dice que estos tres mocosos, al fin y al cabo, son unos temerosos de Dios… y de la ley.
Ambos se despidieron con un firme apretón de manos.
Yo me había levantado con el cuerpo magullado y el orgullo herido, y observaba cómo el sargento y el padre Gabriel salían del despacho y susurraban algo que no pude oír.
Mis oídos emitían un constante pitido, en mi cabeza era como si hubiera un martillo pilón castigándome el cerebro y mis transmisores de dolor no sabían qué moratón era el que más ardía.
Bajé la mirada y vi que mi pantalón estaba húmedo.
—¿Estás bien? —preguntó Carmelo.
—Tío, te has meado encima.
—Es lo que menos me preocupa ahora mismo, Julio, pero gracias por decírmelo, no me había dado cuenta…
Cuando volvió a entrar el padre Gabriel, lo hizo en silencio. Cerró la puerta con delicadeza sin borrar su siniestra sonrisa de la cara y se sentó en su despacho.
—Carmelo, Julio, id a preparar todo para la misa.
Barrena, vete a casa, simula que te has caído con la bici por el terraplén de la calle Hermida y no le cuentes nada a tus padres.
Ni tú ni nadie. A partir de ahora ya no seré tan generoso.
Se acabó vuestra parte de la colecta, seréis míos hasta que yo me canse, y como alguien diga siquiera las veces que respira dentro de estas paredes, estas cintas irán a la policía. ¿Entendido?
El silencio era sobrecogedor.
—¡He preguntado si lo habéis entendido!
—¡Sí, padre! —gritamos al unísono.
Pasaron los días, luego las semanas, y se cumplió el año.
Con el tiempo nos acabamos acostumbrando a trabajar en la iglesia, y el padre Gabriel se habituó a nosotros.
Unos días después de la regañina y la paliza del sargento, Carmelo, Julio y yo dejamos de vernos fuera de la iglesia y de hacer nuestras vidas por separado.
Coño, ahora que lo pienso, nos convertimos en los primeros parroquianos, literalmente.
Joder, Salva, lo que nos has contado es chungo de cojones. Y yo quejándome porque mi viejo me zurraba por suspender en el colegio.
Bueno, Lázaro, son cosas que pasan. Eso me curtió y el puto karma siempre acaba poniendo las cosas en su sitio. Ya lo veréis por vosotros mismos.
¿Qué pasó con el cura?
Le pegaron cuatro tiros en la nuca después de oficiar la misa del gallo de la Navidad del 68.
¡Joder, ahora me acuerdo! Se montó un cristo guapo.
Sí, nunca llegó a publicarse su nombre en la prensa, pero el hijoputa que ocupó todas las sobremesas de aquella Nochevieja era el padre Gabriel.
¿Algún yayo cabreado por que le robaran su limosna?
Ni zorra. Para entonces ni Julio ni Carmelo ni yo seguíamos allí.
El colegio exigía más estudio, y mi madre, por muy devota que fuera de dios, lo era más con los libros; a Julio lo ingresaron en el 70 por una neumonía que se complicó y lo mandó al otro barrio en cuestión de días, y la familia de Carmelo cruzó el charco, creo que fueron a Chile, por un curro que le salió a su viejo.
Supongo que el padre Gabriel siguió con sus chanchullos y uno de ellos le llevó a la tumba.
La verdad es que cuando me enteré de su muerte no pude sino sonreír, aunque varios años después, mientras pasaba mi primera noche en prisión por culpa de la mala suerte, me acordé de aquel sacerdote hijoputa y su «justos por pecadores».