4. Justos por pecadores #2
La verdad es que el trato nos pareció de puta madre, y fue tal nuestro compromiso de guardar el secreto que llegamos a hacer un pacto entre nosotros chocando nuestras manos después de escupir sobre ellas.
Pero ocultar ese dinero, he de admitirlo, me resultó difícil.
Los tres nos regocijamos con nuestra fortuna, y nuestras mentes viajaban por mundos de despilfarro.
Julio, quien era tan alto como listo, nos dijo que, en el plazo de un mes podríamos ganar más de dos mil pesetas.
Un panorama maravilloso para tres niños de ocho años que soñaban con llegar a la luna, y eso que el Apolo 11 no había alunizado aún.
Según fue pasando el tiempo, el cerdo del padre Gabriel fue reduciendo el dinero que recibíamos, alegando gastos que se inventaba sobre la marcha.
Una vez me descontó doscientas pesetas porque, en una misa de sábado, se me cayó el cuenco que contenía las hostias.
Aparte de perder dinero, me gané una reprimenda en su despacho y una azotaina con su famosa regla de madera.
—Hoy os quedáis todos sin paga. Tú por torpe —gritó señalándome—, por ponerme en ridículo enfrente de todos y por cargarte la bandeja, y vosotros dos, justos por pecadores.
«Justos por pecadores», «A quien madruga, Dios le ayuda», «Dios aprieta, pero no ahoga».
El hijoputa siempre estaba con el puto refranero de dios para justificar sus putos abusos.
Mi favorito era cuando decía «Más puede Dios solo que los diablos todos».
Ese fue el que acabó por convencerme de que no había ningún «Ser Todopoderoso» por encima de ninguno de nosotros, porque, si así fuera, ya se habría encargado de cargarse a aquel cura hijoputa.
Nunca ninguno de nosotros llegó a percibir más de trescientas pesetas, independientemente del tamaño del montón que dejara la recolecta del día. Una vez, Carmelo se atrevió a decir lo que todos pensábamos.
—No es justo, padre. Aquí hay más de treinta mil pesetas y nosotros recibimos lo mismo que siempre.
—¿Quieres que te quite dinero por faltar a la verdad? «Yahvé aborrece los labios mentirosos y mira con agrado a los que actúan con verdad», Proverbios 12,22.
—Pero, padre, usted nos prometió…
—¡Silencio! —bramó el padre Gabriel—. ¡Ya he tenido suficiente paciencia con todos vosotros!
Como castigo, os quedaréis limpiando la iglesia esta noche, enceraréis todos los bancos y, por supuesto, olvidaos de la paga de toda esta semana.
Siempre os he tratado con justicia y pagado con un dinero que ni vuestras rameras madres ganarían en un mes de trabajo.
Largaos ahora mismo de mi vista y, como alguno de vosotros diga una palabra más, os azotaré hasta que no podáis sentaros en semanas, mocosos desagradecidos.
Salimos del despacho con la cabeza gacha y nos pusimos de inmediato a las labores que nos había ordenado.
Mientras fregábamos el suelo del oscuro y frío presbiterio, Julio propuso denunciar al padre Gabriel a la policía.
Carmelo y yo, calientes aún por la reprimenda y por habernos quedado sin nuestra mordida de la semana, lo vimos como una gran idea, pero decidimos posponer su ejecución.
—Creo que deberíamos esperar y solo hacerlo si nos la vuelve a jugar —susurré—. Pensadlo: si le denunciamos se nos acaba el dinero para siempre también a nosotros.
—Tienes razón, Salva, pero estoy harto de esta mierda. Cada vez se inventa nuevas excusas para dejarnos sin el dinero del cepillo —se lamentó Julio.
—El otro día me descontó doscientas pesetas porque, supuestamente, le había hablado mal a una señora. Y sí, es cierto que contesté mal a esa vieja, pero no tanto como para quitarme ese dinero —protestó Carmelo.
—Sí, tenéis razón, y yo no voy a defender a ese cabrón —dije—. Una última oportunidad: si una vez más se le ocurre recortarnos el dinero o acude a la vara para castigarnos a cualquiera de nosotros, vamos a la policía —sentencié.
De nuevo decidimos sellar nuestro pacto con saliva y estrechándonos la mano.
Dos semanas después, el padre Gabriel nos citó en su despacho. Nos sorprendió, porque llevaba días sin dirigirnos la palabra. Nada más cruzar la puerta, se me erizó la piel. Fue la primera vez —de muchas en mi vida— que tuve la sensación de que algo malo estaba a punto de pasar.
—Os presento al sargento Aitor Ibarra, un viejo amigo que acaba de ser trasladado desde Bilbao. Sargento, estos son los mocosos de los que te hablé.
Todos saludamos con educación y bajamos la cabeza.
El padre Gabriel se agachó y sacó un monitor con un reproductor de vídeo integrado de una caja que tenía debajo de la mesa.
Joder, ¿os acordáis de cómo eran las pantallas de entonces?
Ocupaban una barbaridad. En fin, el cabronazo se había gastado el dinero del cepillo en hacerse con uno de esos trastos, que allá por el año 66 no vendían en ninguna parte.
Ese cabronazo había pagado a su colega madero para que se lo trajera de la comisaría.
—Chicos, lección de hoy: hay que tener amigos en todos lados. Incluido en el puto infierno.
Aitor permaneció impasible, mirándonos con unos ojos oscuros como un ojete.
Llevaba el uniforme gris propio de la época, medía metro noventa y cinco, lucía un afeitado apurado, pelo engominado peinado hacia atrás y una cicatriz le atravesaba el rostro en diagonal desde la ceja izquierda hasta el mentón.
Sus manos eran desproporcionadamente grandes y sus pies ocupaban media estancia.
—Esta maravilla me la regaló hace unos días el sargento Ibarra —continuó diciendo el padre Gabriel—.
¿Sabéis para qué sirve? ¿Qué vais a saber vosotros, si sois unos niños de teta?
Pues bien, esto sirve para reproducir vídeos de todo tipo, pero entre ellos, los que hay aquí contenidos —dijo mientras sostenía una cinta—.
He querido estrenarlo esta mañana para ver cómo funciona y me he llevado una gran sorpresa.
Me gustaría deciros, pequeñas sabandijas desagradecidas, que cuando las he visto no he sentido nada, pues ya me lo esperaba porque sois tres pequeños diablos sin remedio, pero, como estamos en confianza y me debo honestidad por vosotros y por Dios, tengo que confesaros que he sentido una profunda y gran decepción.
Al principio he dudado de llamar al sargento…
, por un momento he considerado que teníais derecho a una segunda oportunidad, pero un buen servidor de Dios debe serlo también de su comunidad.
Me encontraba en un brete, no os voy a engañar.
Con el tiempo os he cogido cariño y sé que no sois malas personas…
Fue ahí, en ese momento, cuando supe de qué iba toda esa penosa actuación; ahí fue cuando me di cuenta de qué mierda eran aquellos cacharros que habían aparecido en la esquina del techo de la sacristía, en la puerta de entrada, en el despacho, en las demás estancias de la iglesia, y que apuntaban hacia el suelo.
Los había visto las últimas dos semanas, y me había preguntado qué cojones eran.
Joder, tenía ocho años y tampoco es que se vieran muchas por aquella época.
Ahora es muy fácil decir cómo luce una videocámara, pero en aquellos tiempos esa respuesta no era tan obvia.
El padre Gabriel siguió hablando a pesar de que yo ya sabía cuál sería el final de ese monólogo.
Un sudor frío comenzó a recorrer mi cuerpo desde la nuca hasta la planta de los pies.
El cura metió la cinta de vídeo en el reproductor y, sobre la pantalla, empezó a reproducirse una imagen en blanco y negro, bastante borrosa, en la que se nos veía a Julio, Carmelo y a mí repartiéndonos el dinero de la colecta. Luego otra cinta, y luego otra.
—He querido mostrarle las imágenes primero al sargento Ibarra en privado, en busca de su consejo. Estoy sin palabras…, decepcionado —dijo el padre Gabriel con una penosa teatralidad.
—Chicos, estáis en un lío muy grande, no os voy a engañar.
Vosotros sois menores, pero todo lo que habéis robado lo vais a tener que devolver, y vuestros padres irán a la cárcel.
No podemos permitir los hurtos, y aún menos en la casa del Señor —sentenció el sargento con una voz imponentemente grave.
Estábamos paralizados. Carmelo comenzó a llorar, Julio temblaba de miedo y yo no podía dejar de pensar en la profunda decepción que iban a llevarse mis padres. Ojalá no hubiera sentido más que eso. Pero no…
El pequeño Salvador Barrena también tuvo que sentir ira.