Nadie saldrá de aquí 4. Justos por pecadores
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4. Justos por pecadores

Justos por pecadores

Pero antes de ir a ese episodio de mi vida… Tú también estuviste preso, ¿verdad, Alfonso?

¿Cómo lo sabes?

Joder, lo sabemos todos, tío. A ver si te piensas que no empiezas a lloriquear sobre tu vida cuando el whisky te inunda el cerebro.

Ahí tiene razón Salva, Trujillo. Cuando estás pedo no paras de contarnos tu traumática experiencia en la cárcel. Por lo menos estos cabrones solo te ven aquí, pero yo tengo que comerme la turra casi cada mes, capullo.

Cabrones, estuve menos de seis meses. Me enchironaron por altercados reincidentes sobre el mobiliario urbano y a algún que otro hijoputa.

Nunca entenderé la puta afición que tenéis los hinchas de fútbol a pegaros antes de los partidos.

Fíjate que yo entiendo menos que, en lugar de darle el dinero a tus hijos, te lo prefieras pulir en el puto azar, Fermín. ¿Quieres explicarme eso?

Tranquilos, tranquilos, señores. No es ni mucho menos mi intención ponerles a ustedes nerviosos y enfrentarlos unos a otros.

Estamos pasándolo bien, estáis bebiendo todo lo que queréis y no debe haber ninguna razón por la que pelearnos.

No podemos decirle nada a Alfonso. Coño, cuando había derbi, su abuelo lo llevaba al viaducto a escupir a los de la afición rival, que pasaban por debajo desde la estación…

No solo eso, Barrena. Cuando nació mi hijo, estuve buscando como un deficiente a un cura ortodoxo para bautizarle.

Ya sabéis, la parienta es griega. En fin, lo busqué en la guía telefónica, pregunté a amigos y conocidos del círculo de mi mujer.

Hostia, no había ni uno que fuera de esta ciudad.

El que más cerca estaba era uno que vivía en la puta aldea.

Ni de coña alguien de allí iba a bautizar a los críos.

No veas la mala hostia que le entró a Sofía.

Después de una semana a dos velas y durmiendo en el sofá, decidí ponerme en contacto con uno que vivía a quinientos kilómetros de aquí.

El hijoputa me cobró el desplazamiento, me pidió dos noches de alojamiento en el hotel Jardín…

¿El cinco estrellas ese donde van los pijos?

Ese, Lázaro, ese.

Me cago en la puta, qué cabronazo.

Calla, calla, que también me pidió diez mil pesetas en concepto de dietas y urgencia. Seguro que se lo gastó en putas, el muy sinvergüenza.

Te lo tienes merecido por majadero, capullo.

Antes muerto que permitir que un aldeano toque con sus manos de cerdo a mis hijos.

¡Hablando de cerdos! ¿Llegasteis a conocer al padre Gabriel? ¿No? Coño, ¿todos sois de padres ateos? Pero si durante la puta dictadura iba a misa hasta la madame del barrio, joder.

Bueno, la cosa es que mi madre, en paz descanse, era una profunda creyente.

Mi padre no tanto, pero si había que ir a misa, iba.

Corría el año 66, un 3 de mayo concretamente —me acuerdo porque ese día era el cumpleaños de Marcos—, mi madre me apuntó a catequesis.

Yo no quería ir, yo quería ir a la fiesta de mi mejor amigo, a la que, además, iba Sandra, fue mi primer amor.

Joder…, las mujeres nos vuelven locos desde antes que nos salgan pelos en los huevos.

Bueno, ahí estaba yo, sentado en una de esas sillas de madera que te castigan las lumbares, y el padre Gabriel hablándonos de los sacramentos y demás conceptos necesarios para poder recibir la primera comunión.

En la sala solo había niños, ni una sola niña, todos nos mirábamos con cara de hastío y nuestros ojos no paraban de seguir el segundero de un viejo reloj colgado más arriba de la pizarra.

Antes de finalizar, el padre Gabriel pidió voluntarios para ejercer de monaguillos durante el siguiente semestre.

«Es la mejor manera de acercarse a Dios y a la Iglesia», dijo con menos solemnidad de la que él se pensaba.

Como era de esperar, nadie levantó la mano.

—Conque esas tenemos, ¿eh? Malditos holgazanes, siempre estáis pensando en jugar a la pelota y masturbaros.

—¿Qué es masturbaros? —preguntó Carmelo, un niño con problemas de crecimiento y lleno de granos.

—¡Calla la boca, Carmelo! Por hablar, serás tú uno. Y tú también, Julio. Eres más feo que Picio y te hago un favor sacándote de la calle. Y por último…

Me seleccionó a mí.

—Barrena, conozco a tu madre y sé que estaría orgullosa de tener a un vago como tú sirviendo a Dios.

—Pero yo no quiero hacerlo…

—¿Acaso te he preguntado si quieres, comemierda? ¡Silencio!

Cuando llegué a casa ese día y comuniqué mi nueva función para los próximos meses, mi madre me comió a besos y no dejó de presumir de mí por todo el barrio durante cada una de las semanas que quedaban.

Que mira qué guapo mi hijo con el sobrepelliz, que mira qué bueno que es mi Salvador…

Mi padre, por su parte, se descojonaba, y mi hermana incluso llegó a decirme que se sentía orgullosa de mi decisión.

Pensaban que me había presentado voluntariamente y no iba a ser yo quien les sacara la idea de la cabeza, aún menos con tal extasiada reacción.

Pero, bueno, os estaréis preguntando por qué he llamado cerdo al padre Gabriel.

Y no, me cago en la puta, no penséis lo que estáis pensando.

Nunca nos tocó un puto pelo, joder. Tal vez creáis que todos los curas son enfermos pedófilos, y, bueno, yo no pondré la mano en el fuego, no os voy a engañar…

, pero no, el padre Gabriel era un hijoputa, no un degenerado.

La primera vez que lo hizo fue en la misa de ocho de un domingo.

Julio, Carmelo y yo nos preparábamos para ayudar a oficiar nuestra primera misa.

Habíamos estado practicando toda esa semana después del colegio y, por fin, había llegado el día.

Cada uno de nosotros tenía una función bien concreta: Julio era el encargado de portar la cruz de camino al altar.

Era la opción más obvia, dado que ese cabronazo nos sacaba dos cabezas a todos y tenía los brazos más largos y desproporcionados que yo había visto en mi vida.

El padre Gabriel tenía poco tacto, pero cuando describió a Carmelo como el niño más feo que había conocido, no pude menos que darle la razón.

Carmelo se encargó de pasar, junto con el propio Julio, el cepillo para recoger la limosna, y yo actué como la mano derecha del padre.

Mis funciones eran tener preparadas las lecturas del día, leerlas junto con las peticiones correspondientes y otras pequeñas cosas necesarias para el correcto funcionamiento de una misa.

Aquella tarde todo salió a pedir de boca; joder, oficiar y asistir en una misa tampoco es muy difícil, pero ya me entendéis. Cuando hubo terminado todo el cotarro, y mientras yo doblaba mi sobrepelliz, el padre Gabriel me llamó a voz en grito.

—¡Barrena! ¡Ven un momento!

No os voy a negar que me acojoné. Yo siempre fui un niño tranquilo, algo vergonzoso e inseguro ante las broncas ajenas.

Mi madre me educó en los valores cristianos de poner la otra mejilla, y eso lo hice muy bien hasta, bueno, la famosa historia del chulo putas, ya sabéis…

En fin, que cuando llegué al despacho Julio y Carmelo estaban junto a la mesa del cura, y en cuanto me abrí hueco entre los dos, vi que había un cojón de dinero apilado.

Tíos, nunca había visto tanta pasta en mi vida.

Allí se amontonaban monedas y billetes de colores que jamás había visto.

—Escuchadme, mocosos —dijo el padre Gabriel—, todo esto es lo recolectado en la misa de hoy, y ni siquiera ha sido un día grande.

Ahora bien, yo podría callarme la boca y mantenerlo en secreto, pero es mejor que lo sepáis desde el inicio, para que no haya problemas ni sorpresas luego.

La cosa es la siguiente: de todo esto que hay aquí —dijo mientras abría sus brazos con las palmas de las manos apuntando al techo—, un treinta por ciento me lo quedo yo y el nueve por ciento restante es a repartir entre vosotros tres.

Ya sé que de matemáticas vais justitos, así que os lo explicaré de otra forma: de las veinte mil pesetas que estáis presenciando, seiscientas van a ir a parar directamente al bolsillo de cada uno de vosotros. Así que aquí las tenéis.

El padre Gabriel comenzó a contar las monedas de cien una a una y nos las repartió tal como nos había explicado.

—¿Padre? —preguntó Julio.

—¿Qué quieres?

—¿Qué pasa con el sesenta y uno por ciento restante?

El sacerdote miró con hastío a Julio.

—Nos salió pitagorín el gorila. ¿Te crees que soy gilipollas? Contesta, mastodonte.

—No, padre.

—Bueno, me alegra saber que tú, al menos, no eres tan lerdo como aparentas, aunque haces un esfuerzo tremendo por demostrarme lo contrario.

—El padre Gabriel abrió un cajón y sacó un cuaderno lleno de números—.

Aquí apuntamos ese sesenta y uno por ciento que has mencionado, y eso es lo que mandamos a la beneficencia.

Niños pobres, meretrices con enfermedades venéreas, las monjas… ¿Entendido?

—Sí, padre —respondimos todos al unísono.

Estábamos flipando, nunca habíamos visto tanta pasta, y no digamos ya tenerla en nuestras manos.

—Ahora, de este dinero de cada uno voy a coger la mitad por los gastos de gestión.

A ver si os pensáis, panda de sinvergüenzas, que la lavandería de las sobrepellices y los gastos de luz y agua que me generáis se pagan solos.

¡Ah! Y a ti, Carmelo, te quito otras cien pesetas por haberla cagado con el cepillo.

¿Acaso crees que no he visto cómo te diste la vuelta antes de llegar a la última fila?

El padre Gabriel fue recolectando las monedas pertinentes de nuestras pequeñas manos.

—Pero no pongáis esa cara, chicos. Habéis ganado trescientas pesetas en media tarde, imaginad lo que podéis sacar en la misa del gallo o en Semana Santa.

Lo único que tenéis que hacer es mantener esa bocaza cerrada y no decírselo a nadie.

No queréis que se os acabe el chollo, ¿verdad?

Además, ¿quién iba a creer a tres críos?

Es mejor que no os la juguéis: Dios castiga a los chivatos.