Nadie saldrá de aquí 3. Una gélida noche de enero #3
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3. Una gélida noche de enero #3

Comenzáis a ser conscientes de lo rematadamente gilipollas que fuimos, ¿verdad?

Cuando entramos en el puto antro, aquello estaba hasta arriba.

Casi no se podía respirar ahí dentro, y el calor era tan sofocante que llegué a preferir estar en pelotas en plena calle, con los siete grados bajo cero que hacían esa noche, antes que pasar un solo minuto en aquel horno.

La fiesta era cojonuda, no lo voy a negar, pero como al cabo de unas horas Rosa comenzó a encontrarse mal, decidimos poner pies en polvorosa.

Pues bien, resulta que en esa fiesta había cuatro amigos íntimos y confidentes de Juan de Dios, quien en efecto estaba de viaje.

«Estaba», en pasado, pero esa misma tarde había vuelto.

Uno de esos hijos de puta había corrido a chivarse a su colega de que habían visto a su Rosa con un tío.

Rosa se sentía mal de verdad y su dorada piel comenzó a adquirir un tono nuclear más que preocupante.

Aunque era pequeña, me supuso un gran esfuerzo cargar con ella.

Cuando llegamos al frescor del exterior, Rosa recobró un poco la consciencia y el frío hizo que sus mejillas se sonrojaran levemente.

Fuera, el suelo resbalaba de cojones y, joder, yo me había bebido hasta el agua de los floreros.

Cuando llegamos a la esquina de la calle General Mola, tres armarios nos cortaron el paso, y un cuarto, que no vi en ningún momento, me embistió, me lanzó a varios metros de allí y me di de bruces contra el asfalto.

Había caído junto a unos contenedores del callejón aquel en el que antaño se encontraba una sastrería con un tío siniestro.

¿Os acordáis? Sí, joder, era un solar que hacía las veces de vertedero, donde ahora hay el edificio ese horroroso de color verde. ¿No os acordáis? Bueno, da igual.

Total, que estaba yo en el suelo sin saber qué cojones había pasado y con un dolor en las lumbares de la hostia, cuando percibí que Rosa dormitaba cerca de la basura, inconsciente y, a su lado, de pie, Juan de Dios apuraba un cigarrillo cuya ceniza estaba a punto de quemarle los dedos.

La oscuridad de la calle y la noche sin luna hacían que todo fuera más siniestro, si cabe.

Dándome cuenta de lo jodido que estaba, pero dispuesto a plantar cara, me levanté.

Aunque el chulo putas estaba fuerte, medía diez centímetros menos que yo, y no es que aquí servidor fuera un tirillas, precisamente.

Yo hacía ejercicio, y mi oficio curte las manos y los brazos como el mejor de los gimnasios.

El chulo fue lo suficiente hombre para pedir a sus amigos que se mantuvieran al margen, él iba a encargarse de darme mi merecido y, después, enseñarle a su puta que la única forma en la que se jode a Juan de Dios era si Juan de Dios quería ser jodido.

No lo vi venir, el hijoputa era más rápido de lo que parecía.

Cuando quise darme cuenta de que había lanzado un golpe con su brazo izquierdo, yo ya estaba recibiendo el segundo, tercero, cuarto y quinto en la cara.

Os juro que no hay peor dolor que el de un puñetazo limpio sobre el tabique nasal.

Yo seguía recibiendo mientras escuchaba risas y vítores a mi alrededor. Entre golpe y golpe, pude percibir cómo dos de los amigos de Juan de Dios levantaban del suelo a Rosa, que se había despertado y gritaba en busca de auxilio.

—¡Callad a esa zorra ahora mismo!

Esa distracción hizo que yo pudiera revolverme y, con un rápido movimiento mío de cadera, Juan de Dios perdió el equilibrio y cayó hacia un lado.

Por fin pude respirar y ponerme de pie. Estaba mareado de cojones, aun así, pude enfrentarme a él.

Juan de Dios apoyó la mano derecha en el suelo y se levantó con una sonrisa de oreja a oreja, pero aquel cabronazo cometió el error de intentar tumbarme de la misma manera que lo había hecho antes, y yo estaba preparado para ello.

Justo cuando su puño izquierdo se aproximaba a mi cara, di un paso atrás, me agaché y, con el máximo impulso que pude, le di un gancho con mi derecha sobre el mentón.

Sentí que el impacto había sido bueno, porque de inmediato mis nudillos comenzaron a arder.

Juan de Dios se tambaleó hacia atrás con tan mala suerte que su pie derecho pisó un charco congelado, resbaló y su cuerpo voló varios centímetros sobre el suelo hasta caer a plomo.

Su cabeza impactó contra el bordillo de la acera.

Un charco de sangre comenzó a teñir de rojo el hielo sobre el asfalto, mientras todos mirábamos el cuerpo inerte de aquel cabronazo al que ni las ratas acabaron llorando.

Lo único que sonaba en aquel instante era el leve crujir de un plástico que intentaba volar con la brisa, pero una vieja bota de algún sintecho se lo impedía; eso, y las sirenas de la policía, cada vez más cercanas, producto de la llamada de algún vecino que había presenciado el lamentable espectáculo desde la oscuridad de su ventana.

Al oír que las sirenas, en efecto, se aproximaban a nosotros, los valientes esbirros de Juan de Dios salieron echando hostias, cada uno en una dirección diferente, dejando a Rosa llorando en el suelo y a mí en shock sobre el cuerpo de un Juan de Dios que comenzaba a enfriarse.