Nadie saldrá de aquí 3. Una gélida noche de enero #2
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3. Una gélida noche de enero #2

La llevé a cenar al Marconi, el restaurante italiano que estaba donde ahora hay un puto asiático.

Joder, los putos chinos han invadido el barrio.

Yo pedí una pizza napolitana y ella una lasaña de verduras.

Para acompañar el menú nos pedimos un buen vino tinto, todo aderezado con una magnífica conversación en la que hubo confidencias, bromas, tonteo y verdades.

Dolorosas y duras verdades.

Rosa me contó que había llegado aquí por una falsa promesa.

Su primo le habló de una oportunidad laboral que consistía en trabajar como camarera en un supuesto hotel.

Le ayudó a pagar el pasaje de avión, le dio dinero suficiente para subsistir unas semanas y hasta le compró ropa nueva, acorde con su nueva aventura.

«No puedes presentarte como si fueras una cualquiera, vas al mundo desarrollado», le dijo.

Ella se extrañó de tener todo eso gratis; al fin y al cabo, se ganaba la vida vendiendo pan que su madre horneaba durante toda la noche y ella se encargaba de malvenderlo a los pies de un semáforo.

Pronto descubrió que aquel viaje hacia su nuevo futuro conllevaba hacerle un pequeño favor a su querido primo: debía transportar cocaína para entregársela a su contacto aquí.

Rosa no le vio problema. Ya había traficado antes y estaba más que acostumbrada a un mundo en el que la cocaína formaba parte del menú de su padre y de su hermano mayor.

Además, iba a emprender una nueva vida, ganaría dinero y podría enviárselo a su familia, y, con un poco de suerte, sacarles de aquel desdichado mundo.

Rosa acudió al lugar que su primo le indicó y, antes de dirigirse al avión, un fulano que se llamaba Leonel la obligó a tragar cuatro bolsas con pastillas de diferente índole.

¿Sabéis cuántas mulas mueren por atragantamiento?

Yo tampoco lo sabía hasta que Rosa me lo contó, pero muchas.

Untan esa mierda con aceite, se la meten hasta la campanilla, relajan la garganta y para dentro que va.

Rosa se metió cinco y, con lágrimas en los ojos por el esfuerzo, se preguntó si todo aquello merecía la pena.

Pero, coño, el futuro era tan prometedor que no quiso hacer caso a las dudas que comenzaban a ahogarla.

Llegó al avión, soportó diez horas de viaje y, cuando aterrizó en su destino, un tal Juan de Dios la estaba esperando.

El recibimiento fue frío. La guio hasta su furgoneta y se la llevó a un piso en el que había diez mujeres más.

Ella estaba cansada del viaje y comenzó a sentirse mareada.

El pieza de Juan de Dios le dio una toalla para asearse y un laxante para expulsar la mercancía.

Rosa no acababa de encontrarse bien, y su corazón comenzó a latir como si estuviera corriendo una maratón.

Así estuvo unas horas más, hasta que, estando en el baño, sintió que se desmayaba.

Rosa pudo gritar auxilio segundos antes de que sus ojos y su cabeza se fundieran a negro.

Se despertó dos días después, empapada en sudor, en su propia cama.

Un médico de dudosa procedencia, cliente de Juan de Dios, le había lavado el estómago y le comunicó que una de las bolsas que transportaba se había roto dentro de él.

«No te has ido al otro barrio de milagro, jovencita», le dijo con sonrisa lasciva.

Decidieron no llevarla al hospital, no querían meterse en problemas. Rosa descansó y, una vez pasado el susto y tan solo un día más, le preguntó a Juan de Dios sobre el trabajo que su primo le había prometido.

Sé que no sois gilipollas y que, a estas alturas, ya sabéis que el trabajo de hotel nunca existió y que Rosa acabó de puta, con el pasaporte secuestrado por Juan de Dios, que… ¡Bingo! Acabó siendo su chulo.

El problema, señores, es que todo esto lo supe durante el puto postre en Marconi, que no se me atragantó de milagro; lo supe cuando yo ya no tenía escapatoria, cuando estaba enamorado hasta las trancas, joder.

Y era joven, y ella también, y teníamos sueños e idealizábamos todo…

¡Putos críos gilipollas!

Cualquier persona con un mínimo de sentido común habría pagado la cuenta, cambiado de teléfono y de barrio, y hecho como que nada de aquella cita y los encuentros anteriores con Rosa hubieran sucedido.

Pero aquí el menda tenía que hacer honor, como siempre, a su nombre y salvar a la pobre damisela en apuros.

Como dos idiotas, enamorados, sí, pero soberanamente idiotas, decidimos seguir con nuestra relación.

Ella me prometió que dejaría de tener sexo con los clientes, que solo les haría masajes y una paja.

No podía dejar de hacer servicios porque, de lo contrario, Juan de Dios se enteraría; él tenía que continuar recibiendo su mordida semanal.

He de admitir que no me gustó nunca la idea, pero si esa era la única manera de que yo pudiera seguir viendo, cenando, paseando y acostándome con Rosa, así sería.

Transcurrió un mes y luego otro para, sin darme cuenta, plantarme en un año de relación. ¿Y qué tiene el paso del tiempo que nos jode a todos?

¿Qué produce la experiencia?

Confianza.

La puta confianza.

Era un día de finales de enero. Dos días antes había caído una pequeña nevada, de modo que, una vez pasada y con los cielos despejados, las heladas dejaban eunuco hasta al más semental de los machos.

Rosa había oído decir a una compañera de trabajo que iba a haber una fiesta de la hostia en Jácara, la discoteca de moda en aquel entonces, y la invitó a un reservado con el mejor champán y barra libre de alcohol y, cómo no, de drogas.

Yo no me metía, pero Rosa era una adicta.

Todos tenemos nuestros defectos. El caso es que su episodio con la bolsa rota le había generado tal trauma que, al principio, se volvió dependiente de los tranquilizantes, que pronto fueron sustituidos por estupefacientes más variados y más fuertes.

En fin, que allí fuimos. Nos sentíamos libres, más aún sabiendo que Juan de Dios estaba de viaje de negocios —precioso eufemismo— y podíamos disfrutar tranquilos sin estar constantemente mirando a nuestras espaldas.