3. Una gélida noche de enero
Una gélida noche de enero
Siempre me ha gustado la palabra «manitas».
Creo que es una fantástica manera de definir lo que fue mi profesión en mi adolescencia.
Pero para manitas de verdad, mi padre: no había cosa que no pudiera arreglar, fuera el problema de la índole que fuera: desde tuberías hasta goteras, pasando por la reparación de todos los sistemas eléctricos.
Antes de la muerte de mi madre, la empresa de mi padre contaba con más de cien clientes registrados y teníamos no menos de diez trabajos de todo tipo cada día.
La mayor parte de nuestra parroquia eran ancianos y estudiantes que no sabían ni encajar una puerta.
Pero todo se fue al garete cuando mi viejo comenzó a acudir borracho al trabajo.
Aparte del ya de por sí inconveniente hecho de haber dejado a Julio en estado vegetal, una vez fue a currar con tal cogorza encima que acabó vomitando sobre la alfombra centenaria de una octogenaria.
No sabéis lo que me costó conseguir que la mujer no interpusiera una demanda que nos habría jodido del todo.
Además, lo último que necesitábamos era tener a las autoridades detrás de nosotros.
Dolores —que así se llamaba la señora— no fue a la policía, hizo algo peor: se dirigió al patio de su casa.
Nunca jodáis a un viejo. Joder, son las personas con más contactos del mundo, me río yo de los políticos.
No hay persona con más conexiones que una abuela, y si resulta que está enfadada, prepárate para lo peor.
El episodio del vómito no tardó ni una semana en expandirse como la más letal de las enfermedades y en poco tiempo nuestros clientes se redujeron a la mitad.
Yo traté de solucionar el entuerto sin éxito y hay que decir que mi padre nunca quiso arreglarlo de verdad.
El día de Reyes de 1976 el viejo Francisco tuvo un infarto mientras comíamos.
La ambulancia llegó a tiempo y en el hospital le comunicaron que el infarto era lo menos malo.
Resulta que tenía el hígado hecho papilla y un riñón a punto de fallar.
Murió en treinta horas. Os digo que los hijoputas de los médicos matan más que curan.
Mi padre nunca fue a la consulta ni por un resfriado, y la primera vez que va en sus cincuenta y siete años, va y la diña en tres putos días en el hospital.
En solo tres años y con los dieciocho recién cumplidos, me había quedado huérfano de padre y madre.
Las hojas de los árboles comenzaron a brotar tarde aquel frío año, pero en cuanto llegó la primavera y el sol empezó a calentar, mi estado de ánimo mejoró considerablemente.
En los cuatro meses posteriores a la muerte de mi viejo intenté reflotar el negocio sin mucho éxito.
Las deudas eran agobiantes; mi hermana —que vivía en una lujosa casa en la periferia— había desistido de ayudarme alegando que era un negocio sin futuro, que a ella se la «refanfinflaba» y que me aconsejaba dejarlo y buscar un curro en otra cosa.
A la cuarta vez que me lo dijo, me prometí que esperaría tan solo un mes más y que, si no conseguía revivir el negocio, lo chaparía para siempre y adiós, muy buenas.
Si tan solo hubiera hecho caso a mi hermana la primera, segunda, tercera o, incluso, esa cuarta vez, tal vez no estaríamos aquí juntos hoy, señores.
En otra de las mañanas rutinarias de aquel 1976, mientras me encontraba metido en la tediosa tarea que es hacer inventario, el viejo teléfono color blanco —que yo pensaba que estaba roto— comenzó a sonar.
Me acerqué a él con pasos pesados —y con resaca de haber salido la noche anterior hasta desfallecer— y lo descolgué.
—¿Diga?
—Hola, ¿eres Francisco? —La voz que sonaba al otro lado del teléfono era de una mujer extranjera.
—Ese era mi padre —contesté con una ligera punzada de dolor—. Ahora llevo yo el negocio.
—Ah, chévere. Mira, es que tenía un problema con una gotera y me preguntaba si podrías venir a mirarlo.
—¡Claro! Voy ahora mismo —dije con más emoción de lo normal. Al fin y al cabo era la primera clienta nueva que entraba en el negocio desde el episodio gástrico de mi padre.
Acudí presto y puntual al domicilio que aquella dulce voz me había indicado, y cuando se abrió la puerta me quedé embobado.
Ante mí se presentaba una mujer de pelo liso color negro azabache, ojos rasgados, labios carnosos y tez tostada.
Se intuían unos pechos generosos por la pequeña abertura de la bata de seda blanca que llevaba puesta y le cubría hasta apenas por encima de las rodillas.
—Hola, gracias por venir tan pronto.
Joder, me quedé completamente alelado. No sabía qué decir. Me invitó a entrar y me pidió que la siguiera. Gracias a dios, mis piernas respondieron a la orden, porque, si me llegan a hacer un encefalograma en aquel momento, habría salido plano.
Sin vida. Ameba.
La casa era muy parecida a la mía: ancho pasillo, paredes empapeladas con motivos florales y horteras y altos techos.
El suelo de madera crujía con cada paso y unas bombillas blancas iluminaban la estancia.
En el trayecto que me llevó a su habitación —donde supuestamente estaba la gotera—, vi a dos chicas en sendas habitaciones y escuché gemidos provenientes de un baño.
Las caderas de la mujer se movían como el péndulo del viejo reloj que siempre adornó el salón de mi casa, y poco a poco mi cerebro comenzó a hacer conexiones neuronales que me devolvieron al mundo real.
—… ¿Crees que tiene solución?
—¿Disculpa? —pregunté como un tarado.
—Que si crees que podrás arreglar la gotera hoy mismo.
Esa sonrisa, esos dientes blancos y esa mirada divertida me acabaron de enamorar.
—Mmm, sí, sí. Claro, sin problema.
—¡Chévere!
—Chévere…
Tenía un acento precioso. No el típico sudaca que oyes en la frutería, el suyo tenía un timbre especial que te atrapaba y sentías cada palabra que emitía su boca como el más cálido de los abrazos.
Yo no era gilipollas, sabía perfectamente que era una puta, pero no la veía como tal.
Comencé a sacar el material y a montar la escalera que llevaba apoyada en el hombro.
Por el rabillo del ojo noté cómo ella se sentaba al borde de la cama y, en un momento dado, nuestras miradas se cruzaron y nos quedamos mirándonos durante lo que parecieron horas.
Nunca había visto tanto en una persona en tan poco tiempo.
Sus ojos marrones me transmitían tristeza y, después de un rato, pude percibir que debajo de ellos se marcaban unas profundas y prominentes ojeras, y que sus manos, en ese momento entrelazadas, mostraban un notable nerviosismo.
Yo apenas me podía sostener en la escalera, y mis piernas flaquearon cuando la mujer se levantó, se quitó la bata, que se deslizó por su aterciopelado cuerpo y cayó como una pluma a sus pies, revelando una desnudez más propia de una diosa que de una mundana prostituta.
Con las mismas, se metió entre las finas sábanas de su cama.
—¿Vienes? Necesito calor.
—Yo no…
—No, no es lo que crees. Solo necesito que alguien me abrace. Ven conmigo y abrázame. No quiero nada más.
Tíos, os juro que pensaba que alguien me estaba gastando una broma pesada, pero aun así accedí a su petición.
Ahora me río, pero la imagen era patética.
Ahí iba yo, como un puto virgen, vestido con unos vaqueros raídos y una camiseta de tirantes blanca, de camino a una cama en la que estaba acostada una mujer tan preciosa como desnuda, que me estaba pidiendo un puto abrazo.
Pero ¿sabéis qué es lo más gracioso de todo?
Que resultó ser cierto. Solo quería un abrazo.
En cuanto me metí en la cama, me hizo la cuchara apoyando una de sus piernas sobre mi cadera y, después de susurrar un simple gracias, se quedó dormida.
Pensadlo, joder, una tía que vivía follándose a todo el que le pagaba me estaba pagando a mí la jornada por acostarme junto a ella, lo único que, en lugar de pedirme una sesión de metesaca, lo que necesitaba era calor y compañía… Y yo también.
Nunca se lo llegué a contar ni a ella ni a nadie hasta ahora, pero aquel abrazo era algo que yo, sin ser consciente de ello, necesitaba más que nada en el mundo.
Hasta ese momento, cuando noté su corazón latir sobre mi espalda y su cuerpo moviéndose con el suave movimiento de su respiración, no me di cuenta de que no había llorado la muerte de mi madre, que no había llorado el declive de mi viejo y que no recordaba cuándo había sido la última vez que había podido descansar realmente.
Aquel día lloré y me quedé dormido con las piernas de una mujer desnuda que no conocía de nada enredadas a mi cintura.
A todo esto, la gotera existía y al cabo de dos días volví a la casa para, esta vez sí, arreglarla. Después de hacer un pulcro trabajo me gasté el pago de la reparación en una hora con ella. Y después otra vez y otra y otra.
Hasta que un día la invité a cenar.
—Te demoraste en pedírmelo —dijo, levantándose de la cama para limpiarse, después de otra de nuestras intensas sesiones.
—Estaba esperando a que me dijeras tu nombre.
—Aún no me lo preguntaste.
—¿Cómo te llamas?
—Rosa, Rosa Vergara.
—¿Quieres cenar conmigo y luego, tal vez, hacer el amor?
—No me acuesto con nadie nunca en la primera cita. —Rosa emitió una dulce risa y desapareció tras la puerta del baño.
El calor comenzaba a hacerse presente también por la noche.
Los grillos ya se habían asentado en la escasa vegetación del barrio, y los paseos habían adquirido un aroma floral que encajaba perfectamente con mi estado de ánimo.
No vayáis a pensar que antes de Rosa no había estado nunca con mujeres —claro que sí, y gratis—.
Pero, joder, Rosa fue mi primer amor, de esos que duelen de verdad.