2. Un día de verano de 1966
Joder, estoy seco. Ponme otra birra y hazme el favor de darme algo de comer, me tienes muerto de hambre.
Me acerqué movido por la más primaria curiosidad y, según iba acercándome, más nítidos me llegaban los gritos de la gente.
Que si «te voy a matar», que si «eso te ha pasado por valiente», «mátalo», «enséñale lo que es bueno» y diversos insultos: «mariquita», «bujarra», y muchas otras cosas que ya no se pueden decir.
La verdad es que me costó trabajo alcanzar a ver la pelea.
A pesar de la estatura con la que me conocisteis, con ocho años no era más grande de lo que puede ser un moco de trol.
Eso sí, siempre he tenido mala hostia y a base de codazos y patadas pude hacerme un hueco para presenciar aquel espectáculo que resultó ser lo que me temía.
Ahí estaba… el Kike. Un matón con sobrepeso, adicto al azúcar, que utilizaba los puños como medio de comunicación.
Era conocido por toda la chavalería por levantar las faldas a las niñas como el peor de los pervertidos y amenazar a cualquier crío que se atreviera siquiera a mirarle.
Aquel día, uno de esos desgraciados resultó ser Marcos.
Obviamente, yo no pude hacer más que observar con cierto interés la paliza.
Hay algo adherido a nosotros desde que nacemos, el instinto de supervivencia.
Y, joder, cualquiera lo tenía a flor de piel cada vez que veía al Kike.
Cada vez que esa puta ballena te atrapaba, solo te quedaba rezar para que ese día dejara de golpearte pronto, y eso solo sucedía cuando se aburría.
Pero aquel día, ese puto gordo seboso estaba de verdad inspirado.
Tenía a Marcos por completo a su merced, estaba sentado sobre su estómago y le propinaba todo tipo de golpes: un gancho de izquierdas al riñón, otro de derechas a las costillas y un puñetazo en la nariz.
Sus gafas saltaron por encima de la enardecida turba.
Todos gritaban, y he de decir que acabé contagiándome de esa mierda.
El Kike se motivaba con cada uno de los vítores que recibía.
Incluso aquellos niños que habían sido golpeados por él en ese momento sonreían y gritaban, felices de estar al otro lado de la barrera.
De pronto se oyeron unos gritos acompañados de las sirenas de la policía y todo se volvió borroso.
La gente comenzó a correr de un lado a otro, alguien me empujó y tropecé contra el culo de una chica para inmediatamente caer de bruces sobre la tierra seca.
Sentí como si una estampida de elefantes pasara por encima de mi cabeza.
Polvo, hojas secas y pequeñas piedras impactaron contra mi cara mientras yo intentaba ponerme en pie.
Después de lo que me pareció una eternidad, todo quedó en silencio y yo estaba tendido boca arriba, con una prominente brecha en la frente y el labio partido.
El cielo azul que había ese día lo veía rojo por culpa de la sangre que me brotaba de la frente y se me metía en los ojos.
Dos agentes uniformados me asistieron y lo siguiente que vi fueron las blancas paredes del hospital.
Nunca había estado ingresado en ninguno, pero supe lo que era nada más abrir los ojos y sentir las frías sábanas sobre mi cuerpo.
—Hijo, ¿cómo te encuentras, cariño?
—Mamá…
—No, no hables. Tienes una herida en el labio.
Mi madre lloraba —ahora sé que de alegría, pero en aquel momento pensaba que de tristeza—.
Me contaron lo ocurrido, yo les expliqué más o menos lo que había pasado y ahí quedó la cosa.
Solo cuando mi padre se marchó de vuelta a casa y mi madre salió a tomar un café fui consciente de que, a mi lado, en otra cama, estaba Marcos, magullado, herido por fuera, pero destrozado por dentro.
Intenté consolarle como puede hacerlo un niño de ocho años, pero no surtió mucho efecto.
No llegamos a intercambiar ni una palabra hasta que me lo encontré varios meses después, en el primer día de clase.
Resulta que se había mudado al barrio ese mismo verano y que no habían pasado ni dos días desde su llegada cuando se topó con el Kike.
La señorita Jimena lo presentó a la clase y le mandó sentarse en el pupitre al lado del mío.
Me contó que se había encontrado con el matón de camino a casa, que le había abordado para quitarle los cromos de fútbol que llevaba en la mano y, ante la negativa de Marcos, se le había abalanzado encima.
—Así, sin más. Te prometo que no pasó nada más que eso —dijo Marcos.
—Te creo.
—Me llamo Marcos.
—Yo Salva.
—¿Tienes cromos repetidos? —preguntó Marcos.
—No colecciono —respondí.
Ya no hablamos más hasta la hora del recreo y este fue el inicio de una amistad que duró varios años.
Joder, Rafa, no me fastidies. Estos cacahuetes que me has puesto están más sobados que las tetas de una puta.
Salva, no entiendo qué mosca te ha picado para que nos des esta turra, pero te agradecería que te callaras. Estás consiguiendo que prefiera quedarme con la parienta.
Oh, no te preocupes, Fermín. Todo tiene una explicación, pero también sus tiempos. ¿Cuánto hace que nos conocemos?
Resucitado, si llevamos casi dos décadas compartiendo cervezas y debates anodinos sobre política y fútbol, no acabo de entender por qué coño nos cuentas ahora tu vida.
Tío, si no lo hemos hecho nunca, ¿a qué viene esto?
Eres más pesado que las viejas que se montan en mi taxi para contarme las conspiraciones masónicas que escuchan en la madrugada por la radio, joder.
Y la única razón por la que me seguís escuchando es porque tengo una puta pistola debajo de mi abrigo. Lo sé, Alfonso. Todos tenemos una motivación y una razón para hacer las cosas. Acción, reacción. Yo hablo y vosotros escucháis por miedo a que os llene de agujeros aquí mismo.
Si crees que te tengo miedo porque llevas una pipa estás muy equivocado, Barrena.
No se preocupe usted, señor Tejada. ¿Nos vamos a tratar con los apellidos ahora?
La verdad es que no me han gustado nunca los formalismos, y menos aún si son impostados.
En fin, no te preocupes. Ya sé que tú te has codeado con la escoria más profunda del barrio y de la ciudad.
Tómate esto como un favor a uno del clan, a uno de tus parroquianos.
Escucha a este desdichado hombre mientras disfrutas de barra libre y de estos cacahuetes rancios.
Tienes suerte de que no tenga nada más que hacer…
¡Esa es la actitud, Lázaro!