Nadie saldrá de aquí 1. La vecina de al lado
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1. La vecina de al lado

La vecina de al lado

Ponme otra, Rafa.

Maldita sea, ¿cuántos años llevamos viniendo aquí los mismos cuatro tíos?

Y tú, Rafa. ¿Cómo cojones has llegado a soportarnos hasta el punto de cerrar el bar solo para nosotros?

Míranos, joder. Todos hombres hechos y derechos emborrachándose en un bar un martes de febrero a las… tres de la madrugada.

Llevamos quince años viniendo prácticamente todos los días.

Un día hasta el Humos vino con una puta gripe del carajo, joder.

No nos contagió porque dios no lo quiso.

Dios con minúsculas porque él no se atreve ya ni a mirarnos.

Nos dejó de lado nada más nacer. No pongas esa cara, Fermín, coño, que nos conocemos…

, aunque no tanto como conoces a Alfonso.

Porque vosotros sí que sois amigos fuera de estas cuatro mugrientas paredes, ¿no?

¿Cuánto llevas gastado en total en esa máquina?

Te fundes la puta pensión entre luces y sonidos estridentes.

¿Puedes dejar de jugar, por favor? Ese ruido me da dolor de cabeza, joder.

Bueno, a lo que iba… Estamos más solos que la una, tíos.

Quién iba a querer a cuatro borrachos, más cerca del otro barrio que de este, a los que la vida los lleva maltratando desde su primer llanto.

Aunque hay que decir que hubo alguna luz entre tanta sombra.

¡Qué digo sombra! Vivimos en la más profunda oscuridad.

Pero, joder, al menos nos tenemos los unos a los otros.

Fermín, Alfonso, Lázaro y yo. Tú, Rafa, tú eres distinto.

Un pieza como nosotros, pero diferente, al fin y al cabo.

Un puto currante de los de toda la vida, de los que escasean hoy en día.

Con veinte años abriste este antro. Escuchad, joder: este desgraciado tiene setenta años y aquí sigue, soportándonos.

BAR GIMLET, así, en mayúsculas. Es mi segunda casa, sobre todo desde que pasó…

Bueno, ya llegaremos a eso. De alguna forma este sitio ha sido una especie de refugio al que acudo para ahogar mis penas.

Ya, ya sé que vosotros estáis igual, no trato de ponerme por encima de nadie, quedaos tranquilos.

Al fin y al cabo, mi historia es también la vuestra y la nuestra, la de este barrio.

Pero esta noche es diferente, señores. Escuchadme: hoy todo el círculo se cierra. Esta cerveza, y la siguiente, y tal vez otra más, serán las últimas que nos tomemos juntos. Hay una historia que hoy llega a su fin. Esto termina aquí para algunos.

No os pongáis nerviosos, joder, que somos amigos.

Y esto no es más que una simple pistola.

Dos balas, no hay más que dos. Lázaro, invítate a uno de esos.

¿Sabéis que hubo una época en la que pude vencer el vicio?

Pero si hay una verdad en la vida es que un adicto es siempre un adicto, aunque se empeñe en aparentar lo contrario.

Venga, dame uno y quita esa cara de haber visto un muerto. Al menos, no todavía.

Por favor, Rafa, invita a una de mi parte a los señores. Que pidan lo que quieran, que es lo de siempre, supongo.

Deja el rollo, macho. Me estás dando dolor de cabeza, joder.

Solo estoy charlando, Lázaro. No seas antipático.

Eso, Barrena, solo queremos tener la noche en paz. Guarda eso, pedazo de capullo.

Mira por dónde Fermín Valdés, alias «el Duros», ha dejado la maquinita. Si hay solo una cosa que aprecio de ti es que sigas utilizando la palabra «capullo». Siento que está cada vez más en desuso, ¿no crees?

Venga, Salva, déjalo estar.

Rafa, hazme el favor y ponle las bebidas a los caballeros.

Tienen razón, Salva. Si al menos guardaras ese trasto, estaríamos más tranquilos.

Coño, ¿esto os pone nerviosos? Haberlo dicho antes, joder. Lo último que quiero es que os sintáis incómodos. Ya lo guardo, ¿veis? Aquí, debajo de mi abrigo. ¿Mejor? Alfonso, quita esa cara y disfruta del whisky, que yo invito. ¿A qué hora empiezas el turno hoy?

Hoy libro, Salva.

Perfecto. Pues, venga, brindemos. Rafa, ponte una para variar.

Estoy bien, no te preocupes por mí.

Bah, como quieras. Salud. Por nosotros. Por nuestra vida, por nuestro barrio. Aunque todo sea miserablemente deprimente.

Crecí entre el olor del humo de tabaco y las palizas que le metía mi vecino a su mujer.

Él era el típico macho ibérico, celoso, violento en extremo y un tarado con el que no te gustaría cruzarte ni por casualidad.

Su mujer era colombiana y, joder, cómo gritaba.

La pared de mi habitación lindaba con la suya y las noches se alternaban entre el sonido del cabecero golpeando la pared fruto de las veladas de pasión desbocada y los de la palma del cabronazo al chocar contra la cara de ella cuando llegaba a casa como una cuba.

Los golpes eran siempre a mano abierta. Todavía puedo oír el sonido de los tortazos retumbando en mis oídos.

Un ritual que se repitió durante meses que me parecieron años.

Hoy día me recuerdo nítidamente a mí mismo tapándome la cabeza con la almohada y preguntándome por qué nadie decía nada, por qué nadie evitaba los golpes.

Pero luego, cuando creces y descubres cómo es este barrio, todo te cuadra.

Una noche de agosto hubo algo que no había oído nunca: silencio.

Un silencio que se prolongó durante varias semanas hasta que el hedor traspasó al rellano.

Diez policías y dos ambulancias se presentaron después de que Pilar, una anciana de casi cien años, se quejara del olor a podrido que subía por el patio de luces y penetraba en su cocina.

Encontraron a ese cabronazo sin huevos, con la polla cercenada y con múltiples heridas de arma blanca.

Ella estaba en el salón, muerta, atiborrada a barbitúricos.

Yo tenía solo cinco años, joder. Eso no debería pasar en el piso de al lado de un niño de cinco años.

Mis padres me llevaron al psicólogo. Yo veía a esa mujer todas las noches junto a mi cama suplicándome que la salvara, que hiciera algo para evitar que aquel puto cerdo dejara de violarla cada noche. Pero nunca hice nada. Joder, tenía cinco putos años.

—El tiempo lo cura todo, hijo —me dijo mi padre mientras me abrazaba.

—Papi, tengo miedo.

—No tengas miedo. —Me envolvió la cara con sus dos ásperas manos y me susurró cariñosamente—: Papá y mamá te protegerán siempre.

—Me he vuelto a hacer pis mientras dormía.

—No pasa nada, campeón. A todos nos ha pasado. Mamá las lavará y yo te pondré las sábanas limpias, ¿vale?

Por mi fama y mi aspecto tal vez pensabais que yo vivía en una casa desestructurada y que mi infancia se desarrolló entre las rayas de coca de mi madre y las palizas de mi padre.

No os culpo, joder, no hay más que ver mis marcas, son chungas que te cagas, ¿verdad?

Esta cara me costó lo mío aceptarla después de aquel —vamos a llamarlo de momento— incidente, pero no, mis padres eran cojonudos a su manera.

Mi viejo se llamaba Francisco Barrena y mi madre Cecilia Torres.

No eran unos padres perfectos —¿acaso los hay?

—, pero, joder, les echo de menos. Mi hermana y yo siempre tuvimos todo lo que nuestros padres se podían permitir, no vivíamos entre grandes lujos, pero tampoco pasábamos apuros.

Vivíamos en una casa heredada por don Barrena, el viejo del viejo de mi padre.

Es decir, mi bisabuelo. Una casa centenaria que ahora es mía.

Un piso de más de ciento cincuenta metros cuadrados, del cual, en un principio, mi hermana Marta no quiso saber absolutamente nada.

—Quédate esta pocilga para ti, hermanito.

—¿Segura?

—Me voy con Jorge lejos de aquí. Estoy hasta el gorro de este barrio y no quiero tener nada que ver con él —dijo, ajena al futuro que le esperaba.

Siempre fue muy melodramática, aunque, en honor a la verdad, he de decir que sus motivos tenía.

Pero no adelantemos acontecimientos. Solo estamos empezando la noche.

Mi padre se dedicaba a lo que yo aprendería después: era un manitas.

Francisco tan pronto te quitaba una gotera como te cambiaba todo el suelo del piso.

No hay casa en este barrio y los alrededores que no haya arreglado primero mi padre y luego, durante un tiempo, yo.

Al principio comenzó reparando los desperfectos del vecino, este acabó encantado por el trato y el precio, y el boca a boca hizo el resto.

Su carga de trabajo fue incrementando de forma exponencial y, cuando yo tenía ocho años, abrió un pequeño local que le reportó grandes beneficios.

Debido a la cantidad de trabajo tuvo que contratar a Julio, un chileno que había entrado a España como turista y decidió quedarse aquí.

Ya os podéis imaginar que cuando os digo que mi padre le contrató estoy empleando un eufemismo.

Mi viejo siempre decía que el futuro de la empresa pasaba por mí; que me iba a sacar del colegio y que él se iba a encargar de enseñarme las cosas que realmente importaban en la vida. Cada vez que me decía eso, mis ojos hacían chiribitas, pero mi madre se encargaba de devolverme a la tierra.

—Tu hijo terminará los estudios y luego irá a la universidad.

—Cecilia, ya tienes a tu hija que va a estudiar, como queréis hacer las mujeres modernas de hoy en día.

—Papá, lo que pasa es que eres un carcamal y quieres que todas las mujeres seamos sumisas y estemos en casa todo el día. Un día el cabronazo ese que nos gobierna y nos esclaviza se morirá y hay que estar preparadas.

Las cenas eran siempre así y todas terminaban igual: con un manotazo de mi padre sobre la mesa, que hacía saltar la cubertería, y con algún que otro vaso roto en el suelo.

—¡Vete a tu habitación ahora mismo! —bramaba mi padre.

—¡No te preocupes, que eso haré! —bramaba, aún más fuerte, mi hermana.

Coño, las discusiones normales entre un padre y una hija adolescente. El problema que tuvo siempre mi padre con Marta es que ella era igual de cabezota que él.

Mi madre murió sin previo aviso cuando yo tenía quince años.

Un infarto fulminante mientras dormía. Una muerte que todos deseamos tener, la mejor que el muerto puede sufrir, pero supone una auténtica putada emocional para los seres queridos a los que les toca seguir en esta puñetera vida.

Mi padre nunca volvió a ser el mismo, y mi hermana, recién estrenada la mayoría de edad, se fue a vivir con Jorge.

Pronto el alcohol comenzó a formar parte de los desayunos de mi padre, y dejó de ir a trabajar.

A los cuatro meses del fallecimiento de mi madre, el señor Francisco Barrena le dio una paliza a Julio después de que una clienta se quejara de sus servicios.

Una pequeña queja sobre un aplique mal puesto derivó en un golpe en la cabeza con una barra de hierro.

Joder, si no llego a estar allí, lo habría matado, aunque he de decir que eso habría sido lo mejor para el pobre desgraciado.

Nunca había visto a mi padre con un arranque de ira como aquel: perdió por completo el control. Sus ojos, vidriosos y saliéndosele de las órbitas, no paraban de mirar a un Julio inconsciente cuyo cuerpo recibió cinco golpes más antes de que yo pudiera intervenir.

Saqué como pude a mi padre de la tienda, lo obligué a quedarse en casa y me llevé a Julio a un descampado en la furgoneta.

Lo tiré allí, como una puta colilla, luego fui a una cabina telefónica y llamé a emergencias.

Julio estuvo ingresado en el hospital durante cuatro meses.

La única razón por la que no nos denunció fue que el pobre desgraciado quedó gagá para toda la vida y no se acordaba ni de cómo se iba al baño.

¿Sabéis lo que más recuerdo de aquel día?

No es la sangre, no es el manojo de espasmos en que se había convertido el cuerpo de Julio, ni tan siquiera el olor a orines y heces que se quedó flotando en el ambiente durante días…

No. Lo que se me grabó para siempre en la mente fue la sonrisa de mi padre mientras hacía gala de aquella salvaje violencia.

Era como si en verdad estuviera disfrutando.

Y os aseguro que ni remotamente habría imaginado que aquella sensación que percibí en el rostro de mi padre ese día acabaría siendo parte de mí hasta hoy.